Venezuela va acercándose a una situación límite
Tras ver centros electorales vacíos, denuncias de fraude, sospecha de compra de votos, además de la diatriba de Maduro de voto o bala, el Frente Amplio Venezuela Libre, el opositor disidente Henri Falcón y el candidato evangélico Javier Bertucci exigieron la repetición de las elecciones presidenciales tras el polémico triunfo de Nicolás Maduro. No es que sea una sorpresa lo que viene pasando en el país caribeño, porque está a la vista que la democracia es solo una fachada de un régimen dictatorial sostenido por un gobierno abusivo y errático que solo puede permanecer en el poder con el apoyo de las fuerzas armadas venezolanas, que también actúan bajo amenaza. De esta forma es comprensible la mansa resignación del pueblo el que no pudo huir- que a duras penas sobrevive. La crisis económica es la más agobiante de la que se tiene memoria, al punto de llegar a la crisis humanitaria, y así y todo, Maduro gana las elecciones. Inexplicable desde todo sentido común y democrático.
Oficialmente el candidato Nicolás Maduro obtuvo 5.823.700 votos (67,7 por ciento), frente a 1.820.552 del opositor disidente Henri Falcón y 925.042 de Javier Bertucci. Lo que hay que recalcar también es que los venezolanos han bajado los brazos, porque el nivel de participación solo alcanzó el 48 por ciento, frente a la media del 79 por ciento en los últimos comicios. Cifras que también hay que tomar con pinzas porque informadores neutrales internacionales señalan que la abstención en las elecciones en realidad llegó al 82,96 por ciento del padrón electoral venezolano. Es decir que Maduro sería un presidente con el 68 por ciento de las adhesiones del 20 por ciento de la población. Presidente de nadie, una democracia solo de papeles.
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Con un discurso a contrapelo de la realidad, Maduro habla de ir en camino a la prosperidad definitiva, desde el balcón del Palacio de Miraflores. Una caricatura dolorosa que mira toda América Latina y el mundo, observando un día de elecciones con calles vacías, con las cárceles llenas de presos políticos y el pueblo con escaso alimento y medicamentos.
¿Qué legitimidad tiene el proceso que hoy encabeza Nicolás Maduro en Venezuela? Es esta la cuestión de fondo, porque la fachada electoral es tan sólo eso, mientras el ciudadano no tiene ya fuerzas ni para ir a votar, sabiendo que los comicios están arreglados de antemano. Y si vota en contra, sabe que le va la vida en ello. El miedo y la miseria son los sentimientos de tantos venezolanos que aún no se animaron a cruzar las fronteras, mientras otros ya lo han hecho, dejando atrás el carnet patriótico con el que se pueden retirar alimentos, siempre y cuando el que lo porta responda al régimen, si no nada, la inanición misma.
La oposición, como las elecciones, también reviste en los hechos un carácter testimonial. Porque no tiene reales posibilidades de dar contienda. Solo tiene a su alcance gestos e infructuosos llamados a la desobediencia, porque nadie se atreve ni puede- expresarse en contra del gobierno, los riesgos son altísimos, desde no comer hasta la cárcel. Entonces, solo tiene limitado su poder de acción a lo discursivo. Por ejemplo, tras la votación, Henri Falcón desconoció el proceso electoral, obteniendo hasta el momento como resultado un pequeño gran logro: reunificar a la oposición al menos en un aspecto, que es el desconocimiento de la legitimidad de origen del presidente Maduro y su alineación con la comunidad internacional. Fuera de esta obvia circunstancia, sin embargo, la oposición en Venezuela aparece dividida y desgastada por años de persecuciones, violencia, encarcelamientos y muerte. Al fin, a fuerza de no ganar, por fraude, por temor de los votantes que van a la abstención o por las propias divisorias internas, cuando no como decimos por las persecuciones permanentes, la oposición también está deslegitimada, no generando esperanza en la gente.
Como es lógico, Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y una docena de países latinoamericanos, incluido la Argentina, sostienen que la elección no ha sido justa ni transparente y acusan a Maduro de socavar la democracia. Mientras Maduro afirma que le resbala que lo consideren un dictador, lo que no hace más que favorecer el aislamiento que viene generándose en los últimos años.
Sin embargo, los países que miran con horror y tristeza a Venezuela no atinan a participar de manera territorial ante la crisis que atraviesan, porque se trata al fin de una cuestión internacional muy delicada intervenir en forma activa una nación con apariencia soberana. Lamentablemente, en la práctica, la actitud del gobierno en el corto plazo va a ser radicalizarse más, volverse un régimen más violento, aunque más no sea para sostenerse. Unas elecciones rechazadas por la sociedad venezolana que no fue a votar y también desconocidas por los gobiernos latinoamericanos, la ONU y la Unión Europea, no tiene más destino que huir para adelante y radicalizarse. Pero paralelamente, aunque no intervengan territorialmente, las sanciones internacionales que afectarán a todos los ciudadanos se harán más extremas también.
La democracia venezolana esconde en realidad una dictadura: a la oposición le ofrecen el papel de decoración aunque crean que están luchando por algo cierto, frente a un Gobierno que aunque no está pudiendo resolver la situación interna, no se entregará sin dar pelea, sencillamente porque es el ejército, como decimos al comienzo, el que lo sostiene.
Maduro no va a cambiar y va a seguir en sus siete, tratando de eliminar a sus propios adversarios políticos y corrientes militares rebeldes. Ya ha apresado a decenas de militares en estas últimas semanas y puede ser solo la punta del iceberg, porque un sector del ejército estaba pensando en un golpe institucional. Ahora, con esta nueva fachada de triunfo, Maduro puede seguir hacia abajo para tratar de evitar cualquier proceso de golpe.
¿Qué hacer con un país sumido en un régimen perverso? ¿Nada, porque es una democracia elegida por el pueblo? Si es el propio pueblo el que debe torcer su destino mediante elecciones, ¿cómo hacerlo en este caso en que en ese ejercicio les puede ir la vida? ¿Cómo puede la comunidad internacional actuar ante lo evidentemente nefasto oculto bajo la fachada de una democracia? Es realmente angustiante y por demás de preocupante, lo que se ve en Venezuela y también que nada de afuera se está haciendo. La vía diplomática ha sido tibia, incluso hay países de la región que respaldan a Maduro y lo encuadran en una lucha ideológica, omitiendo el pequeño detalle que hay medio pueblo que se está muriendo fronteras adentro y otro medio que huyó dejándolo todo. Lo lamentable es que solo podemos esperar el incremento del aislamiento del régimen, vendrán nuevas sanciones internacionales que, al fin afectarán a todos los venezolanos, y se profundizarán la hiperinflación (no olvidemos que Venezuela tiene el alza de precios más alta del mundo) y la reducción del poco bienestar social que ahora tiene ese pueblo sufrido. Por otra parte, Maduro como decimos se radicalizará, achicando y asfixiando aun más a los pocos sectores privados que quedan y que lo cuestionan, el espacio político de la oposición, incluyendo partidos, organizaciones no gubernamentales, más los medios de comunicación críticos e independientes serán acorralados al extremo. Lo único que, al fin, el régimen no controla es la presión internacional, la crisis económica y financiera por aislamiento que le crearán una situación límite, fácil de predecir, pero difícil de definir cómo terminará.












