Cómo y por qué ganó Bolsonaro en Brasil
Tal como vaticinaban las encuestas, Jair Bolsonaro es el nuevo presidente de Brasil. Y hoy los medios de la región ensayan distintas explicaciones del porqué de este resultado. Solo a modo de ejemplo, en el columnista de La Nación Alejandro Kats tituló con Una victoria que humilla los ideales de la democracia.
En realidad, el ideal de la democracia que es la elección de los gobernantes por parte del pueblo, se cumple. De esto no hay dudas, nadie fue privado de votar ni fue a hacerlo bajo amenaza. Lo que lleva al debate es qué es lo que votó, mayoritariamente, el pueblo brasilero, cuáles son las razones por las que se volcó masivamente en las urnas a favor de una figura cuyos dichos avergüenzan. ¿Será que aunque no lo digan en voz alta muchos comparten sus expresiones? Algunos extremistas seguramente sí, pero con esos no alcanza para ganar una elección en Brasil. Claramente hay un votante que puede no compartir la forma, la manera de expresarse pero que, dentro del abanico de opciones, se quedó en esencia con lo que Bolsonaro implica. Hay que tener en cuenta que quienes no se expresan, en cualquier país, son la mayoría. Aunque los medios y ya hablando de Argentina- muestren a quienes más ruido hacen, no necesariamente son la mayoría. Vayan por casos los paros docentes, el debate sobre el aborto. Pero sucede que se instala una idea mediáticamente a partir de movilizaciones y acciones que son visibilizadas por los medios y después, expresarse públicamente en contra de esas voces que se escuchan, no es gratis. Entonces, hay una abstención en la expresión que luego aparece en las urnas.
Las mas leidas de Opinión
Estar educados para el nuevo mundo de las finanzas
La naturalización de la pobreza en los actos de gobierno
La compleja situación económica y la falta de unidad
Uso de redes en los más chicos: sin posturas radicales, nutrirse de saber para acompañarlos
Salir de la intolerancia, la trampa de este vertiginoso Siglo XXI
En Brasil pareciera que todos los que se horrorizaban ante la posibilidad de que Bolsonaro llegara a la presidencia, al final no eran tantos.
¿Qué pasa en el vecino país para que un pueblo se vuelque masivamente hacia un personaje que remite con sus dichos a lo peor del pasado? Hay problemáticas que seguramente ayudaron a este voto: el estancamiento económico, la corrupción, la enorme inseguridad. Pero esto no lo explica todo. Ni siquiera el voto por clase social porque en esas urnas hay unos cuántos votos más que los apoyos de los distritos donde viven los ricos y son de mayoría blanca. Ese sector que apoyó explícitamente a Bolsonaro en los 27 años en que fue parlamentario es minoritario. Acá una masa de independientes y algunos distritos donde hay buena parte de la población en pobreza lo votaron.
Algunos creen que cuando las sociedades se cansan de los políticos, de sus juegos, su doble discurso y su forma más o menos descarada de robar, terminan votando a uno de esos candidatos políticamente no correctos. Porque Bolsonaro hizo del odio y el desprecio su principal recurso de campaña. Y si tanta gente lo votó es porque se terminó la era de tolerancia social y política, preceptos que son valorados e indispensables pero que terminan opacados por el accionar contradictorio de los políticos que los propagan. Ante el hartazgo, involucionamos, volvemos hacia atrás, hacia un pensamiento que encarne lo más opuesto posible a aquello que nos de-silusionó. Así, pendular, es la política en América Latina.
El error de los progresistas lulistas (o populistas si les es más claro) es analizar el triunfo de Jair Bolsonaro como el éxito lamentable de una conspiración latinoamericaa del establish-ment político-económico-judicial-mediático, avalada por los Estados Unidos y con base en los sectores más atrasados y conservadores de la sociedad brasileña. Un pensamiento casi calcado de muchos kirchneristas en la Argentina, que piensan lo mismo y así como en el país carioca el mártir es Lula, aquí es Cristina.
Es claro que en ambos países ha habido sectores que han amplificado la corrupción hasta límites ensordecedores, pero no podemos decir que hayan inventado las causas.
En cambio, debiera haber autocrítica primero y entender que para llegar a esto, antes se desencantaron de ellos. Cuando al pueblo no se lo defrauda, no emergen personajes como Bolsonaro. Un poco de autocrítica y de propósito de enmienda; el discurso de victimización, cuando la flagrancia es tanta, los ubica todavía un escalón más abajo en la consideración de las mayorías. A la vista está, en Brasil y en Argentina.
Además los procesos políticos personalistas y demasiado largos agotan a las sociedades. Sin recambios de figuras capaces de suplantar al líder y al frente de economías dependientes, terminan siendo el problema, cuando alguna vez fueron la solución.
Por otra parte Bolsonaro es la ruptura con lo establecido. Lo políticamente incorrecto, algo similar a Donald Trump en Estados Unidos, que insultaba a los latinos por sucios, violadores que infectaban la sociedad americana, quería un muro con Méjico y amenazaba con balas y bombas a propios y extraños. Al fin ganó las elecciones, aplicó sus políticas económicas proteccionistas, pero muchas de sus amenazas no pudieron cumplirse porque las mismas instituciones de la democracia le pusieron freno a las ideas más peligrosas. Lo mismo le pasará, seguramente, con Bolsonaro. Si bien es una involución en las ideas y las formas lo que propone el nuevo presidente, lo positivo es que impuso su pensamiento en las urnas y no por la fuerza, como pasaba en el siglo pasado. Las democracias latinoamericanas están fuertes y la única manera de que ideas extremistas lleguen al poder es por las urnas. Por eso decimos que más que buscar operetas externas, hay que mirar por qué el brasilero votó de la manera que lo hizo. Bolsonaro salió de las urnas, es el pueblo y no otro el que lo puso en la presidencia.
Y del mismo modo que la democracia le dio el poder, la democracia se lo va a limitar. Por eso, de todo lo que dijo que haría seguramente no va a poder hacer nada. Es impensable que en estas épocas envíe a la policía a perseguir homosexuales u hombres de color sin que las instituciones democráticas le pongan coto.
Guste o no a los observadores de países vecinos como somos nosotros, Bolsonaro ganó los comicios con las reglas de la democracia, no tomó el poder por asalto y si una amplia mayoría de brasileros decidió votarlo, nuestra única mirada pasa por hacer un análisis.
Por lo demás, a los argentinos, necesariamente, nos tiene que interesar la suerte de Brasil porque son nuestros principales socios regionales y si hay paz social en el país vecino mejor nos irá en nuestro comercio bilateral. Y decimos bilateral porque a Bolsonaro no le interesa el agonizante Mercosur, (y a Mauricio Macri pareciera que tampoco) pero sí mantener las relaciones comerciales con la Argentina.














