Cada Fernández se puso en su lugar
Alberto Fernández acaba de sepultar el mito del hombre (o mujer) fuerte sentado en el sillón de Rivadavia. A partir de la frase yo hice lo que me mandaste que le expresó públicamente a su vicepresidenta en la puesta en escena que armó el oficialismo para mostrar unidad alrededor de Cristina Fernández, su autoridad quedó gravemente mellada. La admisión presidencial fue también políticamente el acta de defunción formal de la llamada coalición gobernante: el partido kirchnerista ha tomado explícitamente el timón del Frente de Todos con su jefa a la cabeza. Esto mismo fue lo que comunicó la vice el viernes 18, a la vista de todos los presentes y para que se escuchara urbi et orbi por los medios.
Para algunos el presidente ha abdicado, aunque para otros se ha mostrado realista y ha elevado públicamente a los altares a su referente política quien, con cierta alevosía, minutos antes lo había encadenado públicamente dándole consejos de tono imperativo. Ha quedado demasiado claro que ya pasó el tiempo de los consejos o de las sugerencias y parece que llegó el momento de ordenar el tablero de comando. Lo cierto es que Fernández, un hombre que en tiempos lejanos sorprendía por su vitalidad y coherencia, pareció esta vez muy cansado de disimular los muchos y groseros errores de su gobierno.
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Según el costado de la grieta en donde cada uno se ubique puede haber interpretaciones muy distintas sobre la frase y la actitud presidencial. Algunos podrán decir que su reverencia verbal fue un reconocimiento de lealtad política (ya se verá si sincero u obligado por las circunstancias), otros que la frase de Fernández fue sacada de contexto por la prensa y otros más explicarán psicológicamente los porqués del acto fallido que puede representar un dicho expresado así, al voleo. Entre todas las interpretaciones posibles habrá que ver en la práctica cómo toma esta voltereta de la historia el peronismo más clásico, sobre todo el de los gobernadores más refractarios a la vuelta de un kirchnerismo sin contrapesos.
Lo más concreto y para que no se diga que Cristina únicamente está preocupada por zafar de la cuestión judicial, mientras se ocupa de armar el propio de acuerdo a sus necesidades (una nueva Cámara Federal, por ejemplo), es que ella ha vuelto al centro de la escena política para que la moral de la tropa no decline ante el silencio táctico de la jefa. Recargada, la vicepresidenta ya no volvió a decir que hay funcionarios que no funcionan sino que directamente sugirió cambios en el Gabinete de todos aquellos que tengan miedo o que no se animen, profesión de fidelidad que amplió a los legisladores.
La gran pregunta a responder es miedo a qué cosa y allí se abre otro abanico de respuestas: ¿a cambiar la Constitución, a cooptar la Justicia, a salirse del mundo o a hacer una suerte de revolución que termine consagrando a una nueva burguesía que sea la ganadora del modelo, mientras que los que no acompañen se quedan afuera? En su discurso, esclarecedor acerca de los planes oficiales, también Cristina instruyó públicamente al presidente sobre un par de ítems a seguir, según la concepción estatista y keynesiana de estímulo a la demanda que usó siempre el peronismo, conceptos que seguramente explican los aplausos frenéticos del gobernador Axel Kicillof. Una propuesta como la que formuló la vicepresidenta, con plata en el bolsillo de la gente y emisión en auge para forzar algún tipo de reactivación (hay que alinear salarios y jubilaciones, precios -sobre todo los de los alimentos- y tarifas, dijo), aun a costa de explosiones inflacionarias, puede tener dos explicaciones: o es para la tribuna, solo para contentar a la tropa que tiene la cabeza formateada para rechazar cualquier ajuste, o es la verdad revelada de todo lo que se viene, con lo cual se pone entre paréntesis la tarea de Martín Guzmán en el cara a cara con el FMI. Esta percepción sobre un futuro bastante negro y sin inversiones, derivado además de una desmedida y absurda presión tributaria, es la misma que ya ordenaba los planes de subsistencia de la mayor parte de las empresas, las que ahora también han empezado a ser jaqueadas explícitamente por el Gobierno.
Los empresarios tienen que entender que los argentinos no pueden más y no puede ser que quieran hacer lo mismo todos los años, dijo sobre el aumento de los precios Máximo Kirchner y más allá de saber que los gobiernos siempre buscan culpar a los demás de sus propios desaguisados, vale detenerse en su discurso desde dos puntos de vista. Primero, en la concepción bien oportunista y casi de subestimación del electorado de que los precios suben por el egoísmo y la maldad empresaria y no por la acción del Estado-emisor y segundo, que para evitar la inflación hay que poner controles, un método que, aunque atrasa 70 años, siempre parece volver para tapar los errores propios.
Otro punto bien crítico que abordó la vicepresidenta fue la cuestión hospitalaria en la Ciudad de Buenos Aires, la que debe explicarse también desde la tirria de Cristina hacia los votantes porteños y las autoridades que han elegido. Como siempre hace en sus manifestaciones públicas, ella disfraza sus propios gustos políticos como una necesidad: Tenemos dividido el sistema de salud en tres: público, privado y obras sociales. Vamos a tener que repensar un sistema de salud integrado, dijo. A partir de esa generalización comenzó el embate ideológico hacia una Ciudad que ha dicho hasta el cansancio que sobre 10 pacientes que atiende en sus hospitales, solo tres son porteños. Para ello, la respuesta es el estrambótico concepto de su hijo, Máximo, quien afirma que el problema es que esos hospitales deberían estar en otra parte.
Un argumento de tal calibre sólo se sostiene si alguien hubiese preguntado qué pasa con las siete personas restantes y por qué los distritos de dónde provienen, casi todos del Conurbano que tienen intendentes peronistas desde hace décadas. El fondo de la cuestión es disparen contra Rodríguez Larreta, en un área donde claramente la Caba ha sacado ventajas de todo tipo en cuanto al manejo de la pandemia, comenzando por la seriedad del ministro de Salud, Fernán Quirós.
Lo cierto es que en un sector tan crítico como el de la salud no quedó desliz sin cometer y los chichones se los llevó el ministro Ginés González García y el propio presidente quien, abrumado por sus propios errores y tropiezos, no ha encontrado la manera de salir del laberinto de sus declaraciones, desmentidas y parches, otro eslabón más de su devaluación política. El último en darle un disgusto fue el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, quien dejó a medio gobierno enredado en el operativo de defensa de la vacuna de ese país. Es un tema en el que también Cristina y su ideología tuvieron mucho que ver. El propio Gobierno ha terminado por justificar sus tropiezos en que la situación de la provisión de vacunas es dinámica en todo el mundo. Por ese motivo, porque todo cambia todo el tiempo, tampoco se entienden sus apresurados bombos y platillos cada vez que quisieron anunciar algo. Recordemos las odiosas comparaciones que hacía el presidente hace unos meses, respecto de la evolución de casos en otros países. Buscaron ser fieles al esquema comunicacional del kirchnerismo, en el que el parecer es más importante que el ser, ya que se apunta no a convencer a los de afuera sino a catequizar y a sumarle orgullo a la militancia para que discuta todo lo que se le cruza.











