El voto en blanco no es revolucionario
Si Daniel Scioli hubiese sido proclamado presidente habiendo obtenido tres puntos porcentuales más que Mauricio Macri, a esta altura y aún sin asumir, ya tendríamos un mandatario electo y debilitado. Y dicho esto sin poner sobre la mesa los ataques que recibe desde el propio seno del partido al que pertenece.
Si bien Argentina no tiene experiencias anteriores en el ballottage, este mecanismo se presenta como clave para garantizar la mayor legitimidad posible al ganador y procurar que asuma fortalecido por el respaldo popular masivo, teniendo en cuenta que la cantidad de votos que lo separaron del segundo puesto al día 25 de octubre no es significativa ni el número propio cercano a la mayoría simple.
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Técnicamente, el ballottage consiste en una votación en segunda instancia entre las dos fuerzas más votadas de una elección, si acaso ninguna de ellas hubiera arribado al 45 por ciento de los votos válidos emitidos. Su propósito es impedir que alguien acceda al gobierno sin contar con el apoyo explícito de, por lo menos, el 50 por ciento de los votos válidos emitidos en esa segunda instancia. El argumento: otorgar mayor legitimidad al nuevo gobierno.
Pero de la práctica de los últimos años en Latinoamérica no se puede inferir claramente hasta qué punto el ballottage contribuye a asegurar el objetivo de proveer una cuota extra de legitimidad y, por ende, mayor gobernabilidad. Si bien garantiza la presencia de un líder con mayor legitimidad en el poder, las endebles democracias latinoamericanas dieron muestras de que ese umbral de aval popular no es suficiente como para asegurar un gobierno tranquilo. Es que la capacidad de gobernar de un partido están íntimamente relacionadas con el número de legisladores con que cuenta en las cámaras. Como los legisladores son electos tras la primera ronda electoral y el resultado del ballottage no otorga al triunfador ningún plus de legisladores, en realidad, la segunda ronda no otorga más poder legal o empírico pero sí refuerza la legitimidad y el carisma del gobernante, lo que no es poco en un país tan focalizado en la figura presidencial como lo es el nuestro.
Suele decirse que el elector vota en la primera vuelta con el corazón por el candidato que más le gusta y, en la segunda vuelta, como las opciones se reducen y puede que su candidato ya no compita, el elector vota con la cabeza por el que menos le disgusta. Otros entienden que en la segunda vuelta se vota no a favor de algún candidato sino en contra de uno de los candidatos. Esta visión va en contra de la premisa de dotar de más gobernabilidad al postulante que triunfe en segunda vuelta por cuanto esa mayor cantidad de votos no es equivalente a una adhesión masiva a su propuesta.
¿Qué rol juega el voto en blanco en esta adición de legitimidad que recibiría el ganador en segunda vuelta?
Con la existencia del sufragio universal y obligatorio como premisas de nuestro sistema electoral, la abstención y el votoblanquismo se han convertido en actores de importancia de la tradición política argentina. Pero su utilización a lo largo de la historia no ha tenido siempre efectos políticos similares.
La abstención yrigoyenista de tiempos anteriores a la Ley Sáenz Peña, siempre acompañada de acciones revolucionarias, puebladas, insurrecciones y conjuras militares, tiene poca o ninguna relación con la abstención electoral impulsada por Alvear durante la primera mitad de la Década Infame. En el primer caso, era parte de la protesta radical contra el fraude institucionalizado. En el segundo, la coartada necesaria de la oligarquía para la instauración del fraude patriótico. El peronismo hizo uso frecuente del voto en blanco durante los 18 años en que estuvo impedido de participar de los actos electorales. Se trató, en general, de un voto en blanco orgánico, parte de una protesta contra la proscripción que incluía sabotajes, acciones armadas, huelgas, tomas de fábrica, conspiraciones militares y asonadas guerrilleras. El votoblanquismo peronista contó con gran legitimidad popular pues eran vastos los sectores del pueblo impedidos de expresarse electoralmente en libertad, pero su efectividad fue relativa: si bien por su masividad el voto en blanco no permitió la consolidación de otra fuerza política mayoritaria a expensas del peronismo, tampoco impidió la instauración gobiernos con aura de democráticos y la prolongación durante 17 años del régimen instaurado por la Revolución Libertadora. Más o menos efectivo, la importancia del votoblanquismo peronista radicó tanto en su masividad como en su permanente vinculación con acciones revolucionarias. El mensaje era claro: no habría posibilidad de sistema político estable y duradero si se insistía en excluir y prohibir la participación electoral del partido político mayoritario.
¿Cuál es el efecto que tendrá este 22 de noviembre?
En esta segunda instancia es necesario optar por uno de los dos candidatos más votados en las generales de octubre. De eso únicamente se trata: no hay terceras o cuartas alternativas, pues no puede haberlas: es un ballottage, no una elección. Por lo que se ve, a no pocas personas y a algunas fuerzas políticas les resulta arduo entender esta diferencia; creen ver coartada su libertad y ponen el grito en el cielo: No pueden obligarme a optar entre dos tipos que no me gustan.
Guste o no, eso terminará haciendo todo votante, en forma consciente o inconsciente habrá de elegir ya que en el ballottage se computan únicamente los votos emitidos en forma positiva. El voto en blanco no es, no existe.
Es como si los votos en blanco fueran depositados no en una urna sino en una máquina trituradora de papeles. Así las cosas, por acción consciente, omisión o voto en blanco, el ciudadano no hace más que inclinarse por una de las dos opciones que surgieron del resultado electoral. Su no voto o su voto en blanco beneficiarán a quien cuente con mayores adhesiones en el escrutinio. Es decir, no achicará la brecha sino que la ampliará a favor del más votado. Para el caso y al día de hoy según los sondeos, Mauricio Macri.
Sea por Daniel Scioli o por Mauricio Macri, sería bueno que se tratara de un acto consciente.
El voto en blanco, instrumento electoral de protesta si los hay, ¿contra quién iría dirigido en este caso? ¿Contra quién protesta quien vota en blanco en un ballottage? Es erróneo creer estar haciendo una revolución con el voto en blanco cuando no hace más que votar al candidato preferido por la mayoría.
Al ser una protesta difusa y directamente surrealista, y al no computarse, al no formar parte del resultado más que indirectamente (reforzando las chances del más votado) el voto en blanco en una segunda vuelta electoral resulta un desperdicio democrático asombroso y una demostración de presuntuosidad y arrogancia individuales dignas de más útiles causas y mejores empeños.















