Ver y analizar la realidad con sus matices
El ser humano necesitó siempre simplificar las cosas para poder otorgar un sentido al mundo, sobrevivir y adaptarse a los entornos más peligrosos. Pero en las sociedades complejas en las que vivimos actualmente, esa necesidad de actuar de manera rápida y poco razonada puede ser útil para comprar bananas o un par de zapatillas, pero no para resolver problemas graves como la inseguridad, el crimen organizado o la pobreza.
Hay quienes aseguran que el pensamiento occidental se caracteriza por ser binario. Es decir, quienes habitamos esta parte del mundo interpretamos la realidad en categorías opuestas, exclusivas y excluyentes: bueno o malo, arriba o abajo, izquierda o derecha, blanco o negro. La lista de opuestos que sostienen esta manera dual de ver la realidad es más larga y todas esas dicotomías contribuyen, de algún modo, a hacer más sencilla la vida a muchas personas. Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando las sociedades se vuelven más inestables, inseguras, violentas e injustas. Cuando a la mayoría de la población lo que gana no le alcanza para vivir, o cuando el ciudadano de a pie siente que puede ser la próxima víctima de un hecho de inseguridad, entonces, lo más probable es que apele a ese pensamiento dicotómico para opinar. La intranquilidad y el miedo no son, precisamente, las mejores aliadas del comportamiento reflexivo. Por eso, en este contexto, es común ver a personas que ante cualquier crimen que conmueve a la opinión pública, casi automáticamente exigen "cadena perpetua" para el o los acusados, desconociendo que en un Estado de Derecho existen criterios establecidos por la ley, como ciertas circunstancias que pueden ser consideradas atenuantes o agravantes, que determinan la gravedad de la pena aplicable.
Las mas leidas de Opinión
Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
Estar educados para el nuevo mundo de las finanzas
La naturalización de la pobreza en los actos de gobierno
Colocar el flagelo de la inseguridad en la agenda urgente
Salir de la intolerancia, la trampa de este vertiginoso Siglo XXI
Pero hay, además, un agravante. Si a ese pensamiento dicotómico, a esa incapacidad de ver los matices de la realidad, se agrega una buena dosis de desconocimiento, los resultados pueden ser aún peores para la sociedad y por supuesto también para los individuos. Porque, como bien señala Alejandro Dolina, "la ignorancia es mucho más rápida que la inteligencia". "La inteligencia se detiene a cada rato a examinar; la ignorancia pasa sobre los accidentes del terreno que son las nociones a gran velocidad, y jamás hay nada que le llame la atención. Así llega rápidamente a cualquier parte... especialmente a las conclusiones", agrega el autor de "Crónicas del Ángel Gris", entre otros libros.
Captar los matices de una realidad que es polifacética obliga a entrenar a un cerebro acostumbrado desde tiempos remotos a simplificar todo, o casi todo, para poder adaptarse al entorno y sobrevivir. No hay excusas para seguir pensando como hace mil años o como en la Edad Media. En este siglo XXI, tan complejo como contradictorio, es necesario aprender a ver los matices y no quedarse en los extremos. El desafío es aún mayor para quienes son elegidos por el voto popular para ocupar cargos desde los que, se supone, se debe promover el bien común. Esto último adquiere este año una mayor relevancia ya que se trata de un año electoral, en el que, seguramente, no faltarán propuestas de soluciones rápidas y fáciles para los problemas más difíciles. Hace poco, el especialista en Comunicación Política, Mario Riorda, alertó sobre ese riesgo al que está expuesto la sociedad argentina al observar que, en las últimas décadas, la metamorfosis del discurso político en el país revela tres componentes destacados: simplicidad, pobre argumentación y descontextualización. No es casualidad, entonces, que el debate de muchos asuntos de interés público tenga cierta tendencia a la polarización y que, en forma recurrente, no se pueda llegar a un acuerdo porque el punto de partida casi siempre es esa necesidad de encasillar la realidad. La mayoría de los desafíos de orden institucional, económico y social que se nos plantean como sociedad tienen una gran complejidad. Por lo tanto, para poder resolverlos se necesitará tiempo y constancia. Lo que se debe evitar es caer en la trampa de quienes venden los ya conocidos espejitos de colores, que vienen acompañados de propuestas y argumentos pobres o excesivamente sencillos que se cada tanto se ofrecen para solucionar conflictos y problemas que, ya lo sabemos, no se resolverán de la noche a la mañana.








