Abel Friguglietti, una historia de vida simple que supo forjarse sobre el pilar del trabajo
Abel Friguglietti hizo un repaso de una vida dedicada a trabajar y restaurar.
(LA OPINION)
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Cuando se abre la puerta de la casa de Abel Friguglietti se observa una gran escalera. Hay que subirla para acceder al hogar que comparte desde hace 31 años con su esposa Amelia Noemí Giachino. En los primeros escalones comienza a aparecer el relato de una vida transcurrida en el barrio Trocha. “Nací en este barrio, en Lorenzo Moreno y Vergara Campos, que por entonces se llamaba Misiones, crecí escuchando el sonido de las formaciones del Ferrocarril Belgrano que llegaban cada día, puntualmente a las 18:00; todas las calles eran de tierra y por Pedro Torres pasaban los arreos de vacas que iban al matadero”. En aquel tiempo que describe Abel, la infancia se vivía puertas afuera de las casas. “Jugábamos en la calle, al fútbol, a los cocos, a las escondidas, de a ratos éramos cowboys”. Todo estaba permitido. “Eran otros tiempos, tengo como para escribir un libro”, afirma y recuerda a sus padres Alberto Friguglietti y Delia Casenave; y su hermana Lucía Felisa, siete años menor.
“Hice la primaria en la Escuela Nº 6, que estaba frente al Ferrocarril Belgrano, empecé allí y después en el actual edificio de avenida Rocha”, señala.
Egresó a los 12 años y en ese momento su papá lo interrogó por primera vez respecto del futuro. Había que estudiar o trabajar. Eligió la segunda opción.
“Mi papá en esa época compraba y vendía leña y me llevó a descargar los vagones del Ferrocarril, en esa tarea aprendí la cultura del trabajo”, afirma con cierto orgullo. Ese aprendizaje fue el que luego le permitió progresar en el cumplimiento de cada una de las metas que fue trazándose en la vida.
Su padre era tipógrafo. Cuando él tenía 15 años lo llevó a trabajar a El Tiempo, que era diario. “Ahí aprendí el oficio de mi papá, estuve hasta los 17 años y tuve la suerte de trabajar con muy buena gente”, cuenta y en el inventario aparecen mezclados nombres y apellidos, todos entrañables y parte de una generación apasionada por contar noticias y gestar el oficio que daba forma a los diarios. “Estaban Bustamante, “Miguelito” Merlo, Venini, Bartolo, Tabares, Raimundo, Calderón, Yavícoli; en la redacción, Arballo, Santoro, Picone y Rivero; y en la administración Gladys Fiuza”.
“Entrábamos a las 20:00 y trabajábamos hasta las 5 de la mañana, todos los días, sin descanso; las páginas se armaban con plomo en aquella época”, agrega.
“Aprendí mucho, me gustaba, pero cuando mi papá se retiró me fui”.
Cuando dejó el oficio de tipográfico, llegó el tiempo de iniciar la actividad comercial. “Mi papá me puso un pequeño negocio de forrajería, era un rubro en el que se trabajaba mucho porque en todas las casas había gallineros, quintas y caballos de reparto”.
Confiesa que en esa actividad logró “progresar mucho”, aunque reconoce que todo lo que consiguió fue “fruto de un esfuerzo sostenido.
“Recuerdo que repartía con un carrito tirado por un caballo, no había pavimento”, señala.
Producto de ese crecimiento, consiguió comprar un terreno enfrente de la casa de su padre, construyó un local y mudó la forrajería.
Más tarde, cuando el rubro comenzó a declinar producto del cambio en las condiciones de vida de la gente “que dejó de tener gallinas y hacer quintas, se iban acabando las granjas familiares”, tomó el desafío de instalar la ferretería.
“Ese fue el rubro que me acompañó durante 42 años”, señala. Enseguida comenta que fue una actividad que le dio múltiples satisfacciones. “Me fue muy bien y conté con el apoyo incondicional de mi esposa que se transformó en una de las primeras mujeres ‘ferreteras’.
Dejó la ferretería hace un tiempo para estrenar su vida de “jubilado”. Sin embargo, le cuesta quedarse quieto. “Siempre estoy haciendo algo, porque eso es lo que me mantiene vivo, tengo algunos problemas de salud, propios de la factura que te cobra el cuerpo por haber hecho esfuerzos sin los debidos cuidados.
“Desprenderme de la ferretería fue una decisión meditada, siento una enorme gratitud hacia mis clientes, que han sido fieles durante tantos años, en realidad más que clientes, han sido y son amigos”, afirma.
La mejor recompensa
El fruto del esfuerzo para Abel fue haber podido conformar una rica vida familiar a la par de sus proyectos laborales. “Me casé por primera vez a los 24 años, tuvimos dos hijos: Mariela (trabajadora social) y Fabio (artista de circo y actualmente comerciante que vive en Casilda); luego me separé y me casé con Amelia, con quien tuvimos a Melina, que es médica y vive en Buenos Aires.
