El bolsillo y la comunicación social
Jaime Durán Barba acaba de lanzar La política en el Siglo XXI: arte, mito o ciencia, el libro que escribió junto a su socio Santiago Nieto. En la publicación, los consultores que llevaron a Mauricio Macri a la Presidencia de la Nación abordan los cambios producidos en la era moderna y plantean como un mito la posibilidad del control de la opinión pública. Precisamente en una entrevista que concedió a Alejandro Fantino en Animales Sueltos, el asesor dio definiciones sobre cómo opera la comunicación política sobre un electorado volátil que, según su postura, ya no cree en la ideología.
Pero lo interesante son sus definiciones sociológicas sobre el círculo rojo. Dijo que en cada país hay hasta un 20 por ciento de personas que están muy informadas (público, periodistas, empresarios, intelectuales), este es el círculo rojo. Pero hay un 80 por ciento al que no le importa los vaivenes de la realidad política, de ese micromundo en que viven los candidatos y funcionarios. Y hay un ejemplo que lo explica claramente: recordó la reacción de la opinión pública cuando, en plena campaña de reelección de Cristina Kirchner, estalló el escándalo de Sueños Compartidos. Todos los medios le dieron la primera página, el círculo rojo se incendió. Tengo encuesta diaria de esa elección: Cristina no perdió un solo punto, aseguró. Y podemos dar fe de certeza de sus palabras porque la expresidenta arrasó en primera vuelta en la reelección. Una muestra más de que somos una ciudadanía que aun no logró un compromiso serio y definitivo contra la corrupción. La explicación es sencilla: la gente vota y elige a los mandatarios y funcionarios del país según la sensación de bolsillo, la que volviendo a los tiempos del affaire de Bonafini y cercanos al poder, era buena. Y hablamos de sensación de bolsillo y no de salubridad de la economía de un país, que claramente, como hemos comprobado, pueden ir tranquilamente por carriles distintos.
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Esta cuestión de esa mayoría con intereses muy propios no es menor, porque nos lleva a un tema que en América Latina se vive con más intensidad quizá que en otras latitudes: la economía doméstica, el bolsillo de ese 80 por ciento el que termina por definir el clima social y electoral. Lo decía Bill Clinton en su primera campaña presidencial, bajo el slogan es la economía estúpido. Porque aun en países desarrollados el clima de bienestar es un ítem que genera adhesiones a los candidatos.
En América Latina este fenómeno se mueve con más velocidad y suele ser más profundo porque estamos frente a un conjunto de países que no tienen totalmente resuelta la cuestión del desarrollo, viven pugnando por inversiones, tienen gobiernos que aplican modelos económicos pendulares, de modo que el ciudadano está más pendiente que nunca de su bolsillo. Lo vimos en Brasil en estos días: cuando se descubre que el presidente Temer, un mandatario con una debilidad de origen, está al fin tan sucio de corrupción como toda la clase política brasileña. Los ciudadanos se volcaron a las calles y todo parecía indicar que, al fin, el conflicto desatado terminaría en una crisis con la caída de Temer incluida. Una semana después los indicadores económicos mejoraron, las marchas cesaron como por arte de magia y hoy Temer está fortalecido en su puesto.
Hay otra realidad que nos diferencia. Si bien en los países desarrollados también hay corrupción, al ciudadano tampoco le preocupa demasiado a la hora del voto. Pero no porque decida con el bolsillo sino porque siente que cada caso delictivo será debidamente atendido por la Justicia, que no tiene que ocuparse ni exigir acciones porque estas vendrán naturalmente, según lo imponen las leyes.
¿Podemos cuestionar a quienes piensan con el bolsillo propio ante cada elección? Seguramente que no, porque al fin los ciudadanos apoyan a quienes administran el Estado teniéndolos en cuenta y que cuando hay que hacer algún sacrificio lo explican y mandatarios y ciudadanos lo comparten. Visto así tiene lógica que el hombre de a pie no esté preocupado por los resultados de la macroeconomía a la que le cuesta relacionar con su economía doméstica.
Por eso frente a un electorado que mayoritariamente no tiene las mismas problemáticas, expectativas e intereses que el círculo rojo, saber comunicar se ha tornado muy necesario para los mandatarios latinoamericanos y obviamente argentinos. Explicarle claramente a la sociedad el porqué de las medidas, sobre todo cuando son antipáticas o antipopulares, es clave para no terminar con un clima social que se vaya de las manos.
Precisamente, el gran desafío de Mauricio Macri en nuestro país (como reconoce su asesor ecuatoriano) es lograr mantener expectativa y adhesión cuando ha tenido que tomar medidas de ajuste desde que asumió su Gobierno. Aumentos tarifarios importantes, continuación de la enorme presión fiscal, paritarias a la baja. De allí que la elección de medio término, más allá de los resultados, tendrá implicancias en el plano de la sociología, toda vez que el comportamiento del electorado demostrará hasta dónde los argentinos seguimos pensando solo en el bolsillo o ya nos hemos adentrado en otras problemáticas que nos pueden llegar a interesar como la mayor institucionalidad o la aplicación de un modelo distinto de país.
Por ahora la respuesta es una incógnita que será muy interesante de revelar en octubre, cuando se abran las urnas y sepamos al fin, cómo piensa el promedio mayoritario de los argentinos.













