El alto costo de la gratuidad
El intenso debate que ha suscitado el ineludible e impostergable aumento de las tarifas de energía, ahora con paños fríos por la intervención judicial, refleja patrones culturales subyacentes en la sociedad argentina. Somos un país muy generoso. La educación primaria, secundaria y universitaria es gratis, los hospitales son gratis, el transporte público y el consumo de energía están altamente subsidiados. Además de ser gratis para los argentinos de cualquier condición, todos estos bienes y servicios públicos son gratis para todo ciudadano del mundo que los quiera aprovechar. En nuestras universidades tenemos miles de estudiantes argentinos que nunca se gradúan pero los que vienen de otros países de América Latina estudian gratis, se gradúan y luego se van. Los argentinos somos adictos a la gratuidad, incluso quienes atesoran fortunas suficientes para garantizar una vida holgada a más de una generación.
Milton Friedman decía que quienes quieren un servicio gratis, en realidad lo que pretenden es que lo pague alguien que no lo consume. Pero, como dijo Friedman, los almuerzos gratis no existen. Alguien siempre los termina pagando. Esta es una ley de hierro que los líderes populistas siempre buscan evadir. Pero a la larga tiene un costo. Porque quienes tienen que pagar la factura del populismo se terminan yendo. Es lo que los economistas llaman fuga de capitales. Por caso, recordemos lo que pasó en los últimos años: Néstor Kirchner recibió un Estado con reservas por 60.000 millones de dólares y Cristina lo entregó con 16.000. Es decir que en 12 años migraron del país 44.000 millones de dólares, cifra que no se alcanzó con las divisas que se llevaron los turistas o las compras on line precisamente.
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Como dice la sabiduría popular, lo gratis irremediablemente sale caro. Los trenes chocan por falta de mantenimiento, la calidad de la educación es tan baja que los estudiantes secundarios no están preparados para la universidad, los graduados universitarios tampoco están preparados para el mercado de laboral, la falta de inversión hace que se multipliquen los cortes de energía, por la enorme demanda en los hospitales no hay insumos y la calidad de la atención médica se resiente.
Los argentinos no terminamos de darnos cuenta de que lo que creíamos que es gratis lo hemos ido pagando en cuotas. Hace 100 años éramos uno de los 10 países más ricos del mundo, hace 50 uno de los 30 más ricos y hoy estamos peleando la posición 70 en los ránkings mundiales de PBI per cápita. Si no cambiamos, tenemos la decadencia asegurada.
Nuestra pasión por no querer pagar el costo de los bienes públicos que colectivamente consumimos se refleja en un gasto inmanejable, un déficit fiscal persistente y una corrupción rampante. Un principio básico de las finanzas públicas es que cuando hay déficit hay solo cuatro alternativas posibles: imprimir billetes, emitir deuda, subir los impuestos o bajar el gasto. Por eso hoy de cada 10 pesos que se emiten, siete se destinan a subsidios e importación de energía. Por eso, la presión tributaria es la más alta del mundo y sin contraprestaciones eficientes; según el World Economic Forum, la tasa impositiva total alcanza el 137,3 por ciento. Asombrosamente es más del 100 por ciento de ganancias corporativas. El impuesto sobre el volumen de negocios (turnover tax) de las empresas por sí solo absorbe casi el 90 por ciento de los beneficios, antes de añadir impuestos sobre salarios y transacciones financieras. En consecuencia, nuestra economía no es competitiva, no lo son nuestros alimentos, nuestra indumentaria, nuestros automóviles, etcétera. Frente a esta realidad, nos queda el gasto público como variable para achicar el déficit. El drama argentino es que reducir el gasto es la única variable viable económicamente a largo plazo, pero a corto plazo es políticamente inviable. Y esto es así porque la gratuitidad está firmemente arraigado en nuestra cultura. Hace 100 años Leopoldo Lugones decía que el gaucho contenía en potencia al argentino de hoy. ¿Y cuáles eran los rasgos peculiares del gaucho? Según Lugones, el extremado amor al hijo; el fondo contradictorio romántico de nuestro carácter; la sensibilidad musical... la importancia que damos al valor; la jactancia, la inconstancia, la falta de escrúpulos para adquirir, la prodigalidad. Pero al mismo tiempo, su particular genealogía -cruza de indígena y conquistador- le había legado sendos defectos: el ocio y el pesimismo. El gaucho tenía enorme capacidad de trabajo en cuanto al vigor físico pero fallaba como fenómeno de voluntad no bien producía lo necesario para cubrir las necesidades inmediatas.
Así es nuestro país, lleno de potencialidades subejecutadas desorganizadamente, sin criterio ni previsión, para paliar lo de hoy y mañana Dios proveerá.
Charles Darwin, el padre de la Teoría de la Evolución, hizo similares observaciones sociológicas sobre la argentinidad. Cuando visitó el país en 1833, al igual que Lugones destacó dos defectos: el ocio y la afición por el juego. El problema argentino, según Darwin, radicaba en que el gaucho, criatura errante de las Pampas, tenía todo a su alcance y con poco esfuerzo, es decir prácticamente gratis. En una llanura casi tan grande como Francia, el ganado vacuno y equino traído por los españoles creció y se multiplicó. Según Darwin, la abundancia de alimento y de caballos era la enemiga de cualquier industria. En aquel entonces, en Europa, los caballos eran para los nobles (era caro mantenerlos) y el ganado vacuno no deambulaba libre por las llanuras sino que era celosamente protegido por sus dueños. En la Argentina, en cambio, el gaucho solo necesitaba esforzarse mínimamente para conseguir un pingo. Y con un lazo o un par de boleadoras podía asegurarse una generosa porción de proteína. No debe haber otro país que haya tenido una experiencia socioeconómica similar (quizás Uruguay, pero en mucho menor escala). La experiencia dejó una impronta imborrable que fue asimilada rápidamente por los hijos de los inmigrantes. Lamentablemente con la mentalidad de lo gratuito y el mínimo esfuerzo el país es económicamente inviable. Mientras tanto, hay que resolver el tema de cómo ajustar las tarifas. Una solución inteligente, que propone Agustín Etchebarne, de Fundación Libertad y Progreso es, en vez de establecer tarifas sociales para consumidores de menores ingresos, compensarlos directamente con efectivo en su cuenta bancaria. Como se hizo con la garrafa o como funciona la tarjeta Sube, que determina automáticamente un boleto subvencionado a quienes son beneficiarios de planes sociales. De esta manera, los subsidios llegarían sin más trámites burocráticos a quienes realmente los necesitan. Y quien paga hoy servicios privados que en estos 12 años han aumentado un 1.500 por ciento (cable, telefonía celular, colegios) deberán asumir que lo mismo cabe para los servicios concesionados por el Estado, que dicho sea de paso, son los elementales para la superviviencia.











