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Diálogos entre sordos que terminan en una encerrona

07 de abril de 2017 a las 12:00 a. m.

Se cumplió con el primer paro general al gobierno de Mauricio Macri por parte de la CGT, pero con el empuje visible de las agrupaciones sociales que vienen pujando en la calle por más beneficios y la verdad es que hoy complican más al oficialismo que los propios sindicatos. Los 500 piquetes consumados durante marzo en todo el país -según la consultora Diagnóstico Político- son la prueba de un fenómeno que crece a medida que el ajuste se profundiza.  

Al fin la CGT tuvo que poner el cuerpo para garantizar el éxito del paro asegurando la adhesión de los grandes gremios del transporte, del Estado y el sector privado y ante los resultados, la huelga fue un éxito en los grandes conglomerados urbanos y fue perdiendo fuerza a medida que nos acercamos a ciudades más pequeñas, como Pergamino donde prácticamente se sintió poco.

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El primer problema que planteó este paro general es que la CGT convocó a una huelga “dominguera”, es decir que se vieran ciudades desiertas y que nadie fuera a trabajar. La idea chocó inevitablemente con los sectores de la izquierda que resolvieron cortar los ingresos a la Ciudad de Buenos Aires, utilizando la modalidad de siempre, pero con algunas actitudes novedosas. Ya que aparte de parar a la gente con la cara tapada y con piedras y palos a cortar la avenida Panamericana, por ejemplo, en la primera línea del piquete colocaron autos parados, de modo que se garantizara la seguridad propia. El Gobierno envalentonado por la marcha a su favor del 1º de abril, decidió el debut del protocolo antipiquetes, que esperó casi un año y medio para ver la luz y   todo terminó en escándalo, trompadas, palazos, piedrazos, heridos y detenidos. Una verdadera batalla campal.

Los gremios quisieron despegar el paro de estas revueltas, sin embargo las agrupaciones sociales decidieron que, no teniendo trabajo al cual faltar a modo de protesta, iban a cortar accesos a la ciudad. La CGT salió rápidamente a declarar que no han convocado a ningún piquete es más, trataron de evitarlo, pero tampoco justificaban la represión salvaje. 

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La verdad es que la CGT no encuentra el remedio adecuado para estos incidentes previsibles. Aseguran que el paro fue un éxito indudable. Pero también admiten que están sometidos a la violencia discursiva, y quizás fáctica, de quienes “actúan sin control buscando demostrar que son la vanguardia” de las protestas. Porque la izquierda pretende ir copando los gremios para radicalizar las posiciones de un peronismo que les resulta demasiado dialoguista en los sindicalistas tradicionales. Lo cierto es que estas organizaciones sociales obligan a la CGT a situaciones de fractura con el Gobierno, y en cambio muestra la necesidad de descomprimir la presión que viene desde las bases, desconformes con el ajuste que, dicen, el oficialismo les hace pagar a los sectores del trabajo más que a ningún otro.  

A  esta altura el análisis de la situación que vivimos no estaría completa si no miramos con atención que el Gobierno nacional venía planteando el diálogo con los gremios, pero luego no se cumplían las promesas conversadas en la mesa entre sindicalistas y empresarios, las paritarias van a la baja, los despidos se siguen produciendo, las empresas suspenden empleados casi diariamente, la inflación no afloja y la recesión tampoco.

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En este marco de ajuste hay descontento en los sectores del trabajo que consideran que el Gobierno es muy rápido cuando se trata de decisiones a favor de los más poderosos y lento cuando se trata de ofrecer una medida que beneficie a los sectores del trabajo. Aquello de que “Macri gobierna para los ricos” fue uno de los argumentos para el paro y la seguidilla de protestas que se vienen realizando desde hace un par de meses. 

Mientras el paro se desarrollaba, el presidente inauguraba con empresarios el “mini Davos” en Ciudad de Buenos Aires, en un conocido hotel, y  declaraba “no hay plan B”, respondiendo a los sectores cegetistas que piden retoques y cambios en el rumbo económico. Visto desde esta perspectiva el paro no tendrá ningún destino, ni siquiera alertar al Gobierno del descontento del sector. 

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El escenario es claramente de una grieta que se está transformando en abismo, entre quienes se sienten ganadores y perdedores de los cambios que se vienen generando en el plano de la economía. Sería un reduccionismo pensar que este paro es solo la pelea entre el kirchnerismo y el macrismo, vasos comunicantes del conflicto más profundos se vienen jugando en esta problemática. Los gremios cuya mayoría puede ser peronista pero K son muy escasos; las izquierdas que buscan su espacio aprovechando el descontento y un gobierno que no tiene medidas destinadas a proteger el empleo, al menos en esta etapa, mientras los incrementos de los servicios son muy importantes y pegan fuerte en los que cobran salarios fijos.

Sin embargo, tanto el macrismo como el kirchnerismo siguen fomentando la grieta a sabiendas de que a ambos conviene ese efecto espejo en el cual unos siguen apoyando a Macri por espanto a Cristina y al revés sucede lo mismo, de modo que cada sector mantenga algo más que su núcleo duro.

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Es bien cierto que cuando un país atraviesa una crisis económica como la actual, cada fenómeno de apoyo o rechazo a la política oficialista se explica más por los opuestos, generando más divisiones en una sociedad que hoy tiene posturas irreconciliables. Los sectores medios que pagan sus impuestos ya no toleran piquetes y paros, los trabajadores advierten que no llegan a fin de mes y protestan, los sectores sociales afirman que no hay empleo genuino, que se han terminado las changas. Y la realidad es que un país de “planes” no puede desarrollarse, no es viable. 

 

Al fin, ni el Gobierno, ni los gremios, ni los sectores sociales se están escuchando y el resultado termina siendo este: paros, piquetes, palos y heridos. Todos pierden porque el único camino de salida a esta encerrona es que los números del país mejoren, que crezca el empleo y lleguen los alivios para quienes la pasan peor en esta etapa.

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