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Arnoldo “Tato” Armellini: valiosos recuerdos de su viaje a bordo de un buque escuela por once países

02 de marzo de 2014 a las 12:00 a. m.

 Arnoldo “Tato” Armellini, junto a los recuerdos de un viaje inolvidable.

(LA OPINION)

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Arnoldo Oscar Armellini, “Tato”, como lo conocen todos, es un vecino del barrio José Hernández que posee una historia parecida a la de muchos. Sin embargo, en su juventud, su paso por el Servicio Militar, en la Marina, le permitió ser protagonista de una experiencia “única e inolvidable” para él: tuvo su viaje de instrucción de cadetes en el Buque Escuela ARA “Bahía Thetis”, un barco que durante nueve meses lo llevó por once puertos de las principales ciudades del mundo.

A sus 75 años, y ya retirado de una vida laboral que fue diversa, este hombre que nació en Guerrico tiene presentes en su retina y en los múltiples objetos que atesora de ese viaje, cada uno de los detalles de una vivencia “irrepetible”.

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“A los 20 años me tocó la Marina, estuve dos años, el primero fue en la Escuela Naval de Río Santiago, y el segundo me dieron el pase al Buque Escuela ‘Bahía Thetis’, en el último viaje que realizó porque al poco tiempo se incendió y a partir de ahí empezó a zarpar la Fragata Libertad llevando a los cadetes navales”, señala en el inicio de la entrevista.

Lo que relata sucedió en 1961, el barco zarpó rumbo a Ushuaia y tocó todos los puertos hasta Mar del Plata. Desde allí la travesía los llevó hasta Río de Janeiro, Las Palmas, Sevilla, Lisboa, Grecia, Nápoles, Génova, Niza y Marsella; cruzaron el Atlántico Norte y arribaron a Montreal, Nueva York, Veracruz, La Gauyra; y desde ahí nuevamente a Brasil. Llegaron nueve meses después a Buenos Aires luego de conocer once países, según señala en un relato que mantiene intactas anécdotas y recuerdos.

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“Ese viaje fue una parte valiosa de mi vida”, afirma y exhibe los “pequeños tesoros” que guarda celoso de aquella aventura juvenil.

Esa vivencia no lo distrae de su vida cotidiana. Actualmente vive en el barrio José Hernández, junto a su compañera Norma. Ambos son viudos y aseguran ser “muy compañeros”.

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Mate de por medio, en un clima ameno, dedica parte de la charla que traza su “perfil pergaminense” para recrear su historia de vida.

“Nací en 1938 en Guerrico, en la zona del campo donde había un arroyo, en 1940 hubo una gran inundación que tapó la casa en la que vivíamos; mi mamá murió a los pocos días de eso, cuando yo tenía dos años, todos dicen que fue a raíz de aquel episodio”.

Huérfano a temprana edad, lo criaron sus abuelos maternos -Juan Bogari y María Steckler- y sus tías y tíos: Otilia (vive), Elisa, Rosa, María, Juana, Inés (vive); Francisco, Juan (vive) y Santiago”; y Rosita, una prima de sus tías que actualmente vive en Córdoba. 

Tiene lindos recuerdos de su infancia. “Tuve dos hermanas, una que nació conmigo en aquella zona en la que vivíamos y falleció hace unos años (Ana María); y otra (Sonia) que nació años después cuando mi papá se volvió a casar y actualmente vive en el barrio Centenario”.

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A pesar de haber sido muy chico, asegura tener recuerdos de su mamá y la ve vestida de blanco volviendo con su papá del arroyo cercano a su casa de la infancia. “Se llamaba Ana Luisa Bogari”, cuenta.

Agradecido al amor de sus abuelos, tíos y primos, asegura que “no me faltó nada, me mandaron a la escuela en Guerrico, fui hasta sexto grado y me dieron mucho amor”.

A los 17 años entró a trabajar en la Cooperativa de Guerrico, donde atendía al público. Más tarde se estableció en Acevedo. Allí y al regreso de su viaje de instrucción como cadete naval, conoció a la mujer que fue su esposa: Angélica Teresa Gastaldo. “Fuimos muy felices, pasamos nuestra vida juntos, trabajando codo a codo para armar nuestra familia”.

Durante diez años trabajó en Somisa, después, ya en Acevedo instaló una rotisería y fábrica de prepizzas. 

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“Trabajábamos codo a codo con mi esposa, hacíamos 5 mil prepizzas por mes entre ella y yo; las vendíamos en Pergamino y en la línea de pueblos hasta General Rojo.

“Después tuve la idea de sacar un préstamo para agrandar el negocio, no me fue bien con esa decisión porque era un momento muy difícil para la historia del país, así que perdí la casa, el negocio y la camioneta, hicimos las valijas y nos vinimos a Pergamino, eso fue en la década del 80”, señala.

