Volver a darle visibilidad al sistema sanitario, para resolver sus problemas estructurales
La pandemia, quizás como ningún otro fenómeno anterior, dio visibilidad al trabajo en el sector salud. Y así como durante los momentos más difíciles de la emergencia sanitaria se habló del fortalecimiento del sistema y se invirtieron recursos orientados a potenciar la infraestructura sanitaria para evitar su colapso, también hubo un deterioro de las condiciones del trabajo del conjunto de los equipos y una despersonalización en la relación médico- paciente motivada por las restricciones impuestas. La alta demanda de atención, el temor, la presión social sobre los mecanismos de respuesta y la precarización laboral generaron condiciones propicias para que también los problemas estructurales afloraran y quedaran en evidencia. De los aplausos al personal de salud desde los balcones en pleno confinamiento, allá por marzo de 2020, la sociedad ha pasado a un presente en el que prácticamente se ha olvidado la tarea realizada por el personal de salud y quienes tienen competencia en la instrumentación de políticas públicas en materia sanitaria los han dejado en el olvido.
Durante todo este año las noticias han dado cuenta de una serie de problemáticas que afectan al sector, que van desde reclamos salariales hasta pedidos por mejores condiciones de trabajo y deficiencias estructurales de un sistema que no resiste más presión.
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Sin más lejos la voz que alzaron los residentes forzó la redacción de un nuevo reglamento puso en evidencia falencias importantes sobre un sistema que se nutre de ese recurso para sostener servicios y prestaciones, sin considerar que en principio se trata de un programa de formación en servicio. La poca respuesta a la convocatoria para el ingreso a las residencias hospitalarias y el déficit de profesionales en distintas especialidades delinean un escenario incierto que confirman que sin cambios verdaderamente significativos y sustanciales resultará muy difícil revertir una realidad cuya consecuencia aparecerá en los próximos años cuando falten pediatras, terapistas, emergentólogos, médicos de familia, entre otros profesionales ampliamente requeridos por el sistema para su funcionamiento.
Si a ello se suma la fragmentación del sistema de salud, el resquebrajamiento de las cuestiones prestacionales y la fuerte carga impositiva sobre las instituciones y los profesionales, la complejidad del problema se agudiza, sin que nadie más que los actores involucrados refieran preocupación por ello.
En la misma línea y como consecuencia de todo lo demás y de una sociedad sumida en una profunda crisis de valores, la violencia en el contexto de la atención de salud se ha instalado como fenómeno que corroe la relación médico-paciente.
Datos del Observatorio de Violencia Sanitaria revelan la gravedad de una situación que afecta al conjunto del sistema se ha agudizado, tanto en la órbita pública como privada. Desde este espacio que construye herramientas para habilitar la reflexión y la toma de decisiones advierten que este no es un fenómeno novedoso, que desde hace varios años ha sido definido como una "epidemia de salud pública" y señalan con preocupación que la pandemia ha agravado las situaciones de violencia que se viven a diario en los espacios de salud, que cualquiera imaginaría deberían estar preservados de estos embates.
En este contexto, se impone generar ámbitos comunes que habiliten una verdadera reflexión sobre lo que ocurre puertas adentro de las instituciones de salud que se abrieron ante los ojos de la sociedad en la pandemia y que hoy, a contracorriente de lo esperado, parecen haberse quedado sin eco para que alguien escuche los reclamos. Se impone la necesidad del armado de una mesa común, libre de las cuestiones coyunturales en la que sea posible ir al hueso de situaciones que afectan no solo el trabajo del personal sanitario, sino la calidad del acceso a la salud.
La crisis social agobia y esto impacta sobre la salud, sobre sus espacios de atención, sobre la carga con la que las personas llegan para ser atendidas y también sobre el presente que viven aquellos que están en la primera línea de la trinchera tomando decisiones, gestionando instituciones de salud y trabajando en ellas conscientes de que la pandemia les ha dado visibilidad, los ha puesto en foco, pero para nada ha resuelto sus problemas. Por el contrario, en muchas ocasiones los ha profundizado haciéndolos más tangibles.
Quizás es tiempo de dejar de poner parches sobre las urgencias para discutir nuevas condiciones para el trabajo en salud y colocar en la agenda pública la imperiosa necesidad de crear ambientes libres de violencia sanitaria, algo que se expresa no solo cuando una agresión ocurre, sino que silenciosamente sucede en lo cotidiano, cuando no se establecen las prioridades, se perpetúan modelos obsoletos y cuando, por espasmo, la sociedad pasa del reconocimiento a la indiferencia.











