El empleo hoy, un problema con demasiadas aristas
Por la cantidad de jóvenes que año a año por primera vez salen a buscar trabajo y se incorporan al mercado laboral, la economía argentina necesita crear 200.000 puestos de trabajo por año para que no aumente el desempleo. Esta sola cifra nos enfrenta a un problema serio, porque además para reducir un punto por año la tasa de desocupación, la creación anual de empleo deberá estar en torno a 400.000 puestos. Pero los especialistas indican que solo creciendo al 4 por ciento anual en forma sostenida se lograría mejorar el mercado del empleo, lo que no está sucediendo. Incluso si así fuera, lo cierto es que ese crecimiento productivo ya no necesita tal cantidad de mano de obra, merced a la incorporación de nuevas tecnologías y formas de hacer negocios que prescinden de la intervención humana. Es decir entonces que el problema no refiere exclusivamente a un momento crítico de la economía argentina sino a un punto bisagra de la historia mundial en lo que a trabajo refiere.
Las cifras oficiales marcan que el empleo formal total, que incluye a 12 millones de personas, mientras los empleos informales se mantienen por debajo de esa cifra y más gente salió a buscar trabajo.
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La cuestión es que se trata de un problema estructural que sin duda se agrava con las crisis económicas o la recesión a nivel del mercado interno, aun cuando el crecimiento basado solo en el mayor consumo interno no logra resolver el problema de fondo. Porque lo que nos sucede es que tenemos baja capacidad productiva para brindar empleo, mejorar las condiciones de trabajo y aumentar los ingresos reales de los trabajadores ocupados.
El último informe del Observatorio Social de la UCA (Universidad Católica Argentina) indica que el mayor desempleo, además, viene concentrándose en los jóvenes menores de 34 años y las mujeres. El problema no comenzó con el cambio de Gobierno, sino que desde 2011 hasta la fecha, en el marco de una alta inestabilidad económica con muy bajo nivel de inversión, vino ocurriendo una caída en la demanda de empleo pleno de calidad y productivo, la cual sin duda se agravó como efecto de la retracción del consumo interno en estos dos años. En este contexto, fueron justamente los jóvenes, las mujeres y los segmentos menos calificados y más marginales del empleo los más afectados. Son estos sectores los que tienen menos acceso a oportunidades de empleo estable y más necesidades económicas en un contexto recesivo.
La creación de puestos de trabajo en el sector privado está prácticamente estancada desde hace casi una década, mientras en los últimos años creció en el sector público de manera constante, sin dejar fuera del planteo los planes de ayuda social que no son empleos, como es ocioso explicar, aunque en las estadísticas los beneficiarios no suman al índice de desempleo, lo que hace que la cifra sea engañosa. A su vez, el trabajo informal se mantiene en 35 por ciento.
Hay sectores que se reactivan, como la construcción, pero en otros, como la industria, el repunte es lento y predomina la cautela. Más de dos tercios de las empresas prevén mantener estables sus planteles a corto plazo y el resto se reparte entre aumentarlos o reducirlos. No solo por la menor producción y ventas sino por el mayor costo argentino, que incluye al laboral. Los salarios son bajos pero el costo general del trabajo es inusitadamente alto en la Argentina. Es que los costos extra salariales varían entre el 35 y el 60 por ciento del costo laboral, dentro del cual el aporte patronal directo se ubica en tercer puesto de Latinoamérica y muy por encima de la productividad promedio en una comparación internacional. Es decir que al empresario, un empleado le cuesta en realidad lo que un empleado y medio percibe.
Toda esta realidad que venimos arrastrando tiene otras variables no menos importantes para su análisis: las nuevas tecnologías son aun más destructoras de empleo que las malas praxis políticas, un tema que se viene debatiendo en el mundo desde hace casi una década y que ahora llega a la Argentina. Pero esta problemática tiene como contrapartida, para los más jóvenes, la aparición de nuevos nichos de tareas partiendo de la robótica o la computación, lo que implica la existencia de nuevas oportunidades. Sin embargo al tratarse de un tipo de autoempleo, sin llegar a ser una empresa, carece de protección social compulsiva, dejando a la voluntad de cada individuo la adhesión al sistema solidario de jubilación y salud que impera en nuestro país, aunque eventualmente se nutrirá de ellos. Esto se transforma en un problema en un país como la Argentina donde pese al gasto que implican no tenemos servicios públicos de salud acorde a los impuestos que pagamos. Además, las estructuras educativas no están preparando a los chicos para estos trabajos sino que, por el contrario, los contenidos responden a profesiones que están en vías de extinción.
La llegada de extranjeros al mercado laboral argentino, en algunos casos -como los venezolanos- con niveles de educación completos o directamente profesionales y en otros una fuerza laboral dispuesta a cumplir cualquier labor, también genera más de un problema en el escaso mercado laboral. En teoría, podría inferirse que son puestos que les son robados a los argentinos, pero la realidad es que si están vacantes es porque el argentino no los quiere tomar. También es cierto que el empleado extranjero suele incorporarse a la informalidad laboral, que tanto conviene al empleador como promueve el propio Estado con cargas sociales que son exorbitantes y que, además, no reportan beneficios sociales en igual proporción y calidad que a ese dinero correspondería. No es poco común que empleados a los que se les hacen ingentes aportes, deban cubrirse con servicios privados, pagando de este modo dos veces por educación, salud y seguridad.
La inmigración está también aparejando la profundización de un histórico problema argentino: la superpoblación en pocos distritos, saturando servicios y generando más carencias. Porque quienes llegan legalmente, por Buenos Aires, en esa zona se quedan, en el Conurbano sobre todo; sienten y pueden tener algo de razón- que habrá más oportunidades. Pero aunque así fuera, corresponde al Estado orientar esa nueva mano de obra que llega hacia donde puede ser más conveniente. Como no tenemos una política de empleo extendida en el país, hay zonas donde a veces hace falta mano de obra y no la tenemos. Sencillamente porque no redistribuimos la fuerza laboral que nos llega desde otros países, mucho menos se la propicia entre los nacionales.
Como telón de fondo los millones de planes sociales que no logramos reconvertir en empleos se han transformado en una pesadísima carga para un Estado que tiene déficit fiscal, para un sector privado que paga cada vez más impuestos y para los trabajadores formales que también aportan a las arcas de ese barril sin fondo, en que se ha convertido el gasto público en la Argentina.
Hay una tarea muy importante que hacer en lo que hace al empleo en nuestro país, partiendo de reformas estructurales donde debiéramos poner nuestra voluntad e imaginación si es que pretendemos tener empleo privado, sostenido y de calidad.














