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El empate es un triunfo

29 de noviembre de 2019 a las 12:00 a. m.

La violencia y el grado de inseguridad ciudadana imperante en América Latina alcanzan proporciones epidémicas. Esa violencia y esa inseguridad, en lo económico y social, socavan por una parte las bases del sistema democrático y, por otra parte, drenan una enorme cantidad de recursos públicos y privados que son indispensables para el desarrollo y para el crecimiento con equidad.

En lo político, crean condiciones de inestabilidad y reacciones de grupos humanos contra causas y actores aparentes, contribuyendo a volver más erráticas algunas políticas gubernamentales y al deterioro adicional de instituciones públicas que deberían ser los pilares fundamentales para la contención y erradicación de la violencia.

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El desarrollo de conductas violentas en zonas urbanas se ha convertido ya en una característica estructural de las sociedades latinoamericanas. Además de la violencia social y el incremento de actividades criminales, se asiste a una creciente ausencia de observación de muchas normas de convivencia civil expresada en una alteración de las “buenas prácticas” de interacción social que se observan en la calle, en el tránsito, en el transporte público, etcétera, y que tiene como una de sus características fundamentales la pérdida progresiva de tolerancia y un relacionamiento entre individuos que reviste características preocupantes.

Este fenómeno que contiene en sí mismo un germen de violencia, no recibe una atención demasiado generalizada. De hecho, no es espectacular, es progresivo y se instala en el campo social casi imperceptiblemente, aun cuando sus efectos son importantes y contribuyen a erosionar en su medida el relacionamiento social colectivo.

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La grieta nunca fue un invento argentino. A lo sumo, el ingenio nativo puede adjudicarse cierta originalidad para definir a este rasgo común de la humanidad: la intolerancia. Los estallidos de Bolivia y Chile, así como los descontentos de Ecuador y Colombia y la crisis política de Venezuela, traducen enfrentamientos entre dos posturas que a priori no tienen punto de contacto. El problema para América Latina es que tienen que desarrollarlo, ya que de lo contrario no habrá margen para construir un puente que permita unir esas diferencias.

La Argentina no está exenta de este desafío. De hecho, Alberto Fernández tiene claro que su gestión estará apoyada en diferentes mesas de diálogo. Frentes no le faltan: desde aquel en el que estarán involucradas las organizaciones sociales, pasando por el consejo económico en donde se abordarán las demandas empresarias y laborales, y el que involucrará a los acreedores y el FMI, que tendrán que convalidar nuevas condiciones de pago para la deuda soberana. La ventaja que tiene el país es que este ejercicio nunca fue abandonado. Con mayor o menor intensidad, todos los actores políticos y sociales conocen las artes del diálogo y la negociación. Seguramente la eficacia de sus resultados será materia opinable, pero no se puede decir que el intercambio sea la excepción: más bien parece ser la norma.

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Lo más difícil de cara a lograr acuerdos sociales es aceptar que el éxito está un empate.

La estabilidad de América Latina parece estar atada a las chances de que sectores contrapuestos, que se enfrentan en la política y en la calle, puedan ponerse de acuerdo en una salida institucional efectiva para sus respectivas crisis. Chile tiene que resolver una nueva Constitución, y Bolivia, otra elección presidencial. Pero antes tienen que conseguir una pacificación que se muestra esquiva, ya que los disturbios no empiezan y terminan cuando se llega a un objetivo cuantificable. Transmiten un estado de enojo que no es racional ni es proporcionado.

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Los países de la región, más allá de que se identifiquen con Evo o con Piñera, deben intensificar sus esfuerzos para que haya un ámbito donde las crisis se encaucen. El canal institucional puede ser la OEA, u otro grupo ad hoc. El mensaje más difícil de pasar, más allá de que deben plasmarse en una Constitución o en un nuevo gobierno, es que en estas instancias no puede haber ganadores ni perdedores. Para que un acuerdo social funciones, todos tienen que aceptar el mejor empate posible.

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