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Vicente Genoud, la simpleza de una vida dedicada al oficio de tornero

13 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.

En épocas en las que resulta dificultoso encontrar gente con “oficio” y en tiempos en los cuales la tecnología parece haberle ganado la batalla a la mano de obra calificada, observar la rutina de trabajo de un tornero resulta casi un ejercicio de aprendizaje. Es comprobar cómo hay personas que siendo muy jóvenes aprendieron una tarea, la adoptaron como medio de subsistencia y hallaron la forma de perdurar en lo que hacen. Vicente Alberto Genoud es tornero desde hace 52 años. Verlo trabajar es observar cómo con paciencia y dedicación se reparan piezas de autos, motos, tractores; también es descubrir cómo con algunos elementos y respondiendo a las necesidades del cliente se construyen piezas nuevas, con la habilidad que sólo dan los años. Vicente conoce acabadamente el oficio. Tiene un taller en su casa del barrio Acevedo. Allí hace combinar las rutinas de la vida familiar con la dinámica de un trabajo que exige concentración y destreza.

El viernes 25 de este mes cumplirá 70 años. Su aspecto es saludable. Sus ojos claros. Recibe la entrevista con la humildad de quien tiene una vida sencilla, sin demasiados sobresaltos. Entiende que lo que tiene para contar no es más que las anécdotas de su trabajo y de su infancia, parecidas a las de muchos. Sin embargo, la dedicación a su oficio, la permanencia en una actividad que se ha visto avasallada por el avance tecnológico y la pasión con la que ha ejercido su trabajo, lo distinguen.

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“Les agradezco este reportaje”, dice, apenas se inicia la entrevista que se realiza en su casa. Lo acompaña su esposa, Beatriz Cogo, que está presente en el diálogo. 

El mismo día que cumplirá años, festejará su condición de tornero. “La celebración será doble”, agrega.

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Tiene el temple de un hombre tranquilo que se define a sí mismo como una persona “sencilla y de buen carácter”. Eso se le nota en la mirada y en el tono de voz que utiliza para responder a cada pregunta.

“Nací en Francisco Ayerza, mi madre se llamaba María Rosa Thomas; tuve tres hermanos: Horacio, Nelly y Emilia, que ya falleció. Yo era el más chico”, cuenta.

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A sus 5 años, luego de la muerte de su padre, Martín Genoud, la familia se estableció en el campo de sus abuelos en 12 de Agosto. “Allí pasé mi infancia, me vine a Pergamino casi teniendo 18 años, cuando el campo se vendió.

“Recuerdo que me vine unos meses antes de que se rematara todo allá”, señala.

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Sin embargo, parte de su infancia estuvo vinculada a Pergamino desde temprano porque fue a la Escuela Nº 10, donde hizo primero inferior. También estuvo muy arraigado a la vida de campo, de la que tiene muy buenos recuerdos.

“La infancia en el campo es simple; los domingos nos juntábamos con los vecinos a jugar a la pelota y nos pasábamos tardes enteras así.

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“Me crié con Miguel Vencius, que es mi primo, y con los Cogo, que son los primos de mi esposa y con los ‘chicos’ de Aurelli; siempre recuerdo que salíamos con el rifle a cazar pájaros.

“Para ir a la Escuela Nº 10 me quedaba en la casa de mi abuela Natalia, en calle Ameghino, allí hice primero inferior y superior; de ahí me fui a Francisco Ayerza, donde hice tercero, segundo no lo hice; y más tarde fui a Manuel Ocampo, vivíamos en 12 de Agosto y para ir al colegio hacíamos cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta en bicicleta”.

Las anécdotas sobre su experiencia escolar le dan risa, son relatos simples que también hablan de una época más alejada de las comodidades del presente.

“Tengo guardado un boletín y hay un mes o dos sin calificar por inasistencia, pero no era porque no quería ir a la escuela, sino porque se nos complicaba mucho llegar cuando llovía; antes se venían temporales de quince días y no era sencillo salir del campo”. 

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Ya establecido en Pergamino su primer trabajo fue en San Martín y Merced, “como cadete en una casa de venta de artículos de electricidad.

“Ese fue mi primer trabajo, en el campo había hecho de todo, pero casi como un juego de niños, criábamos vacas, chanchos y juntábamos maíz, aunque eso fue durante poco tiempo porque en aquella época empezaron a aparecer las máquinas”.

En el relato siempre está presente el recuerdo de su abuela materna. “Me mudé con ella en un mes de septiembre y al año siguiente en julio nos mudamos a esta casa”, cuenta y se refiere a la vivienda que habita junto a su esposa.

“Hace más de cincuenta años que vivo en esta casa”, señala, con una expresión que denota apego.

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“En esta casa viví con mi mamá porque mis hermanos ya se habían casado”.

 

Su vida familiar

En todo momento mira a Beatriz, su esposa. “Nos conocimos por intermedio de una prima mía que ‘nos hizo gancho’”, confiesa y recuerda lo dificultoso que era ir a verla a Francisco Ayerza, donde ella vivía.

“Los bailes se hacían cada tres meses, así que nos veíamos un día y después pasaba tiempo hasta que volvíamos a vernos, fue de esta manera hasta que nos pusimos de novios y entonces yo viajaba para verla”.

