Una reunión del G20 que exhibe el fin de una era
Actualmente, un simple vistazo a la prensa mundial nos muestra una profunda crisis de la cooperación y la solidaridad, a pesar de las instituciones y los paquetes de normas que los sustentaban. Esto favorece procesos de cambio. Han surgido nuevos actores de las relaciones internacionales: las ONG, las multinacionales, los súper ricos, etcétera. Se observa que estos, dotados de recursos tanto materiales como relacionales y simbólicos entran a jugar un papel en la política internacional, lo cual consolida una de sus nuevas tendencias, sino la más visible mediáticamente, por cuanto parece que se han hecho capaces de inferir en el escenario político internacional.
El acceso a la Casa Blanca de Donald Trump y la dinámica de los populismos europeos han contribuido a la erosión de aquella arquitectura internacional multilateralista creada a los finales de la Segunda Guerra. Ese diseño institucional alcanzó su mejor momento luego del fin de la Guerra Fría tiempos de George Bush (padre) en la Casa Blanca- cuando el inicio del proceso de globalización y la Organización Mundial de Comercio (OMC) expresaron una suerte de gobernanza supranacional, consagrada a la administración de un mundo sin fronteras.
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En el último bienio, un nacionalismo de nuevo cuño se expandió por Europa, atribuyéndoles a las élites de Bruselas (sede de la Unión) la responsabilidad de sus desventuras: ausencia de movilidad social y arribo de inmigrantes que amenazaban el empleo y la identidad cultural.
En otras palabras, la idea de sociedades abiertas, que lucraban con las ventajas del dulce comercio, cayó en descrédito y quedó en evidencia que el modelo europeo, multicultural y democrático, no tenía apoyo mayoritario en todos los miembros de la Unión Europea. La hora del populismo soberanista había llegado.
En Estados Unidos sucedió algo similar, particularmente luego de la crisis de 2008. La América profunda demonizó a Wall Street, a las élites y a los grandes medios de comunicación. Manipulada por el discurso anti-inmigrantes, esa base social legitimó la América First (Estados Unidos primero). Un slogan reeditado y recargado por Trump como América para los americanos.
Así, expulsar extranjeros, construir muros y evitar la invasión comercial constituyen el fondo de comercio del trumpismo. En síntesis, en Europa los perdedores de la globalización demonizaron a Bruselas, en los Estados Unidos a los inmigrantes y a la invasión comercial, llámese europea o china.
En ese contexto, el multilateralismo, expresado en una diplomacia de organismos internacionales, en una práctica de reglas y consensos, en acuerdos comerciales y en la cooperación en espacios más restringidos, fue perdiendo dinámica.
El proteccionismo y la guerra comercial simbolizan este nuevo sueño americano, que no es aislacionista sino que se trata de una ruptura conceptual con lo que se venía dando y se caracteriza por la prescindencia de aquellos ámbitos donde antes se gestaban los acuerdos para pasar a negociar de manera bilateral.
En síntesis, con Donald Trump como mascarón de proa, hay cada vez más una adhesión a un comercio administrado bilateralmente en contraposición con la diplomacia multilateral.
En efecto, las instituciones internacionales son hoy fuertemente criticadas, en especial por los países emergentes, los cuales no cuentan con suficiente representación política en los centros de toma de decisión de las mismas. Esto las ha sometido a una crisis de representación que induce una fuerte crisis de legitimidad.
Se ha venido dando cada vez menos importancia a la solidaridad internacional, entre otras cosas porque los recursos de las organizaciones multilaterales palidecen frente a las cuentas de las organizaciones privadas, sean cuales sean estas: fundaciones, empresas multinacionales, paraísos fiscales, fortunas personales.
Es así que la soberanía vuelve a estar de moda y los grandes problemas del mundo siguen sin resolver: el medio ambiente, en particular el uso del agua y la producción de los gases de efecto invernadero; la amenaza geopolítica que representan Corea del Norte, Irán o Arabia Saudita; la crisis humanitaria y política en Siria y Yemen, son solo algunos de estos ejemplos.
En este marco se produce en Argentina una nueva reunión del G20, el evento internacional más importante que se realizó en el país en su historia y que llegará hoy a su fin. Y más allá de la agenda de reuniones generales, lo que se evidenció fue un importante número de encuentros bilaterales, en los que sus protagonistas pudieron ir de lleno y sin preámbulos compartidos a aquello que particularmente le interesa a cada nación.
La sensación es que, más allá del comunicado conjunto que versará sobre temáticas generales y de interés mundial, lo jugoso, como siempre, ocurrió por fuera de esas asambleas. De hecho, toda la prensa ha cifrado su interés en los gestos de los mandatarios que sostienen alguna conflictividad bilateral, incluso por sobre temas preocupantes como el calentamiento global. Por ejemplo, la cuestión entre China y Estados Unidos y entre este y Rusia. Particularmente en el primer entuerto mencionado, Argentina, de algún modo, se ve afectada. Sucede que Donald Trump nos ha ayudado mucho con el FMI para que nos hagan préstamos extraordinarios en medio de la crisis que atravesamos y nos considera un aliado, y con China somos complementarios y le vendemos muchos productos del agro. De modo que vamos a tener que manejar una diplomacia con mucha cintura para evitar tener un conflicto con cualquiera de las dos potencias.
También la imagen de Argentina ante el mundo se está jugando a estas horas porque la atención mundial está centrada en Buenos Aires. Tanto por la política exterior de apertura hacia el mundo del gobierno argentino, como por la necesidad de reconstruir credibilidad económica, esta es una valiosa oportunidad para el país en este momento y Mauricio Macri lo tiene claro.
Pero lo más importante es que en un mundo que es cada vez menos aldea global y los países empiezan a protegerse más, este encuentro nos ha permitido tener visitas oficiales de interés bilateral. Y este tipo de encuentro es clave en el mundo que viene, donde los mercados comunes van perdiendo peso, ni digamos el Mercosur que nunca terminó de arrancar. Buscando nuevos horizontes comerciales sin el compromiso regional, la Cumbre es también una oportunidad para que la Argentina avance en su relación con los países medianos, como México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia, países con los que podríamos establecer relaciones bilaterales fructíferas.
Como es obvio plantear, nadie va a caer en la ingenuidad de creer que mañana cuando la cumbre haya terminado nuestra situación económica haya cambiado sustancialmente. Pero de lo que se trata es de sembrar relaciones que en el mediano plazo nos permitan colocar más productos nuestros en el mundo.
Como todo proceso a lo largo de la Historia, el del multilateralismo y la globalización comercial está llegando a su fin. Ha sido una etapa breve, porque finalmente han primado la lógica y la idiosincrasia de cada nación, con sus costumbres, sus formas, sus debilidades pero también sus virtudes. Al fin, nadie mejor que el propio pueblo, a través de sus autoridades elegidas y su forma de gobierno legitimada, para bregar por su bien. Porque en la búsqueda de la fortaleza de un bloque, muchos quedaron (¿quedamos?) de-saventajados.














