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Argentina y Venezuela, la mirada recíproca en el mismo espejo

17 de enero de 2014 a las 12:00 a. m.

Los modelos de gobierno, las decisiones y formas con que cada gestión encara un ciclo al frente de un país, no son fáciles –por no decir imposible- de traspolar ni geográfica ni temporalmente.

Por necesarios o exitosos que hayan sido ciertos modelos, no siempre la copia fiel va dar el mismo resultado. El modelo cubano ya no es aplicable en ninguna nación; los ejes por lo que Perón hizo transitar al país tal vez hoy no se correspondan con la coyuntura; lo que Lula hizo en Brasil a lo mejor hoy ya no correría la misma suerte. Se trata de momento y acción; de decisión y coraje; de visión y previsión.

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Sin embargo, entre Argentina y Venezuela hay una emulación mutua de lo que no se debe hacer, y así le va a ambas naciones, cuyos gobernantes actuales –ambos sucesores de los líderes del modelo (hasta coinciden que los dos fallecieron tempranamente)- recurren sistemáticamente a recursos de momento y carentes de argumentos sólidos, para contener la crisis que golpea desde distintos frentes.

Cuando se tiene el viento a favor, el margen de maniobra económica de los países exportadores de commodities se amplía. Esa observación es válida, tanto para los países que implementan políticas económicas prudentes, como para aquellos que prefieren experimentar con el voluntarismo discrecional. Mientras dure la bonanza externa, éstos últimos pueden hacer caso omiso de la disciplina fiscal y monetaria con aparente impunidad. Los costos de ese comportamiento se manifiestan una vez que el entorno internacional se hace menos tolerante con los desequilibrios macroeconómicos, tal como ocurre en la actualidad.

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Los gobiernos de Argentina y Venezuela ofrecen ejemplos de lo que sucede cuando se prefiere el dogmatismo ideológico al pragmatismo en la implementación de las políticas públicas. Ambos regímenes registran bastante longevidad: diez años para implantar el modelo kirchnerista en Argentina, y quince años de revolución chavista en Venezuela. Por lo tanto, les resulta difícil justificar sus penurias invocando una herencia maldita. Con variantes originadas en peculiaridades específicas de las respectivas sociedades, es posible mencionar los rasgos que tienen en común. 

Coinciden en cultivar un estilo autoritario de gobierno, hostil a las instituciones y a la separación de poderes. En materia económica prevalecen el sesgo estatizante, la aversión a la libertad de comercio y la desconfianza en el mecanismo de precios como guía para inducir cambios en la asignación de recursos. Administran, sin transparencia, un enjambre de trámites burocráticos que incrementan las posibilidades de corrupción. El desorden fiscal financiado con emisión monetaria se traduce en envilecimiento de la moneda, desánimo inversionista y fuga de capitales. Estas distorsiones conllevan mayor vulnerabilidad a choques externos, el debilitamiento de las empresas, el atraso tecnológico y la erosión de la credibilidad oficial. 

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Están sometiendo a sus naciones a la “estanflación”, la combinación de estancamiento con inflación. La pérdida de reservas internacionales y la dificultad para obtener crédito externo están obligando a los dos gobiernos a hacer ajustes contra su voluntad. Los ajustes se están haciendo en forma vergonzante y tardía. 

En Argentina, el 2013 terminó con saqueos, cortes de electricidad y conflictividad social. El Gobierno pretende limitar a 20% los aumentos de salarios con una inflación del orden de 27% anual. El gobierno de Venezuela, enfrentado a una inflación de 56%, crecimiento de 1.6% y desabastecimiento, trata de disfrazar la inevitable devaluación con tasas de cambio múltiples.

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Por ahora, no parece previsible que se produzca un colapso. Lo que está teniendo lugar es una degradación económica y social, en la medida en que ambos países consumen el stock de capital y la inflación cumple su acción demoledora sobre los ahorros y el valor real de los salarios.

El relato de estos desaciertos debe inducir sentimientos de solidaridad, motivados por los infortunios ajenos. Además, deja lecciones valiosas para el resto de América Latina. Por una parte, demuestra el peligro que representan los caudillos iluminados. Y por otra, confirma que es una buena idea delegar la responsabilidad por el manejo de la política económica en personas competentes.

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Esta analogía entre Argentina y Venezuela no sólo es advertida desde aquí, sino que diversos analistas del mundo la ponen en el tapete. 

La última emulación son las medidas económicas que acaba de anunciar Nicolás Maduro, presidente de Venezuela: tendrá un dólar oficial y uno paralelo. Se trata –al igual que en Argentina- de una devaluación no asumida oficialmente. También, con la misma intención que en Argentina de intentar ponerle un parche a la espiral inflacionaria, creó los “precios justos” y dijo que habrá un millón de inspectores controlándolos. 

Son muy evidentes las coincidencias, al punto de parecer que las recetas las prepara la misma persona, o el mismo equipo.

En otros momentos de la última década fueron otras las “coincidencias”: ataques a los medios independientes; guerra sin cuartel contra los partidos opositores; aplicación de la lógica amigo-enemigo; hablar de conspiraciones en contra del modelo; intentos de avanzar contra la Justicia y el Congreso, entre otras.

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En nuestro país es archiconocida la disputa contra el grupo Clarín, dueño del periódico de mayor penetración en la opinión pública nacional. Y de allí el ataque a todos los medios que no comulguen las mismas ideas que el Gobierno. Tanto la Sociedad Interamericana de Prensa como la Asociación Internacional de Radiodifusión trazaron simetrías entre la actitud de los gobiernos argentino y venezolano. La SIP expresó que en ambos gobiernos “hay un Ejecutivo fuerte que utiliza todas las medidas políticas e institucionales para silenciar a los medios independientes”. En tanto, la AIR sostuvo que ambos gobiernos tienen como objetivo “la destrucción de aquellos medios que les resultan incómodos y van más allá de la legalidad para destruir a los medios que tienen una mirada crítica respecto a la visión oficial”.

En Venezuela ahora la mayoría de los diarios no alineados con el gobierno tiene los días contados, por la falta de papel. Si las autoridades no autorizan la compra de dólares para acceder al fundamental insumo, en menos de un mes deberán salir de circulación. En Argentina, con matices distintos pero con un mismo fondo, se buscó controlar la fabricación y distribución del papel para diarios con la recordada intervención de Guillermo Moreno en Papel Prensa.

El Gobierno argentino muchas veces avanzó con ímpetu contra la libertad de expresión, con el propósito de ganar una contienda política con los medios independientes. Lo mismo sucedió con el campo, donde de un problema económico se pasó a una confrontación política. 

Pero al igual que contra el campo, ir en contra de los medios de comunicación es ir a contramano de la gente que no está dispuesta a ver cómo, con este tipo de actitudes de neto corte autocrático, se va escapando por la borda el bien más preciado que tenemos como sociedad, que es la tolerancia y el respeto por las ideas, en definitiva el sistema democrático.

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En un contexto tan favorable para nuestra economía es una pena padecer este tipo de forma de ejercer el poder. Argentina tuvo (tal vez aún tiene) condiciones propicias para un gran despegue, pero al mismo tiempo, con un Gobierno impredecible y alineado con países como Venezuela, Ecuador y Bolivia que se manifiestan y actúan en contra de la inserción al mundo de los mercados, no ofrece reglas claras para que se desarrollen los negocios. 

Y sin el arribo de inversiones que movilicen la economía y permitan el ingreso de divisas, se hará muy cuesta arriba salir de la crisis, aún con la soja argentina y el petróleo venezolano siendo requeridos en el mundo.

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