En la economía argentina, crisis no es igual a oportunidad
Muchas veces se dice que las crisis son también oportunidades, pero el dicho no viene aplicando en nuestra querida Argentina donde la abundancia de las primeras no nos significó capitalizar alguna de las segundas. Por el contrario, la seguidilla de caídas no parece haber dejado grandes lecciones aprendidas. Y aquí seguimos, participando en películas en las que son diferentes algunos protagonistas pero el guion solo sufre actualizaciones de contexto.
El trauma de diciembre de 2001, por ejemplo, no nos impidió volver a jugar con fuego. Los portazos y las controversias generados dentro de la propia coalición gobernante por el principio de acuerdo entre la administración de Alberto Fernández y el Fondo Monetario Internacional volvieron a exponer esa realidad de una manera nítida.
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Una explosión de inmadurez, especulación electoral y mezquindades personales que se tornan más asombrosas por el peso de sus protagonistas y por el contexto crítico en el que se activan. La misión de gobernar un país en graves problemas, confundida con la gestión de un centro de estudiantes.
En la Argentina, históricamente, se ha enarbolado un discurso que presenta al FMI como un villano que somete al país a políticas de empobrecimiento y destrucción del aparato productivo. Es más o menos lo mismo que manifestó Máximo Kirchner para justificar su decisión de no jugar más a ser el jefe de la bancada del Frente de Todos en la Cámara de Diputados de la Nación y llevarse la pelota a su casa. También, lo que expresaron todos aquellos que salieron a defender su determinación.
Lo que no se reconoce ni se admite es que el Fondo -ni ningún otro organismo de crédito- sería un problema para el país si aquí los gobiernos terminaran de comprender algo que cualquier ser humano asimila tan pronto se emancipa de sus padres: que tiene que aprender a vivir de acuerdo con su disponibilidad de recursos.
Y que si quiere o necesita gastar más que eso, deberá mejorar sus ingresos. Salirse de esa ecuación tan sencilla implica endeudarse. Si uno lo hace para trabajar o producir en mejores condiciones, la deuda vale y será viable saldarla en el futuro. Si es solamente para sostener un ilusorio nivel de vida superior, la historia acabará encontrándonos peor que al comienzo.
¿Que el FMI aprovecha estos acuerdos para imponer criterios que apuntan al ajuste y no al crecimiento? Sin dudas. Cuando un chofer de remís, un arquitecto o una empleada de comercio acuden a un banco o a una financiera para gestionar un préstamo, lo que verifican los encargados de habilitarles el trámite es si tienen alguna capacidad de repago para hacer frente a las cuotas de la asistencia y si cuentan con algún ingreso o bien que se les pueda embargar en caso de incumplimiento.
En ninguna de esas oficinas le piden al nuevo deudor que demuestre que con el crédito podrá ser feliz. El solicitante, a su vez, sabe que detrás de todas las sonrisas que le dirigen los afiches y ploteos que lo rodean hay una verdad de hierro: pagará por ese dinero una suma muy superior, que puede ser de hasta cuatro o cinco veces el monto recibido.
La Argentina, salvo un puñado de años que se pueden contar con los dedos de una mano, lleva más de cuatro décadas con ejercicios fiscales deficitarios, es decir gastando más que sus recursos. Sucedió así en los buenos tiempos, en los regulares y en los malos. Somos esos tíos incurables que hay en toda familia, siempre en problemas por la naturalidad con la que asumimos que tenemos derecho a gastar lo que no tenemos, dispuestos permanentemente a decir y a creérnoslo- que todo es culpa de un mundo que conspira sin respiro contra nosotros.
El caso es que éramos pocos y parió la abuela. Alberto, más allá de algunas frases para la tribuna propia, venía esperando que el entendimiento con el Fondo se pusiera al alcance de la mano. Una caída de las negociaciones dejaba su gestión en una posición de vulnerabilidad extrema: sin reservas suficientes como para hacer frente a los vencimientos más cercanos del crédito tomado por Mauricio Macri, con el mercado cambiario convertido en una olla a presión y con la inflación subida a un tren fuera de control, más un riesgoso combo de aislamiento, descrédito político y niveles elevados de pobreza.
La patada kirchnerista al tablero, por todo eso, llegó en un momento que quizá no sea el más malo de todos los que pueden darse, pero que sin dudas es totalmente inoportuno. Debilita al presidente y a Martín Guzmán, principal gestor de un arreglo que ni siquiera está sellado. Recién en marzo se definiría su letra chica y la eventual ratificación. Mientras tanto, lo que se sabe de él deja la idea de que no es el peor acuerdo. Por el contrario, Guzmán y su equipo parecen haber conseguido condiciones de pago mucho menos duras que las que podrían haberse esperado a raíz de las recetas habituales del Fondo, el larguísimo historial de reincidencias de la Argentina y la gran vulnerabilidad presente del país.
Seguramente influyó también el planteo gubernamental sobre las responsabilidades del propio Fondo en otorgarle al gobierno de Macri una asistencia que ambas partes sabían que sería impagable con los términos en que se libró.
Con todo, el enredo peronista es apenas la expresión de una disfunción de fondo de la clase gobernante del país que no tiene distinciones partidarias, notablemente resumida por un columnista de The Washington Post, que describió la situación de este modo: "La Argentina es adicta a la deuda y el FMI es su dealer".
Aunque en verdad, la enfermedad subyacente es el escasísimo sentido de responsabilidad histórica que han tenido quienes manejaron el país desde -por lo menos- los '70 hasta aquí, principalmente en materia económica. La norma fue una chapucería de frases hechas y un constante zigzagueo en la concepción del Estado que hicieron que la producción y el trabajo dejasen de ser los ejes del proyecto de país.













