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El macrismo ante el desafío de enfrentar fantasmas propios

19 de noviembre de 2017 a las 12:00 a. m.

A esta altura de los acontecimientos no hay duda que el mejor negocio del macrismo es el cristinismo. Dos movimientos que se retroalimentan para seguir existiendo y en el caso de Cambiemos, ahora además, ganando elecciones. 

La idea de la grieta eterna es todavía parte del imaginario amarillo, porque sostener a Cristina Kirchner herida por la derrota de octubre pero viva al fin con más de tres millones de votos bonaerenses, les permitiría jugar con el efecto espejo. Ella o nosotros seguiría siendo la propuesta, pero además les permite otro objetivo que sospechan que es clave para la supervivencia política de Cambiemos: mantener al peronismo en conflicto, porque con el pejota y los gobernadores de un lado y a la expresidenta del otro, la unidad de la oposición es francamente compleja.

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Sin embargo, los orientales que tienen una sabiduría milenaria tienen un dicho curioso: “cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad”. Y se aplica claramente al deseo del macrismo de ganarle a Cristina en territorio bonaerense, un objetivo que parecía lejano pero que al fin se logró. Sin embargo el cumplimiento del deseo no es gratuito como bien advierten los orientales…

Porque sin el enemigo soplando la nuca del oficialismo, la dirigencia se relaja y comienza a dar rienda suelta a las rencillas internas que, si bien ya existían, estaban adormecidas por el temor a no poder ganarle al kirchnerismo en el territorio bonaerense, el más importante del país.

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Ahora para el presidente Mauricio Macri comienza una etapa en la cual mientras avanza con las reformas administrativas y económicas tendrá que hacer gala de toda la muñeca política que tenga para que las luchas intestinas no se cuelen en la gestión.

Los resultados beneficiosos en las elecciones de octubre son, en principio, el inicio de algunos conflictos. El hecho de que Rodríguez Larreta, junto a Elisa Carrió, hayan logrado más del cincuenta por ciento de los votos en la Ciudad de Buenos Aires, se festejó en la Casa Rosada, pero también encendió luces amarillas. Porque en definitiva, a partir de haber ganado las elecciones de medio término ya todos comienzan a pensar en las presidenciales, en reelecciones, en avances hacia otros cargos. Y el abultado triunfo porteño despierta suspicacias y sospechas en los que, aun ganando, obtuvieron menos votos.

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Macri y Larreta han tenido ya roces en el plano de la seguridad, sobre todo por el manejo de la calle, un tema que irrita a los porteños y que la ministra de Seguridad Patricia Bulrich quiere contener. Pero el jefe  de la Ciudad va despacio en este asunto y no se lanzó como le pedían a combatir la protestas y los cortes. Fue una de las pocas veces en que se filtraba a la luz pública algunas diferencias y no sabemos qué otras se manejan detrás de los telones.

Con María Eugenia Vidal las relaciones tanto con Macri como con Larreta parecen ser excelentes, pero asoman algunas sombras con Marcos Peña que en los pasillos de la Casa Rosada lo dan como el sucesor del actual presidente, posiblemente tras una reelección. A poco de iniciar el repaso ya hay tres posibles sucesores del presidente. Y estos problemas, más temprano que tarde, se expresan de algún modo.

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Con Peña hay roces y en algunos casos celos de más de un ministro, porque el jefe de Gabinete junto a sus asesores Quintana y Lopetegui, son vistos como un tridente que acumula demasiado poder al lado del presidente. Incluso los han hecho responsables de más de un disgusto de un funcionario y de haber sido piezas claves para que Macri se deshaga, por ejemplo, de Alfonzo Prat Gay, un ministro que les dio éxitos claves al macrismo en el exterior.

No son un secreto, ni lo fue desde el comienzo, las internas en el área de Economía, una cartera que Macri decidió dividir en diversos ministerios, evitando la concentración de las decisiones en un superministro, pero la dispersión de opiniones ha generado más de un problema en un área claramente sensible. Sin embargo el presidente, en este caso, lo considera un mal menor.

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Los conflictos de cara al 2019 ya están en marcha, pero no solo en la Casa Rosada, también en las gobernaciones y los distritos. En Pergamino, para no ir más lejos, apenas pasada la elección de octubre, más de un dirigente puso la mira en la senaduría de 2019 y no faltan los que sueñan con el mismo sillón del intendente, si es que el actual jefe comunal va como legislador en las próximas presidenciales. 

Es imposible, todo parece indicar, que no se desaten internas mal disimuladas en la política, porque la lucha que incluye al poder suele ser dura y por momentos descarnada y en este caso no tiene directa relación con el signo político que se trate sino con lo que todos los dirigentes tienen de humanos, con sus luces y sus sombras.

Estas cuestiones que involucran al PRO, se entremezclan con otros conflictos que surgen con el radicalismo, irremediablemente dividido entre los que se llaman “radicales en Cambiemos” y “radicales rebeldes”, que pretenden una mayor independencia de la UCR del macrismo. Así como la Coalición Cívica que trae los vendavales que elucubra Elisa Carrió y genera conflictos entre propios y extraños.

 

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