Con lo que hay no alcanza
Se alcanzó el año pasado un récord de decomiso de drogas. El Ministerio de Seguridad informó que fueron secuestradas 15 toneladas de cocaína al sumarse los operativos realizados por la Policía Federal, Gendarmería, Prefectura y Policía de Seguridad Aeroportuaria con los golpes al narcotráfico conseguidos por las policías provinciales. Esa cifra prácticamente duplica la cantidad de cocaína capturada por todas las fuerzas de seguridad durante 2016.
Las autoridades del Ministerio conducido por Patricia Bullrich estimaron que las 15 toneladas de cocaína incautadas en 2017 provocaron una pérdida de 155 millones de dólares a los grupos narcos.
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Es una buena noticia que se incauten drogas, que incrementen la labor para ir acorralando un negocio internacional que está mordiendo duramente a la Argentina en los últimos años. ¿Alcanza con esta tarea? Lamentablemente no.
Porque la actividad se sigue desarrollando, las muertes están ahí a la vista de todos, víctimas del consumo y de la violencia de los narcocriminales.
Lo que fue un gran golpe al narcotráfico como la caída de los jefes de la banda de Los Monos en Rosario no redundó en la calle porque su labor fue rápidamente reemplazada por otros grupos. De hecho, muchos se benefician cuando uno cae. Precisamente el narcotráfico es un monstruo estilo medusa, cuando se corta una cabeza nacen tres más. Por eso la estrategia para atender y combatir este crimen es muy distinta y nuestras fuerzas policiales no tienen un entrenamiento específico para esta lucha.
No es lo mismo investigar y capturar un ladrón, un estafador o un asesino que a un narcotraficante, que es todo eso junto y que nunca actúa solo. Peor: quienes lo acompañan y respaldan tienen, en los hechos, más poder económico y de fuego que el propio Estado.
Para completar este negro panorama, tampoco nuestro sistema judicial cuenta con las leyes específicas para calificar y sancionar las figuras penales que se conforman en los delitos del narcotráfico.
Somos un país con presencia y actividad de narcotraficantes; esta es una realidad desde que Argentina dejó de ser un país de tránsito de la droga para convertirse en un productor. Fue el momento en que empezamos a escuchar del paco, las cocinas, la efedrina, los precursores, todos elementos que hacen al valor agregado y residual de la cocaína cuando ésta es procesada. Si tenemos paco, es porque hay cocinas y si hay cocinas es porque la cocaína ingresa al país en un estado puro y es aquí donde se la destila, rebaja, fracciona. En definitiva, somos un país productor, donde los narcotraficantes encontraron las condiciones propicias para instalar su negocio, que ahora es mucho más amplio que antes, cuando solo constaba de una pequeña cadena comercial entre el dealer y el consumidor.
Todos los nuevos actores que aparecieron en torno al comercio de droga conforman una nueva raza de delincuentes, que van desde el productor extranjero que se viene a radicar (o no), la conexión local con vínculos con el poder, los cabecillas por zonas (cada uno con su banda o equipo de ventas) y los sicarios, que brindan protección y ajustan cuentas para las bandas.
Esta estructura delictiva, muy brevemente descripta, difiere mucho de la gama de delincuentes y delitos que nuestras policías están preparadas para contener y combatir.
Y sobre todo, nuestras fuerzas no tienen solo que atender el narcotráfico.
Cierto es que la Policía Federal tiene a su cargo esta tarea, pero no es la única ni su trabajo es específico. A su vez, debe descansar en el trabajo de las policías provinciales, que mucho menos están preparadas.
Vemos entonces cada tanto (ayer mismo) se produce un gran decomiso, que otro día desbaratan una banda y, en simultáneo, un sicario mata a alguien por un ajuste de cuentas y es tratado en la Justica como un asesinato cuando en realidad es un narco crimen, que sigue una lógica y tiene un entramado muy distinto a un homicidio cometido en ocasión de robo, por ejemplo.
Lo que estamos planteando es que, dado el cariz que ha alcanzado el narcotráfico en Argentina, es imperioso que se conforme una fuerza específica para atender todo el abanico de delitos que lleva implícito esta actividad. Una división dentro de una fuerza no es suficiente, ni en número ni en calidad. Quienes vayan a combatir el narcotráfico debieran estar formados en esa especialidad desde el primer día que comienzan sus estudios y continuar en el tema, actualizándose, durante toda su carrera.
El narcotráfico, lo hemos visto en otros países, escala muy rápidamente y eso es lo que ha sucedido, sin control, en la Argentina. Cuanto más tardemos en encarar el problema en forma específica, con policía especializada y una Justicia con leyes concretas para el narcotráfico, no vamos a combatirlo con éxito. Estados Unidos tiene su oficina, la DEA, dedicada a la problemática, Colombia tuvo que crear sus fuerzas especiales y Méjico otro tanto y así sucede en la mayoría de los países mordidos por las drogas.
La Argentina pretende combatir el narcotráfico con las fuerzas regulares, policía provincial, Federal y Gendarmería y la realidad es que no solo no alcanza sino que el resultado final es muy relativo en su éxito.
Tanto político que circula con viáticos y enormes sueldos, funcionarios y legisladores y no vemos a ninguno trabajando en la creación de una fuerza que permita un combate de frente al narcotráfico.