“También tengo nietos: Ana Victoria, Agustín y Giuliano (hijos de Mariela); y Emiliano, Franco e Ignacio (hijos de Fabio que son artistas de circo y músicos); y además Emiliano me hizo bisabuelo, cuando nació Emma.
“Todos mis hijos se llevan muy bien, y son unas de mis más grandes satisfacciones”, señala en un momento de la charla. Sabe que son los destinatarios de gran parte de su esfuerzo y que los ha formado para que sean “hombres y mujeres de bien”.
Sus pasiones
En el plano de las pasiones, se define como “hincha de Boca” y recuerda sus tiempos de “jugador en el Club Compañía” institución con la cual también se comprometió como dirigente, aunque reconoce que “nunca me gustó ser cabecilla, más bien ‘vagón de cola’.
“Estaba en la comisión de fútbol y me gustaba estar en la cancha”, refiere.
“Como crecí en el barrio Trocha iba al Club Compañía en la época en que las canchas se llenaban de gente; concurría para disfrutar a Rivarosa, Muñoz, los hermanos Ceballos y tantas glorias del ayer”.
Cuando habla del club recuerda con entrañable cariño una peña que compartía los viernes. “Eramos diez, lamentablemente muchos se fueron muy jóvenes y actualmente quedamos tres”.
Otro hobby es la restauración de autos antiguos y de cualquier elemento. Poner en valor objetos ha sido una actividad que ha seguido con una constancia envidiable. Algunos de sus tesoros están a la vista en lugares estratégicos de su casa.
“Siempre me gustó restaurar y compartir algunas ‘locuras’ con los amigos”, confiesa y recuerda que teniendo 18 años compró una moto Gilera 150 c.c. en un tiempo en el que eran muy codiciadas. “Hicimos un viaje a Cruz del Eje con Rolo Laurente, Pelusa Ferramondo y Pedro Constantini, salimos lloviendo, esas eran las cosas que hacíamos, éramos muy jóvenes”.
Más tarde vendió su moto y compró un auto Opel 36, lo desarmó íntegro y lo restauró sin ser mecánico. Asegura que aprendió a hacerlo viendo a su padre reparar los camiones con los que trabajaba.
“Para restaurar ese auto trabajaba toda la noche, recuerdo que mi madre se levantaba de madrugada para pedirme que me fuera a dormir”.
Se considera un autodidacta y se nota en él una dedicación sostenida en cada una de las cosas que emprende.
“Nunca fui a aprender nada, pero soy curioso y el curioso aprende”, afirma.
Entre sus logros con esta pasión aparece en el relato la restauración de un auto Ford A 30 “estuve cinco años hasta terminarlo”, refiere y cuenta que “ese vehículo es utilizado en los rally de autos clásicos, en exposiciones y actividades que promueve Auto Clásica, una entidad de la que es socio. Reconoce que en el desarrollo de esta competencia para restaurar vehículos clásicos fue de vital importancia el empuje que le dio Enrique Biondi, un cliente de la ferretería, que actualmente tiene 93 años, que me impulsó para que volviera a restaurar.
En la actualidad está restaurando una coupé Ford A 29. “Amo los fierros, desde siempre y es una actividad que me ha permitido además cosechar grandes amigos, como Podestá, Galcerán, Robba y tantos otros que sería imposible nombrar”.
A sí mismo
Abel se define a sí mismo como “un adicto al trabajo” y reconoce que “desarrolló esa cultura siguiendo el ejemplo de su padre y de su abuelo José Friguglietti. Cuando lo dice recrea a una generación de hombres y mujeres que crecieron en esos valores y en esas pautas.
“Mientras pueda seguir en actividad lo voy a hacer; eso lo aprendí de mi papá y de mi abuelo José, que con 88 años cortaba pasto y lo vendía”, confiesa.
La charla finaliza y es tiempo de emprender el regreso a la rutina cotidiana. Por la escalera que ahora conduce hacia la puerta de calle, Abel confiesa que ha tenido una “buena vida”. Cuando lo dice cada peldaño de esa gran escalera parece simbolizar, un paso de los muchos que, tomando las decisiones que consideró más adecuadas, supo dar a lo largo de su vida para ir dando forma a cada uno de sus sueños, que parecen estar cumplidos.
En el último escalón lo espera la pieza de una de las “máquinas” que está restaurando. La señala con el entusiasmo de quien está poniendo en esa tarea “el mejor empeño”. La toma entre sus manos. Lo espera su taller. Sonríe y esa risa es la que sella la esencia de la charla.



















