Unesco y educación superior: algo más que un debate por la duración de las carreras
En Argentina siempre se mantiene abierto el debate sobre los desafíos de la educación superior y el tema atraviesa todo el arco político y social, con posicionamientos que van a favor y en contra de la creación de nuevas universidades y que se enfocan en el rendimiento académico cada vez que irrumpe en la escena pública un fracaso estrepitoso en algunos exámenes. Pero pocas veces se aborda la cuestión de fondo, aquella vinculada a lo que se enseña en el campo de la educación superior y mucho menos se abunda en el rol que las instituciones tienen en el desarrollo de la sociedad. Se pierde de vista que es en los espacios de educación superior universitaria y no universitaria donde está formándose la masa de profesionales que se desempeñarán en las distintas áreas de conocimiento y que le aportarán a la sociedad con su saber y con sus competencias soluciones a problemas muchas veces acuciantes.
En los últimos días, una recomendación de la Unesco, que sugirió la conveniencia de que Argentina avanzara en el acortamiento de las carreras universitarias, puso en discusión algo de esta esencia y colocó en la mesa de discusión pública no solo conceptos vinculados a la duración de las carreras, sino planteos respecto de cuáles son las verdaderas demandas que tiene el mundo productivo y en qué medida la educación superior puede o debe responder a ellas. También se habilitó un diálogo sobre presupuestos, estructuras, funciones y desafíos y la mirada se puso sobre los modelos que siguen los países desarrollados para forjar su futuro. En ellos, alcanzan tres años para obtener un título de nivel superior y en Argentina como mínimo hay que pensar en cinco. Sin embargo, no es solo una cuestión de extensión de los trayectos académicos, sino de sincerar profundamente qué sucede mientras esos profesionales se forman. Y es aquí donde aparecen los datos más alarmantes que fueron señalados por la Unesco en relación no solamente a la Argentina sino a varios países de la región. Lo que está en juego es la equidad y la calidad como atributos primordiales de la educación superior En este sentido hubo un duro señalamiento en relación a que no alcanza con el ingreso irrestricto, si luego las tasas de graduación no se condicen con los tiempos de duración de las carreras y que la democratización en sí misma es un valor que debe estar acompañado de otros elementos para que el proceso educativo resulte virtuoso.
Las mas leidas de Opinión
Frigoríficos exportadores temen una catástrofe con los precios de la carne

Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
Paradoja de la política: quieren los votos para solucionar y luego no se animan (por temor a perder los votos)
Los medicamentos “de moda” y el uso responsable de los fármacos
La contaminación por el uso indiscriminado e irresponsable del plástico
Con una mirada crítica de los indicadores universitarios de la región, la Unesco advirtió que apenas el 46 por ciento de los que inician una carrera la terminan en algún momento de su vida y puso el ejemplo argentino para referir que la media es de nueve años para carreras que deberían durar cinco. Además, planteó que la diferencia en términos de acceso entre el quintil social más alto -de mayores ingresos- y el más bajo es muy grande.
En este contexto y más allá de la recomendación que se ha hecho desde este organismo que cuenta con especialistas en educación comparada que monitorean el funcionamiento de los sistemas educativos a diferentes escalas, lo que quedó flotando en los ambientes académicos, es la necesidad del sistema de interpelarse para que aquellos que tienen responsabilidades sobre el delineamiento de las políticas de educación superior puedan generar las condiciones propicias para un debate necesario en el que se hable de la duración de las carreras y trayectos académicos, pero que también se piense en las funciones de investigación y transferencia que le dan esencia a las instituciones universitarias.
Como sucede en otros campos del hacer educativo, tal vez llegó el momento de repensar la educación superior. En este aspecto, la pandemia ha hecho su tarea y les exigió a las instituciones a repensarse, a ser flexibles y adaptarse a un hecho disruptivo sin precedentes. Con el capital que deja el haber transitado esa experiencia y haberle brindado respuestas a la sociedad en ese contexto, la tarea es entender el sistema educativo en su integralidad, discutir la duración de las carreras- tal vez adaptarse a las tendencias internacionales que van hacia titulaciones más cortas y al fortalecimiento de las ofertas de posgrado-, pero también ser flexibles para generar los cambios necesarios que el país necesita en materia educativa para transformarse. Y esto no es privativo de las instituciones de nivel superior, la educación es una sola y comienza en el nivel inicial. Volver a pensar el sistema educativo como algo único y tener una mirada atenta a las necesidades y requerimientos de una sociedad que cada vez más demanda habilidades y competencias a la vez que conocimientos abstractos es una vieja discusión que está pendiente. El planteo de la Unesco respecto del tiempo de duración de la educación universitaria dejó un señalamiento, fue como la piedra arrojada a un río, que abre múltiples y profundos debates. Darlos con madurez, flexibilidad e imaginación, pensando en el rol social de la educación, en el imperativo de su pertinencia, es quizás la principal tarea colectiva que el país tiene por delante.