En su matrimonio tuvo dos hijos: Gabriel, casado con Carla; y Germán, casado con Sandra. “Tengo cinco nietos: Dante (15), Simón (10) Olivia (8); Antonella (21) y Gino (13)”, cuenta y refiere que la familia fue para él “un pilar que lo sostuvo en cada situación que tuvo que afrontar en la vida”.

 

Un emprendedor

“Tato” se define a sí mismo como “un emprendedor” o un “buscavidas” y recuerda que cuando se instaló en Pergamino entró a trabajar en un semillero como sereno y de día trabajaba en una verdulería.

“Después compré un colectivo y lo puse como transporte escolar”, cuenta y señala que aunque de eso pasaron muchos años, aún hoy por la calle se cruza con “muchos chicos grandes que me saludan y me recuerdan que yo los llevaba a la escuela.

“En un momento compré una combi, mi hijo más chico  llevaba alumnos al jardín de infantes y mi esposa y yo transportábamos a los de primaria; trabajé en el rubro hasta que el mercado creció, hubo más competencia y ya no pude continuar con el negocio.

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“Cuando dejamos el transporte, fui a trabajar con mi hijo que tiene una empresa de serigrafía y estuve ahí hasta que me jubilé.

“Siempre fui un buscavidas incansable, nunca pude estar sin hacer nada, de hecho al jubilarme comencé a arreglar parques y jardines y llegué a tener 33 clientas fijas”.

 

El recuerdo del viaje

En varios tramos de la entrevista, vuelve sobre los recuerdos de su viaje a bordo del buque escuela. “Podría relatar esa experiencia de principio a fin, porque fue única; nunca hubiera podido conocer once países si no fuera por el recorrido que hicimos en ese viaje de instrucción de cadetes”.

El álbum de fotos acompaña cada comentario. Las imágenes están organizadas, siguiendo la cronología de aquella aventura. En una de ellas se lo ve en Grecia.

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“Conocer el Partenón, hubiera sido siempre un sueño, cuando miro esos lugares me acuerdo del Manual del Alumno Bonaerense y me digo: ‘Pensar que estuviste ahí’”.

Guarda hasta un “certificado de castigo” por un apercibimiento que le hicieron por irse murmurando cuando un superior daba una orden. Vive rodeado de pequeños grandes tesoros.

De los lugares que recorrió recuerda cada geografía, especialmente rescata Brasil, la posibilidad de haber conocido el Pan de Azúcar y las playas de Copacabana.

En Italia fue “bien recibido” porque tenía familiares en Génova que lo alojaron con cariño. “El gerente de la Cooperativa de Guerrico también tenía una hermana allá así que fui a su casa en un pueblito muy lindo.

“Italia es muy lindo, tengo un recuerdo inolvidable de la Isla de Capri, fui a la Gruta Azul, es como una montaña en el medio del Mediterráneo, tiene la forma de un enorme horno de pan, se llega hasta allí en bote y cuando uno ingresa a esa caverna, no sé por qué razón todo se tiñe de un color azul intenso, es soñado y mágico”.

 

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Su presente

En el presente está retirado de la vida laboral y vive con Norma, una mujer a la que asegura conocer “desde siempre”.

“Nos conocimos desde antes de nacer; mi papá  vivía en Guerrico de soltero, los padres de ella también, eran amigos; mi padre tocaba el bandoneón y tocó en el compromiso de los papás de ella; más tarde su esposo y yo fuimos compañeros de trabajo; durante muchos años perdimos contacto y en este tramo de la vida, ya grandes y viudos, nos volvimos a encontrar y estamos juntos hace dos años y somos muy felices”.

En su tiempo libre le gusta “hacer nada” y refiere que sale a  andar en bicicleta “sólo para hacer un poco de ejercicio”.

A los 75 años confiesa no tener demasiados proyectos pendientes, sí el deseo de ver bien a sus hijos. Se quiebra cuando confiesa que desea fervientemente ver recuperado a uno de ellos que tuvo un accidente hace seis años. “Se me cae el alma, ese sería mi mayor deseo, verlo recuperado; por lo demás a esta altura pido tener salud, que mis hijos y nietos estén bien; también los hijos y nietos de mi compañera; poder viajar y pasarla bien.

“Soy un hombre tranquilo”, asegura y relata parte de sus rutinas de vida en un lugar que le gusta. “Vivo en este barrio hace 23 años, conozco a todos mis vecinos, es un lugar que quiero”, señala y sobre el final de la charla camina hacia una vitrina donde guarda “los cachivaches”, como el los llama, que se trajo del viaje. Para él son mucho más que eso y están guardados como verdaderos tesoros.

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