El contrasentido de expoliar a las Pymes
Cuando se afirma que para crecer, generar empleo y disminuir la pobreza es necesario prestar especial atención a la realidad productiva de las empresas menores, no se está alimentando un mito. Por el contrario, se está señalando la gravedad de un problema que hay que atender con instrumentos especiales de política pública, calibrados a la propia realidad y lejos de los modelos utilizados en los países más desarrollados del mundo, donde ya han logrado una sustancial convergencia de productividades que aquí todavía no hay.
Absolutamente todos los partidos políticos, desde la punta izquierda hasta la punta derecha, ponen en eje de campaña a las Pymes, aludiendo a su rol como las mayores generadoras de empleo, su importancia en la producción, su relevancia como volumen empresario. Luego, al asumir y poder tomar decisiones tanto ejecutivas como legislativas- también desde todos los signos políticos, por diferentes vías y medios, omiten o presionan tributariamente hasta la asfixia a la pequeña y mediana empresa.
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Las Pymes en la Argentina parecen muchas, pero son en realidad muy pocas. Uno de los aspectos menos conocidos de nuestra realidad productiva es la anómalamente pequeña dimensión de nuestro sector empresarial. En la Argentina se contabilizan 2.326 habitantes por cada empresa formal naciente, mientras que el promedio de América Latina arroja 505; Brasil, 347, y Chile, 125. A su vez, en los países de la Ocde nace una empresa formal cada 185 habitantes.
Nuestras Pymes son débiles y desde hace años casi no generan nuevos puestos de trabajo, cuando en todo el mundo este segmento es el creador de empleo por excelencia y, por esta vía, cohesionador social valorizado por todos.
Puede resultar doloroso, pero según datos del Banco Mundial el nivel de natalidad empresaria de nuestro país es parecido al registrado entre los países más desafortunados del planeta. El resultado de este penoso indicador es que mientras en Chile se contabilizan 50 empresas cada 1.000 habitantes (y en Australia 88), en la Argentina solo se registran 20.
Tampoco se puede afirmar que disponemos de una abundante fauna emprendedora que nos asegura el crecimiento futuro de nuestro stock de empresas: según los datos del Global Entrepreneurship Monitor, en la Argentina solo el 15 por ciento de la población económica activa acredita una actividad emprendedora, contra un 20 por ciento de Brasil y 25 de Chile.
Si no tenemos empresas, ¿quién va a crear el trabajo que el país necesita para disminuir la pobreza? Es necesario incentivar drásticamente la natalidad empresarial, diseñar políticas públicas para defender las existentes y disminuir el cierre de empresas. Sin empresas no hay futuro.
Tal vez el mito que haya que abandonar ya mismo sea que se puede crear trabajo sin el crecimiento del sector de las Pymes.
La rebelión de Atlas es, sin lugar a dudas, el libro más conocido de la escritora rusa Ayn Rand. Sin ir al contenido específico del texto, el cual es polémico, fascinante y extremo, la elección del título y la portada de la mayoría de las ediciones no son fortuitas. Hacen referencia a la figura mitológica que fue condenada por Zeus a sostener el mundo y el cielo sobre sus espaldas, en clara alusión a los emprendedores, la iniciativa y a quienes toman riesgo, los que luego -en la novela- se revelan de las cargas y la expoliación a la que les someten los saqueadores que para la autora, están representados en el Estado y las religiones.
Más allá de las opiniones sobre esta obra y su autora, es innegable que la imagen representa de manera clara y actual lo que puede sentir cualquier empresario o emprendedor en nuestro país. Día a día, las Pymes (también los más grandes exportadores) sienten que soportan con sus impuestos cargas de todo tipo de todos los niveles del Estado. Incluso, de organizaciones que no son parte del Estado pero que muchas veces, cuentan con el aval jurídico e institucional de éste para exigir a los privados contribuciones y prerrogativas. Recibiendo, en muchas ocasiones, el hostigamiento, las recriminaciones y hasta las burlas por parte de quienes administran el erario público, caracterizándolos como avaros, egoístas e insensibles que solo persiguen su beneficio y no les interesa el bienestar general. Claro que esto lo dicen desde los púlpitos y estrados que, paradójicamente, son sostenidos económicamente por los impuestos cobrados a quienes en público condenan.
El Estado (nacional, provincial y municipal) debe apostar por el sentido común que indica que debemos proteger y cuidar a quienes producen y dan empleo genuino. Apoyar a los verdaderos generadores de riqueza que son las empresas e iniciativas privadas. Cuidar, si se quiere, de quienes en definitiva depende el Estado. Algo tan elemental y evidente que, aunque cueste creer, todas las gestiones han venido pasando por alto.
Se trata de no mentir ni disfrazar la realidad. De entender que es un contrasentido expoliar y fundir a quienes son el sostén del Estado. Que es ridículo hablar de consumo sin producción, como es absurdo pretender que un comerciante no busque tener ganancias por su trabajo.
Entendamos que de la única manera que podemos ayudar a Atlas es poniéndonos a la par, acompañándolo y sosteniendo como Estado. Sin dejar de controlarlo, pero haciendo más fácil su tarea.














