Ahora “Todos somos Nisman”
A la hora de escribir el presente artículo se decidió no hundir el escalpelo en la muerte del fiscal Alberto Nisman. Sería aventurar hipótesis y conjeturas teñidas de la intencionalidad política con la que últimamente nos llega la información, según el emisor que se trate. Desde Pergamino, obviamente, no tenemos acceso a fuentes fidedignas de la investigación, sólo a voces oficiosas que hacen libres interpretaciones que, a su vez, van cambiando según pasan las horas. En virtud de ello, entendemos imprudente un análisis por fuera de la crónica.
No obstante sí es posible hacer una lectura del impacto social que produjo la muerte de Nisman.
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En tanto impera el descrédito social en instituciones clave de la sociedad argentina como la Justicia, el Parlamento o el Gobierno, la sensación de impunidad, el pesimismo y el descreimiento terminan por imponerse.
Ese es el gran karma de la sociedad argentina: frente a la realidad, somos pesimistas y descreemos. Porque nos han llevado a eso. Dice el refrán: Cuando uno se quema con leche, ve la vaca y llora. Desde el caso de Menem Jr., en que todos nos sentimos estafados y dolientes junto a su madre en adelante, es una constante que ante un episodio violento o de muerte, la primera reacción es sospechar de lo que a simple vista es y hacer una interpretación política del episodio. Por eso, incluso ante la hipótesis de suicidio, la gente ha hecho sus conjeturas, especulando sobre motivos y sindicando culpables a partir de los intereses en juego dentro de la investigación que llevaba adelante el fiscal.
A propósito del trabajo de Nisman, es dable recordar que formaba parte de una fiscalía creada ad hoc por Néstor Kirchner para la causa Amia. Es decir que tanto él como los 80 empleados de la dependencia fueron designados y bancados económicamente por el Estado para trabajar exclusivamente en la resolución del atentado del 18 de julio de 1994 a la mutual judía. Por esta decisión, el propio Nisman ponderó oportunamente a Kirchner y dijo de él que era el primer presidente que ponía énfasis y compromiso en hallar a los responsables.
¿Qué fue lo que pasó en esa relación idílica que encontraba a un funcionario judicial ávido por investigar a fondo la causa con un jefe que le brindaba todo el apoyo para hacerlo? Pasó que el exhaustivo trabajo de Nisman, el mismo para el que fue instruido y le fue encomendado, tocó la mano que le dio de comer. Dicho de otra forma, desde el momento en que se puso bajo la lupa la gestión de Cristina con el Estado de Irán, materializada en el Memorandum de Acuerdo, todo cambió. El primer mensaje de que las cosas serían distintas lo recibió Nisman cuando fue convocado a disertar en Estados Unidos sobre sus avances y hallazgos en la investigación y su jefa directa, la procuradora Alejandra Gils Carbó, le negó la autorización y los fondos para hacerlo. Esto sucedió a principio de 2014. Lo demás es historia reciente.
Como se dice más arriba, el análisis de hoy no se enfoca en la causa judicial que se investigaba ni en la que ahora se abre con la muerte del fiscal, sino en lo que este luctuoso episodio ha movilizado en la sociedad. Sin embargo, esta síntesis de la relación de Nisman con el Gobierno sirve para describir precisamente lo que a la gente le hace ruido. ¿Cómo puede ser que ayer era el mejor fiscal, elegido para comandar una de las investigaciones más complejas de la Argentina y hoy soy el peor de todos? O llevándolo al plano general: ¿Por qué cada vez que la Justicia investiga a funcionarios, el Gobierno reacciona extemporáneamente, con actitudes revanchistas y amenazas vedadas? Lo lógico y esperable sería que, ante todo, deje actuar a otro poder del Estado, el Judicial, sin cuestionamientos. Si una denuncia es infundada, malintencionada o improcedente, pues quedará allí, en una simple denuncia que algún juez descartará. Si se ha obrado bien, no hay por qué exasperarse, ¿verdad? Ahora, si una causa avanza y se llega a un procesamiento es porque un juez ha encontrado pruebas suficientes de la comisión de un delito. La respuesta, tanto Cristina como sus funcionarios, cuando sus nombres aparecen en algún expediente, ha ido por el lado de cuestionar las formas, los procedimientos, los protagonistas y por denostar sistemáticamente la labor del Poder Judicial y de los funcionarios muy a título personal- en cuanta investigación se les ha iniciado. Galeano, Bonadio y Campagnoli, por traer algunos ejemplos de los muchos que hay a la memoria del lector. Una actitud defensiva y no muy democrática la de los miembros del Gobierno investigados, al buscar siembre la vía para no ponerse a derecho e iguales ante la ley, como todo ciudadano.
Eso es lo que molesta a la gente común, que ve en el poder una predisposición a hacer cualquier cosa para eximirse del peso de la ley. Y en ese todo vale que advierten posible, a la muerte de Nisman se le endilga un accionar mafioso que algunos tildan como inducción al suicidio y otros directamente como homicidio. Aun cuando todo apunta a que se quitó la vida, no faltan quienes creen que la impunidad del Gobierno es tal que puede haber armado la escena.
Así vivimos, como en otras oportunidades hemos mencionado desde este mismo espacio. Vivimos descreídos y pesimistas, desconfiando de todo lo se nos muestra.
Y a la vez, mucho de lo que molesta se ha naturalizado. Por ejemplo, tener un vicepresidente dos veces procesado o una presidenta acusada de encubrimiento de los autores de un atentado terrorista ha sido motivo de espanto puertas adentro pero nada más, hasta incluso se toma el tema Boudou en sorna.
Y entonces aparece una muerte, que bien pudo no haber sido criminal, pero la gente la toma como bandera y Todos somos Nisman. Es como una chispa que encendió la llama y la gente salió a la calle ¿a pedir qué? ¿Justicia?
Más que a pedir, por lo que pudo verse en las movilizaciones televisadas y en la que presenciamos en San Nicolás y Avenida, la gente salió a destilar bronca acumulada por la impunidad, que como la inseguridad, ya no es una sensación. Porque ya no importa lo que diga la autopsia ni si la causa se cierra como un suicidio. Para la gente, a Nisman lo mató el poder.












