Volvió el Indec, y con la verdad
Una misma noticia genera en la Argentina un raro claroscuro. Por un lado, el dato duro es que el costo de vida se encareció 4,2 por ciento de abril a mayo, un porcentual preocupante, sobre todo para el hombre de a pie que vive de un salario fijo y que hace ya varios años que viene perdiendo frente a la inflación. La que además se aceleró estos meses con el sinceramiento de tarifas y el abuso de las cadenas de supermercados y laboratorios de medicamentos, como quedó en evidencia ayer con el corte en la cadena de pagos a las droguerías que afectó fundamentalmente a Pami.
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Por otro lado, lo positivo es que estos datos, veraces según todos podemos palpar a diario, los informó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec). Por primera vez en muchos años sin maquillaje, sin intervenciones sospechosas y sobre todo en base a un trabajo serio. Y decimos esto no porque tengamos una ocurrencia, sino basándonos en datos fehacientes. El índice Congreso fue menor a estos números del Instituto, teniendo en cuenta que miden para los legisladores las empresas de más renombre del país y además, como dato anexo, la misma cifra inflacionaria que en Pergamino dio a conocer la Cámara de Almaceneros, a partir del relevamiento que hace in situ en todos los puntos de venta de nuestra ciudad. Todas las consultoras privadas han declarado el dato como confiable, por otra parte.
El Indec no solo dio a conocer la variación del recuperado índice de costo de vida en esta región, sino que volvió a difundir los precios que releva para poner fin a un ciclo de mentira estadístico que se extendió a lo largo de los años kirchneristas.
Es el primer informe oficial de inflación de la administración que encabeza Mauricio Macri, tras ser declarada la emergencia estadística y suspenderse desde diciembre la difusión del cuestionado IPC nacional, dibujado por la anterior administración con fines diversos, como veremos.
Aun en contra del rédito político que implica ser el portador de las malas noticias, Macri ha decidido caminar en la senda de la verdad, sea dura o difícil, y no seguir con el engaño tóxico en que nos envolvió el kirchnerismo, para sostener el relato de un gran avance sobre la disminución de la pobreza que, a poco de andar, descubrimos que no fue tal. Como alguna otra vez hemos comentado, los pobres siguieron siendo pobres y mucha clase media descendió a esta línea. No faltó la asistencia del Estado para sobrellevar esta situación, eso es verdad, tanto como lo es que no hubo cosa tal como progreso o movilidad social ascendente en estos años. Cuando Cristina Kirchner dejó la administración había alrededor de un 30 por ciento de pobreza, una cifra que no es feliz. Esto es parte de lo que explicamos en nuestro anterior editorial, cuando afirmábamos que, al fin, la ayuda precaria que se les da a los sectores vulnerables les permite vivir apenas mejor en el momento, pero los eterniza en la precariedad y la dependencia de la asistencia. Esta misma que redundó en que el índice de desempleo también fuera ficticiamente reducido, por el hecho que solo se considera desempleado a quien no tiene trabajo y no lo busca. Y debido a los muchos paliativos instituidos, una gran porción de desocupados, no buscaba trabajo, favoreciendo a esos índices.
Es así como a medida que el modelo se fue erosionando y la inflación carcomió el valor del peso, esos pobres ya no sentían que esa ayuda siquiera alcanzara y el desarrollo real nunca llegaba.
Entre tantos costados que tuvo el modelo que se vivió en la Argentina durante 12 años, el Indec fue desde los últimos nueve o 10 años (desde la época de Néstor Kirchner) intervenido, las cifras reales retocadas, la pobreza secuestrada para que la información no llegara a la ciudadanía. Era una pata importante del relato K.
Al comienzo, es probable que Néstor hubiera ideado un plan de manipulación de las cifras porque la Argentina pagaba los bonos de la deuda pública atadas al CER, es decir a la inflación. Al maquillar los aumentos de precios se lograba pagar menos a los bonistas, en una suerte de estafa, que beneficiaría momentáneamente al país. Ya que la desconfianza que generan estas actitudes en el mercado internacional se pagan luego durante más años de los que dura la picardía criolla que se llevó a cabo.
