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Y ahora ¿qué nos espera con el acuerdo con el FMI?

09 de junio de 2018 a las 12:00 a. m.

El hombre de a pie se quedó en ayunas el jueves escuchando la conferencia de prensa en que los funcionarios del Gobierno, Nicolás Dujovne de Hacienda y el presidente del Banco Central Federico Sturzenegger explicaban el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Una vez más pareció que les hablaban a los mercados y no al argentino común, por los excesos de tecnicismos y el vocabulario típico de economista. Y al fin la pregunta básica que no fue respondida: ¿para qué nos sirve el acuerdo con el Fondo?

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Para empezar a desandar la madeja es necesario poner sobre la mesa una verdad que no debiera siquiera explicarse: la Argentina no genera dólares y consume más de los que ingresan por comercio exterior, por ejemplo. Esa faltante de moneda se llama “desequilibrio externo”. Y el asunto no menor es de dónde saldrá el dinero para poder cerrar esta cuenta.  Por otra parte está el eterno problema de nuestro país: el déficit fiscal.

Para dar respuesta a estas dos cuestiones ingresa el FMI. Porque que sea el prestador del dinero y auditor de su uso por parte de Argentina, imponiendo pautas para el saneamiento y la seguridad jurídica constituye un elemento de confianza a inversores extranjeros respecto de que nuestro país, al menos por largo tiempo no irá a un default, se mantendrá ordenado en sus finanzas y tendrá los dólares necesarios como para hacer frente a ese desequilibrio. Y en relación con el déficit, aunque mediante un ajuste que será doloroso sin dudas, se podrá comenzar a paliar seriamente, como es debido, es decir gastando en función de lo que ingresa, en lugar de recurrir a la “maquinita”, a la que tantas veces se echó mano para esconder el déficit de un modo más fácil pero mucho más costoso finalmente: la inflación. 

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El Gobierno se puso eufórico al saber que el FMI había otorgado a la Argentina el paraguas financiero más grande de toda su historia: 50 mil millones de pesos. Es una cifra impresionante pero la euforia estuvo de más, porque haber llegado a necesitar esta suerte de indemnidad de parte del organismo habla a las claras de que no hay confianza en el país y que el Gobierno no ha venido haciendo las cosas bien. Tuvo que venir el FMI para generar la confianza que prometieron y nunca lograron.

Inicialmente nos darán 15 mil e irán viendo porque no nos dan los dólares para que, como hemos hecho con los préstamos privados, nos fumemos los papeles, se fuguen las divisas en gastos corrientes, viajes al exterior o negocios con las Lebac.

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Para que se entienda: esos dólares serán una suerte de alquiler de confianza para que el Gobierno siga con el camino que se trazó, es decir, inversión en infraestructura productiva (que en una primera etapa se verá un poco frenada) y disminución del desequilibrio fiscal. Si no hay sobresaltos, este acuerdo seguirá tranquilo con un gradualismo un poco más acelerado, pero si el camino se desvía o está lleno de baches (por ejemplo enloquecer en las elecciones y comenzar a gastar de más) habrá que acelerar más dónde se puede y el gradualismo más liviano quedará en el olvido. En términos económicos, ir a velocidad constante sería el gradualismo que aplicó el Gobierno, que además, parece ser lo único tolerable por los argentinos. Porque no hay marco de compromiso social y en esto debemos sincerarnos, como para asumir un camino de shock.

Lo que se intenta con el dinero del FMI es asegurar financiamiento externo en un momento en que los mercados están volátiles. En Brasil volvió a devaluarse el real frente al dólar pero con una gran diferencia respecto de Argentina: esta cuestión no impacta en el mercado doméstico, de modo que el carioca de a pie, que ni sabe cuántos dólares le dan por real, no se ve jaqueado.

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En nuestro país, el Fondo pretende que se deje flotar el dólar con más libertad (flotación sucia que se llama, ir al rescate solo si se descontrola demasiado), por lo que ya ayer en la Argentina el dólar estaba subiendo y el impacto se sentirá en los precios, aun sin que haya genuina razón y más bien por los avivados de siempre.

También se exige que el Banco Central no financie al Tesoro y que mantenga su independencia y metas de inflación con más certeza. Es muy probable que los funcionarios ya no hablen de metas, después de haber metido la pata hasta el tuétano anunciando cifras que luego no se cumplieron y que, como decíamos en nuestro editorial de ayer, llevaron a muchos a asumir compromisos por creerlas, tal el caso de los topes salariales y los créditos UVA, dos situaciones que el Estado debería atender (con salarios ya accionó tras la presión de los gremios).

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Como hemos planteado en otras oportunidades, habrá más ajuste y no solo porque el FMI lo pida, lo exija o lo sugiera, sino porque no puede seguir gastando más que lo que recauda, para después financiar ese déficit a pura deuda. Porque así nos está yendo con ese mecanismo. Por eso decimos que al fin, que sea el FMI el auditor de las medidas, tiene algo de positivo porque da garantías de que, aunque con dolor, se hará lo que hay que hacer, desde hace mucho tiempo.

Al fin, entonces el acuerdo con el Fondo sería un reaseguro para que el mundo inversor y el financiero recobre la confianza en la Argentina. También los ciudadanos, pero mucho más a largo plazo. Ya lo dice el refrán: “El que se quema con leche…”

Y ojalá vengan inversores a la economía real (no a la bicicleta financiera) y otros nos financien a tasas razonables. De eso se trata este gran paraguas del organismo.

No será tan sencillo para una Argentina que hace poco se abrió al mundo y ya tuvo una corrida cambiaria fenomenal, recobrar la confianza de los inversores que, al principio, se resistirán a venir, según todos los cálculos de las consultoras privadas. En ese lapso nos espera un ajuste “en seco” (sin inversiones) y vamos a crecer menor de lo previsto para este año. Mientras tanto se irá desarmando la bomba de tiempo armada con las Lebac y sus intereses absurdos.

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El FMI puso el dinero en la billetera de la Argentina para que el mundo le deje abierta la puerta, pero no será esa la única razón por la que vendrán inversores. Hay mucho por hacer y el capital externo lo sabe. Por eso el momento es difícil para todos.

Una cuestión interesante es que el FMI ha aprendido la lección de los desastres en que ha sumido a otros países con recetas inflexibles y ortodoxas, y ahora plantea que habrá elasticidad en cuanto al gasto social, cuando la emergencia lo amerita. No es poco frente a un país que exhibe un 30 por ciento de la población en la pobreza.

Si ponemos blanco sobre negro, lo ideal es no llegar a pedir un paraguas al FMI, porque eso habla de un fracaso previo, porque se llega al “prestamista de última instancia” como le dicen al organismo. Lo positivo es que los argentinos no vamos a tener que enfrentar un tsunami en un descampado, sino que estamos a resguardo y dependerá de nosotros salir airosos o quedar estaqueados en esta situación.

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