¿Cuánto de humanos hemos perdido los seres humanos?
Hombre, hombre, no se puede vivir enteramente sin piedad. La célebre frase es de Fiódor Dostoyevski y se remonta al Siglo XIX.
Indudablemente el ser humano puede albergar los mejores sentimientos y también los peores y eso que lo hace único y multifacético es también lo que puede llevar a su propia destrucción. La violencia cotidiana, en el Siglo XXI, no parece haber mejorado desde la edad más primitiva, pasando por la Edad Media y los siglos posteriores. Nos horrorizamos de solo pensar cómo se procedía en aquellas épocas pero no reconocemos en nuestro accionar actual que la piedad está tan ausente como entonces. Solo cambiaron las formas. La empatía frente al dolor de tantos no aparece, la agresión no tiene inhibiciones ni consideraciones con el otro y así, sin darnos cuenta, aquello que tenemos de oscuro va ganando la batalla. Todos los días, en todos los ámbitos.
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Frente a los enormes avances de la tecnología, la medicina y el saber en general, aquello de primitivo y monstruoso que tenemos los humanos no ha variado en nada. Sigue ahí, en las guerras interminables que se protagonizan en Oriente Medio, dejando dolor y destrucción a la vista de toda la humanidad; en los atentados, que se provocan por todo tipo de motivos, donde los inocentes mueren irremediablemente sin que nada nos termine por asombrar.
Y sin irnos a extremos como la guerra o el terrorismo, el narcotráfico a manos de pares, vecinos de un mismo barrio, viene dañando sistemáticamente generaciones de jóvenes para la acumulación y la avaricia de violentas bandas. Más cercano aun y común a todos en estos días, la malicia con que nos expresamos en las publicaciones en las redes sociales, por el puro gusto de agredir y lastimar al otro incluso sin conocerlo personalmente, es un muestrario de la visible falta de humanidad que exhibimos los humanos.
Desde destruir el ambiente, que es el espacio donde vivimos y no tenemos otro, la sexualidad en términos de perversión, como los que se registraron en la ciudad en los últimos días, hasta la corrupción que arruina países y el delito en todas sus formas, todo nace de una inicial reacción del hombre. Y ahí no caben las culpas amplísimas a conceptos genéricos como el capitalismo o el modelo que aplique tal o cual gobierno: es lo que pasa por la mente y alma del ser humano. Lo que hacemos en el propio metro cuadrado es lo primero a cuestionarnos. Y desde lo más mínimo, como abrir una ventanilla del auto para arrojar un papel, cuando sabemos que no es debido, que afecta a otros y al ambiente que decimos proteger.
El signo más evidente de que la raíz de nuestros males está en cada uno y en cómo nos hemos deshumanizado está en que todo lo malo, lo perverso, lo improcedente para una vida en comunidad es lo que más vende, sencillamente porque es lo que, como sociedad, más compramos. Mientras que aquello que podamos expresar como esperanzador, la buena acción, no despierta un interés mayoritario. Lo que muestra el estado mental del que genera la horrible noticia, pero también el interés malsano del que la recibe.
La verdad es que estamos contaminados por las barbaridades cotidianas que vemos, tanto que hasta ya las esperamos escuchar, ver o enterarnos de la desgracia del avión que se cae y no del avión que llega que, como suelen decir muchos periodistas, no interesa a nadie.
En este esquema, un programa de policiales, donde se cuentan con detalles y se muestran las fotos más truculentas sobre los crímenes que son noticia, alcanzará una audiencia inu-sitada frente a un programa cultural donde se entreviste a nuestros mejores intelectuales. Esto no es nuevo, claro, pero pasan las décadas y se agudiza la tendencia en vez de mejorarse.
La realidad es que nos viene ganando la porquería, la ambición, el egoísmo extremo y la violencia que consumimos casi sin darnos cuenta día tras día. El amor, la esperanza, las actitudes honestas y sanas no solo no venden como noticia sino que, muchas veces, son motivo de burla en las redes sociales. La buena acción causa gracia y la picardía, la ironía dolorosa, es festejada como sinónimo de inteligencia y destaque.
El primer ser humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra es el fundador de la civilización decía Sigmund Freud a principios del Siglo XX, cuando todavía existía la idea de que el ser humano se iría haciendo más humano con el paso del tiempo.
La realidad nos está desmintiendo, lamentablemente, esta enorme premisa, nacida quizá más de una esperanza que de lo que las sociedades proyectan. Más allá de estilos políticos, modelos económicos, sean unos mejores que otros, las personas no parecen avanzar individualmente hacia un estado más evolucionado del ser sino que mantiene su lado oscuro tan a flor de piel como en las épocas históricas.
Nuestra sociedad pergaminense no es la excepción a la regla, como huelga decirlo. No deja de exhibir comportamientos violentos, basta con ver esta semana los casos de abusos de menores a manos del propio progenitor de la criatura, los robos de todos los días y la violencia que se desata para arrebatarle a un anciano unos pocos pesos, a una mujer la cartera, o entre jóvenes, como menciona el lector Juan Mirón en la presente edición. Hay barrios en nuestra ciudad donde, varias veces a la semana, se oyen disparos, hay peleas feroces entre vecinos, entre bandas que venden drogas y un total desprecio por la vida en comunidad.
La desidia con que muchos vecinos dejan la basura en la ciudad a toda hora, en el centro y en los barrios da igual, como si en sus hogares vivieran entre los desperdicios, es otra muestra del poco afecto societatis que tienen. Hay espacios públicos que cuando reciben una mejora aparecen los amables de siempre y generan todo tipo de destrozos, lo vemos en el paseo ribereño, en el Parque Municipal, a veces en la peatonal.
¿Qué mueve a una persona a destrozar lo que utilizan todos los vecinos y por lo que él mismo paga? Es una pregunta de difícil respuesta, y para especialistas, porque al fin esta deshumanización que exhiben no les genera ningún beneficio, salvo el dar rienda suelta a su costado más animalizado y la ilusión de estar perjudicando a otros. Un sentimiento claramente negativo y peligroso para la vida en común.
En esto de vivir en sociedad, hay cuestiones que dependen de las autoridades, pero tantas otras que dependen de cada uno de nosotros y de los que nadie parece hacerse cargo. ¿Cuánto de humanos hemos perdido los seres humanos? Tanto que a veces nos cuesta reconocernos.















