Volver a establecer las claves para construir el futuro
Solo la educación, el trabajo y la confianza en las instituciones serán el camino que conducirá a la sociedad hacia un futuro promisorio. Solo de la mano de estas premisas será posible habitar esta Nación sin sobresaltos. Esta afirmación que convoca a la política y al conjunto de la sociedad a una reflexión consciente sobre las implicancias que tiene postergar la búsqueda de soluciones a los problemas comunes, es la médula de este comentario. Y como tal la afirmación que representa el espíritu de esta apreciación ya ha sido formulada en distintos momentos en este mismo espacio, quizás porque la reiteración de las dificultades se ha tornado en moneda corriente y la escalada que toma la conflictividad social hacen que se pierda de vista lo importante y se corran de la agenda las verdaderas prioridades.
Argentina se ha transformado en un país inviable. Y lo riesgoso de eso es que se naturaliza el hecho de que la incertidumbre, la violencia discursiva y social sean lo habitual. Y queden relegadas otras conversaciones sociales tan urgentes como vitales. Casi nadie habla de educación ni de trabajo, más allá de lo coyuntural de alguna situación. Y se desatiende el hecho de que la profundidad de la crisis en parte también es consecuencia de haber dejado a un lado las cosas importantes. El descrédito en las instituciones, la desconfianza en los líderes y en su capacidad dicen más de lo que sabemos del estado de la educación y sus posibilidades ciertas de construir destino.
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¿Quién está pensando realmente en planificar y diseñar los instrumentos potentes que se necesitan para resolver los problemas de educación y la grave situación que vive el mundo del empleo? ¿Quién baja el tono del diálogo político para escuchar lo que muestran los indicadores en torno a dos aspectos medulares del desarrollo? Casi nadie. ¿Quién está ocupado en restablecer las condiciones de un diálogo sereno que contribuya a la paz social y restablezca la confianza en las instituciones? ¿Qué lugar ocupa la conciliación en tanto virtud de la condición humana de acercar posiciones para resguardar la paz y orientar la mirada en aquellas cuestiones importantes y urgentes? Casi nadie.
Lo preocupante de ello es que tanto en lo simbólico como en lo real cada vez resulta más dificultoso vivir en un país que muchas veces parece haber perdido dimensión de lo importante. No resulta un dato menor que para varias generaciones el trabajo y la educación haya dejado de ser un norte. Y es una muestra cabal del fracaso de la política que de manera recurrente cae en la tentación de trabajar por sus propias conveniencias y mezquindades sin atender las verdaderas causas que le dan sentido y razón a su accionar.
La crisis institucional, la violencia en las calles, la falta de confianza en la capacidad de los líderes de encauzar los conflictos por la senda del diálogo genuino para resolverlos, son causa y consecuencia de una sociedad que ha dejado de creer en los valores que alguna vez abrazó para transformarse en grande.
Sin la nostalgia de presumir que todo tiempo pasado fue mejor, hace mucho tiempo que Argentina dejó de sentir que se progresa de la mano de la educación y del trabajo. Y hay una importante cantidad de ciudadanos que descreen de sus instituciones. Hay una buena porción de la sociedad que solo busca atajos y escapa de aquellos ideales que alguna vez marcaron el futuro.
Hace algunos días se celebró el Día del Inmigrante, una fecha cara al sentir de una sociedad que se configuró en la diversidad y que hizo de esa energía vital un impulso para sentar sus bases. La fecha habilitó una reflexión sobre aquella capacidad de trabajo y sobre aquel valor con el que tantos llegaron para forjarse aquí un porvenir: la confianza.
Entonces la educación, el trabajo, el progreso, constituyeron círculos virtuosos que generaron esa idea de que se podía crecer de la mano del esfuerzo y que había un capital intangible concebido en el respeto que sostenía el accionar de toda una sociedad. Esos pilares se han resquebrajado. Y si bien es cierto que seguramente los ideales de hoy no pueden ser los mismos de entonces, no menos real es que ese ejemplo podría erigirse en inspiración. Para volver a hacer de la educación, el trabajo y el respeto a las instituciones, el camino virtuoso hacia el progreso. Sin romanticismos, con discusiones profundas y disensos, pero en el convencimiento de que es posible volver a construir las bases de una sociedad en la que resulte viable resolver las desigualdades que obturan el porvenir.
Los planes sociales eternos, el deterioro estructural de la cuestión educativa, la crisis de representatividad de la dirigencia, la asfixia de los sectores productivos y el agobio de una sociedad descreída son una muestra cabal del fracaso de un país. Y una confirmación de cómo el tiempo se ha perdido en construir grietas allí donde debían establecerse puentes de políticas públicas pensadas en función del bienestar del conjunto. Para ser ese país que alguna vez fuimos y para ser también ese que exige el futuro y detener esta carrera constante de reproducir una crisis compleja, profunda, sin pausa.