Luego, y ya mirando en retrospectiva, ya en épocas de Cristina, el Indec necesitó seguir intervenido (con Guillermo Moreno con el revólver arriba del escritorio, los guantes de box que exhibía y toda la parafernalia del pintoresco y violento personaje) ya no para engañar a los bonistas, sino para algo más doméstico: seguir sosteniendo el relato kirchnerista, donde se ocultaba la inflación y se planteaba que medir la pobreza era estigmatizar a los pobres. Lo que querían evitar es que los argentinos supiésemos que atravesábamos un momento muy delicado, que el país no crecía, que no había inversión y que el modelo estaba haciendo agua, por lo menos, los últimos cuatro años agónicos.
Esta cuestión puesta en blanco y negro, sin ignorar la cuestión de la corrupción sobre la que nos hemos explayado en otros comentarios y que se llevó buena parte de las posibilidades de futuro a corto plazo de la Argentina.
Lo que hoy preocupa es que la inflación no cede y se proyecta casi en el 50 por ciento anual para este 2016, en principio por la quita de subsidios al gas y la luz, dos asuntos pendientes en nuestro país donde son bienes que ya escasean por la falta de inversiones en energía de los últimos años. Justamente porque el dinero para invertir se destinó a subsidios para contener artificialmente la inflación, y también como ahora es más obvio que nunca- para retornos a los funcionarios.
Lo de las tarifas es todavía un capítulo abierto porque así como fue planteado el sinceramiento, no es viable ni para los usuarios ni para los prestadores, como el caso de nuestra Celp. Un camino intermedio tiene que ser hallado o deberá el Estado hacerse nuevamente presente con alguna subvención coherente hasta tanto los salarios alcancen el ritmo inflacionario de los bienes. Allí es donde está el gran desfasaje. Tampoco es cuestión de retrotraer a la anterior situación porque es inverosímil seguir con tarifas de 12 años atrás y que el Estado se haga cargo de la diferencia pero el pueblo no está en condiciones de afrontar la actualización en soledad. Tal vez, para no engrosar el déficit, de algunos sectores puntuales puede provenir esta ayuda, también puntual, para morigerar el sinceramiento de las tarifas: renta financiera, minería y juego son tres rubros donde hay amplio margen aun para extraer recursos por la vía impositiva. Y una vez estabilizadas las tarifas, habrá que poner el acento en los incrementos de precios sin base en la lógica económica. Y decimos esto porque el empresariado no parece comprometido con la propuesta de normalizar el valor de la mercancía. La aumenta sin motivo alguno, obligando al Gobierno a que les llame la atención y tenga que sostener planes paliativos como el de Precios Cuidados, que dio un resultado muy relativo pero, a falta de responsabilidad de los formadores de precios, a veces hay que recurrir a estos parches, hasta que el mercado tenga las reacciones naturales, de una etapa donde hay recesión.
No hay duda que meses más o menos la inflación va a terminar cediendo, pero deben comprender los formadores de precios que si es sobre la base de recesión solamente, no se verán beneficiados. Este sector también debe acompañar el esfuerzo y cambiar su mentalidad. No hay motivo económico que justifique que siga aumentando la canasta básica, sin ir más lejos.
Algo estamos viendo con ofertas más interesantes que las que se veían en los últimos meses, incluso en las primeras marcas en el rubro de alimentos, de modo que paulatinamente tenemos la esperanza de que estos abusos se vayan corrigiendo.
Por eso decíamos al comienzo que frente a la preocupación por los datos de inflación que, insistimos, cederá, que haya sido el Indec el vocero de estos números es una muy buena noticia, aunque dolorosa, como una cuestión importante para ir en el camino de un país normal. Solo sabiendo la verdad de dónde estamos parados, podemos tener una perspectiva futura cierta. Para que no nos vuelva a pasar esto de creer que estábamos relativamente bien y que repentinamente, por un cambio de gobierno, amanecemos en otro país, donde está todo mal. Esto no ocurrió en seis meses; es que nos mintieron por una década. Y la imagen palmaria de esa mentira era precisamente el Indec.
