Se casaron cuando Vicente tenía 25 años. Siempre vivieron en la misma casa y tuvieron tres hijos: Norma (41), docente, casada con Adrián Asís, que trabaja en una farmacia; Nelson (38), tiene un taller mecánico y está casado con Patricia Rodríguez, que trabaja en una obra social; y Néstor (34), soltero, contador radicado en Buenos Aires.

Sus nietos son Camila (14), Franco (11) y Ariana (11). 

Asegura que su vida familiar y su matrimonio han sido buenos. Se ríen cuando él lo señala. “Si hubiera sido mala nuestra vida ya no estaríamos juntos”, plantea con la complicidad de su compañera. “Hace 43 años que estamos casados, algo habremos hecho bien”.

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El oficio

Vicente aprendió su oficio de tornero de la mano de su tío, Andrés Genoud, que tenía un taller de tornería en calle Monteagudo. “Trabajaba como cadete en el negocio cuando me lo propuso y acepté. Ahí aprendí el oficio, trabajé con él hasta 1991 y en mis ratos libres ya tenía el galpón equipado en casa y trabajaba fuera de hora”.

“Hoy lo hago en casa”, afirma y sostiene que ha sabido organizar sus rutinas laborales para no entorpecer la dinámica de la vida familiar. 

“Me dedico a la reparación de piezas de motos, autos o tractores hasta la realización de piezas nuevas”, cuenta y confiesa que su ritmo de trabajo se mantiene durante los años porque “estamos quedando pocos torneros, la juventud ya no elige el oficio, así que estamos los históricos.

“Hace 52 años que tengo este trabajo y lo que tengo se lo debo a mi oficio”, afirma, orgulloso.

 

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Su lugar

Por fuera del taller le gusta salir los fines de semana, irse de vacaciones cuando se puede. “Tenemos rutinas simples, los domingos nos gusta ir a tomar mates al Parque Municipal y cuando tenemos la posibilidad de viajar me gusta mucho Villa Carlos Paz, es un lugar en el que viviría.

“Para salir de vacaciones reconoce que la que “hace punta” es su esposa y agradece esa disposición gracias a la cual “conocimos casi toda la Argentina”. 

Sin embargo, no hay para él, viaje que reemplace lo mucho que le gusta Pergamino.

“Esta ciudad me gusta, si me tuviera que ir a otro lado me costaría”, confiesa. 

Esta consideración tiene que ver con la geografía, pero seguramente también con los afectos.

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“Hace muchísimos años que vivo en este barrio que es lindo, imposible irse de aquí, conozco a los vecinos, a los que están y a los que ya no están, y he sido testigo del progreso de este lugar”, refiere.

Enseguida agrega: “Cuando llegué a esta casa eran todas calles de tierra, había poco pavimento, las únicas calles asfaltadas que llegaban hasta Paraguay eran Laprida y Sarmiento, Vélez Sarsfield no sé si estaba; lo demás era todo barro, se hacía una laguna en Paraguay”. 

La descripción que hace del pasado es detallada, como si los recuerdos siempre estuvieran vivos. Hay cierta nostalgia y una emoción que se cuela en la mirada cuando trae a la charla el campo. “Donde estábamos nosotros no quedó nadie, desapareció todo”, señala con tristeza. “Pero están los recuerdos que uno siempre lleva con uno”, afirma.

 

Entrañables amigos

Metódico, sencillo, gusta de los rituales simples, de las vivencias cotidianas. Eso lo deja tener muy buenos amigos, con los que le gusta compartir el tiempo libre. “Tenemos un grupo de gente grande con la que siempre nos reunimos; además tenemos una peña con mis primos, hermanos y mi sobrina, vamos rotando un mes en cada casa para reunirnos a comer”.

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Reconoce que es su esposa la que tiene “una vida social más activa”. 

“Hasta quiere ir al Mundial en Brasil, yo ni loco iría aunque me gusta el fútbol con locura y soy hincha de River”, confiesa. 

En muchos aspectos parecen diferentes. Sin embargo, han sabido adaptarse. “Hay que hacerlo, no hay otra manera de mantener un matrimonio tantos años si uno no es flexible”. En las similitudes y en las diferencias, son muchos los espacios que comparten. “Nos gusta juntarnos a comer con matrimonios amigos”, cuenta y en el inventario de la gente con la que se reúnen con frecuencia aparecen: Gustavo Marconato y Marta Disanto; Ricardo Deri y Lidia Actis; Nelba Beresan y Eduardo Manzocco.

 

Celebrar la vida

En pocos días más llegará un nuevo cumpleaños. Eso lo mantiene expectante y lo señala cuando termina la charla. “Estoy cada vez más viejo”, dice con cierta ternura y enseguida confiesa que “lo vamos a festejar porque son 70 años.

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“Ese mismo día cumpliré un año más en mi oficio”. Ambas razones merecen la celebración y motivan su alegría. Es una persona agradecida. Asegura que lo mejor que le ha pasado en 70 años es haber podido “progresar lo que progresé”. Eso se lo debe al trabajo y a su vocación de jamás declinar.

“En lo personal agradezco la familia que tengo y la salud que me acompaña”, confiesa.

 

Cuando la pregunta lo convoca a mirar hacia el futuro reconoce que no tiene demasiados sueños pendientes. “Creo que lo único que deseo es poder ayudar a mis hijos”. En el afecto que ellos le tienen, queda demostrado que seguramente lo hace y lo hizo siempre, con la acción y el ejemplo. Hoy queda sólo disfrutar de la recompensa, manifestada en el afecto.

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