En la antesala de un cambio de era
La primera oficina completamente digital de la Argentina se inaugurará de la mano de un banco extranjero. Estamos hablando de un espacio físico donde la gente podrá concurrir en cualquier momento del día a gestionar transacciones que exceden las que hoy pueden hacerse en los cajeros y terminales para clientes. Con el mismo sistema de automaticidad, todas las operaciones que se realizan en los bancos podrán hacerse en todo momento sin interactuar con humano alguno, salvo por una pantalla donde se podrán realizar videoconferencias. Pero solo en los primeros tiempos: por ser primeriza, estarán disponibles a través de la pantalla estos asesores de cuenta que darán soporte a los clientes que lo necesiten en el aprendizaje del uso de la oficina digital. Luego funcionará sola.
Será una opción muy limitada: estamos hablando por ahora de una única sucursal y en la Capital Federal, pero nos anticipa lo que ya se adivina para el futuro. Este caso es el primer prototipo de banco virtual pero es solo el comienzo, ya que está planificada la apertura de tres nuevas oficinas digitales. Y el siguiente paso es que si el sistema es aceptado y utilizado por los clientes en forma masiva, todas las entidades bancarias terminarán por adoptarlas. Lo que es de suponer que así será, por varios motivos, entre ellos su horario extendido. Además de que la gente, en general, cada vez quiere estar menos con la gente, hacer colas y prefiere la comodidad del hogar. Esto no sin antes haberse transitado un período crítico de negación al home banking; finalmente la gente se fue adaptando porque no le quedó otra debido a que las entidades prescindieron de otras vías, como lo era por ejemplo, el envío de resúmenes de cuentas impresos a domicilio.
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En este caso, como en muchos otros que plantea el avance tecnológico, hay tensión de intereses sin duda. En principio porque mientras los clientes, en este caso, y los usuarios en general de sistemas digitales se verán agradecidos y las empresas se ahorrarán dinero y conflictos, los empleados de la presente generación se encontrarán con que muchos empleos para los que se sienten preparados o que han ejercido hasta el momento, no estarán más.
Esto supone un claro enfrentamiento con los gremios, defensores de sus afiliados y sus puestos de trabajo, más temprano que tarde.
Este proceso de modernización que beneficia claramente a los usuarios pero expulsa puestos de trabajo, lo estamos viendo en la industria, en el comercio y en los servicios. Profesiones y oficios que literalmente desaparecen a manos de computadoras que pueden realizar la tarea en forma rápida y eficiente. Y aun cuando se necesita quien maneje esa tecnología, siempre se usará mucha menos gente. Es un momento bisagra de la historia, comparable con lo que fue en su momento la Revolución Industrial, que impuso nuevas formas, más ágiles y eficientes en comparación con el trabajo artesanal. En aquel momento los oficios se transmitían de generación y generación y fue muy crítica la situación para quienes crecieron aprendiendo un arte que luego no era requerido. Sobre todo porque no sabían hacer otra cosa.
Los sindicatos temen que la digitalización produzca mayores desigualdades sociales y concentración de poder. Pero es algo que no se puede parar porque la gente es la que lo demanda e incorpora naturalmente.
El temor de los sindicatos es que, si no se gestiona correctamente, la digitalización podría conducir a una concentración aún mayor de riqueza y poder en un mundo donde la desigualdad económica es ya grande.
Hay muchas cosas sobre la mesa detrás de esta cuestión: cuando la gente prescinde de las intermediaciones profesionales (no va a la agencia de turismo para sus viajes, no recurre a una inmobiliaria para alquilar, no toma un taxi sino un Uber) el sistema tal y como lo conocemos entra en riesgo y aparecen amenazas de colapso por todos lados: el mantenimiento del Estado de bienestar, el futuro de las jubilaciones, la desaparición de puestos de trabajo, el cambio del modelo educativo, la relación contractual y administrativa entre empresas y trabajadores. Y también hay cuestiones técnicas: si todo va camino a ser digital, también deben adaptarse las infraestructuras para que las conexiones de banda ancha lleguen por igual a todas las personas, independientemente de donde vivan.
Es un momento bisagra de la Historia el que nos toca vivir, una transición que será dolorosa, como lo fueron otras que marcaron los cambios de era que estudiamos en los manuales escolares.
Más allá de discutir sobre si va a haber más puestos de trabajo o si se van a destruir los actuales, lo importante es que se empiece a trabajar sobre esta realidad. Tanto desde el Estado como desde los sindicatos, que debieran asumir un rol proactivo en este sentido, ocupar sus energías en la reconversión de sus afiliados, más que en querer frenar una marejada que es imparable.
Tienen que poner su mirada en el futuro, ver cómo mantenerse insertos pero en el nuevo esquema social en lugar de combatir para prolongar agónicamente un status quo que inevitablemente será destruido.
Sin entrar en la cuestión legal que rodea la llegada de Uber a nuestro país sino solo tomando este fenómeno como ejemplo, puede mencionarse que en algunos países, su instalación ha redundado en la creación de más fuentes de trabajo para el sector. Es ya uno de los principales motores de creación de empleo en países como Reino Unido o Francia, donde uno de cada cuatro nuevos empleos creados en París durante el primer trimestre de 2016 provinieron de este ramo. Además, de los 22.000 conductores que actualmente operan en Paris la mitad estaban previamente desempleados.
El problema de la reconversión en este caso es que no se cambia un tipo de tecnología por otra más avanzada y con lograr que los empleados se especialicen un poco más basta; hemos llegado a un punto en que la nueva robótica va reemplazando los puestos de trabajo. Lo vemos en la industria, con computadoras que están comenzando a fabricar todo tipo de objetos y donde no queda espacio para la mano de obra. Esta revolución tecnológica está yendo tan lejos, que nos plantea a la par de los avances, nuevos y difíciles desafíos en términos de empleo. Porque la realidad es que los puestos de trabajo son una necesidad imperiosa en cualquier país, funcionan como ordenador social y como el modo más sano de desarrollo del ser humano y la familia que construya.
La clave está en que los avances que a todos convienen, en la banca, en la industria y en los servicios, sean compatibilizados con tantos oficios que irán a desaparecer. Y tenemos que imaginar otros espacios para seguir desarrollando a las sociedades, donde el ser humano siga siendo imprescindible. En este punto, hay que repensar totalmente la educación, desde la primera infancia hasta la universidad porque estamos formando jóvenes para trabajos que no van a existir. O, dicho de otra manera, el trabajo que tomará el niño que hoy está en la escuela primaria, todavía no fue creado.
Por eso decimos que el desafío es enorme, porque la tensión entre la tecnología que todos asumimos como un enorme beneficio, nos genera problemas que debemos resolver y no desde el punto de vista de la filosofía, sino de la más pragmática de las realidades.














