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Argentinos, los más infelices

26 de septiembre de 2019 a las 12:00 a. m.

Un informe del Ipsos Global Advisor y Global Happiness 2019 da cuenta que Argentina es el país más infeliz del mundo. Los resultados de este estudio realizado en 28 países fueron difundidos hace unos días por medios nacionales revelando aspectos subjetivos de los argentinos en relación al bienestar. La felicidad, ese bien intangible del que tanto se habla y por el que poco se trabaja, vive en jaque en un país abrumado por problemas graves y desigualdades profundas. Si bien la investigación indaga en el sentimiento de felicidad de distintas naciones del mundo analizando parámetros uniformes, aporta información sobre aspectos de la vida personal y social que hablan mucho del país.

Aun cuando la felicidad es algo considerado individual y sujeto a valoraciones subjetivas particulares, también habla de una sociedad y de su estado de armonía. No da lo mismo vivir en un lugar donde la convivencia ciudadana es pacífica y el núcleo social está conformado por personas felices, que cuando se habita en geografías sumidas en crisis y fenómenos de violencia que atentan contra el sentirse bien.

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De acuerdo al informe, apenas un 34 por ciento de la población argentina afirma ser feliz, con todo lo que ello conlleva. Al momento de puntualizar las razones que aportan felicidad, se mencionan aspectos vinculados a la salud y a los vínculos personales. Y al referir a aquellos aspectos de la vida que generan mayor displacer, aparecen indicadores que preocupan como la falta de seguridad, las condiciones de vida  social, y los problemas económicos que condicionan la calidad de vida.

Más allá de los datos que ponen a los argentinos en una situación desventajosa en relación a la felicidad con respecto a la realidad de países como Canadá o Australia, que aparecen entre “los más felices del mundo”, y por detrás de otros más cercanos como Perú -que en el último año experimentó un crecimiento en su valoración de las condiciones de vida que les proporcionan felicidad-, lo que el estudio dispara es una reflexión respecto de lo que una sociedad hace personal y colectivamente para ser “más felices”, y sobre el lugar que la felicidad ocupa en la agenda, entendiendo que se trata de un sentimiento que surge de la posibilidad de construcción de relaciones y de cuidados que contribuyen a vivir en una mejor realidad.

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Abrumados por problemas urgentes, los argentinos desatendemos tiempos dedicados al “estar bien”. Los vaivenes de la economía, la inseguridad, la violencia, el temor a perder el empleo, las presiones de una vida moderna que en las redes sociales exigen la felicidad como condición de pertenencia a una sociedad de la imagen, distraen a las personas de lo verdaderamente importante. Poco tiempo se destina al cuidado personal y de cultivo de una espiritualidad -no necesariamente religiosa- que redunde en poder conectar con lo esencial. Tampoco se atienden en lo preventivo las cuestiones vinculadas a la salud y las actividades recreativas y de formación quedan relegadas la mayoría de las veces por la necesidad de tener que atender “otras urgencias”.

Como si el eje estuviera corrido, la batalla contra las preocupaciones gana en la carrera a aquellas situaciones que son generadoras de bienestar en sentido amplio. Se sabe que la felicidad no es un estado permanente, sino la sumatoria de momentos que deben construirse con responsabilidad. También con tiempo.

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Lo que sucede en términos personales, también se traduce en lo colectivo. ¿Puede una sociedad ser feliz si sus integrantes son marcadamente infelices? ¿Hay fórmulas para construir esa felicidad?

En principio la respuesta a estos interrogantes es negativa. Lo que sí es posible es volver a establecer prioridades y en tiempos de crisis, en los que la atención se centra solo en cuestiones supuestamente más importantes que la felicidad, lo que queda es revisar los objetivos. Y emprender la tarea de volver a sentirse parte de un universo común y de una vida que se comparte con otros con menos individualismo.

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Cuando se analiza el modo de vida de los países que ostentan el positivo privilegio de encabezar el ranking de las naciones más felices del mundo, aparecen enseguida situaciones asociadas con las condiciones de vida que impactan. Sociedades ordenadas, solidarias, seguras, estables económicamente y previsibles generan la base necesaria para que la felicidad no resulte un concepto vacío y mucho menos una utopía.

Mirar en el espejo de los que han conseguido índices de bienestar genuinos, es un primer paso para reflexionar por qué en lugar de acercarnos al ideal nos hemos alejado tanto de él, con las consecuencias que ello conlleva en el plano individual y colectivo.

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Quizás sea tiempo de abrir un paréntesis a lo que ocupa la atención de todos los días, para volver a lo esencial. Eso que suele no aparecer en los comentarios editoriales y que sin embargo cobra tanta relevancia porque precisamente tiene que ver con la posibilidad cierta de abrir una reflexión sobre cuestiones medulares para el armado de un lazo social que debe volver a tejerse de manera solidaria y generosa. Quizás con la búsqueda de la felicidad como meta, las desigualdades puedan ser miradas con otros ojos y las distancias, incluso entre aquellos que tienen pensamientos claramente antagónicos, puedan acortarse, para construir entre todos una sociedad más feliz, en la que todos seamos, a su vez,  un poco más felices.

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