Una reflexión sobre el Ultimo Primer Día que interpela a los adultos
El inicio de un nuevo ciclo lectivo coloca en la agenda pública muchas de las cuestiones que giran en torno a la dinámica de la escuela. El salario docente, la posición de los gremios, las condiciones de desarrollo de la actividad académica, el precio de los útiles. Pero pocas veces el ritmo de la conversación se detiene sobre las cuestiones medulares de la enseñanza. Mucho menos de lo que ocurre en la sociedad como conducta e impacta en el aula.
El Ultimo Primer Día (UPD), que es el evento que convoca a los estudiantes que inician el tramo final de la escuela secundaria capta cada año la atención del comienzo porque lo que instala esta "costumbre" de los adolescentes de pasar la noche previa a la llegada a las aulas con sus compañeros de curso consumiendo alcohol y otras sustancias es la necesidad de habilitar una profunda reflexión al interior de las familias y del propio sistema educativo. El UPD ocurre en el entorno escolar, no propiamente dentro del aula, sino en la previa de la llegada, pero interpela adentro y afuera del sistema educativo.
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La finalización de la escolaridad representa el punto culminante de una etapa importante de la vida de los adolescentes y siempre hubo rituales que acompañaron ese tránsito. Lo que resulta preocupante es que el alcohol y otras sustancias se hayan transformado en el ingrediente principal y en el soporte de la diversión.
Si bien este año en algunos espacios públicos donde se concretaron los encuentros del UPD hubo padres que acompañaron y siguieron las instancias de esa noche en que se quedan juntos hasta el horario de entrar a los colegios, eso no subsana lo que ocurre. Tampoco resuelve la cuestión la decisión que tomaron algunas provincias como Mendoza de prohibir el ingreso de alumnos alcoholizados.
En realidad, muchos chicos eligen no acudir a la escuela en ese primer día de clases porque no se encuentran en condiciones; otros asisten igual, pero en el estado lógico que genera el haber estado consumiendo alcohol en forma desmedida sin mediar siquiera un momento de descanso.
Las escuelas que año a año viven con cierta expectativa y alguna cuota de preocupación las consecuencias del último primer día, en algunos lugares han pedido a los padres que acompañen a sus hijos hasta los colegios para poder juntos determinar si están en condiciones o no de permanecer en el aula. Y esto se ha naturalizado, como tantas otras cosas que se normalizan como si no encerraran problemáticas mucho más profundas.
No está mal que los jóvenes se encuentren y celebren. Tampoco que lo hagan la noche previa al comienzo de clases, ni en cualquier otra instancia de lo que representa comenzar a transitar el último año del secundario. Lo que resulta preocupante es lo que arrojan datos que el propio Gobierno de la Provincia de Buenos Aires ha recogido en un estudio analizando el fenómeno del Ultimo Primer Día. Una encuesta realizada entre jóvenes muestra con claridad que ante este encuentro los jóvenes recurren al alcohol o al consumo de marihuana en este encuentro, lo hacen para divertirse y para perder inhibiciones.
La información de este estudio fue difundida por las propias autoridades que observan con preocupación los aspectos colaterales de este fenómeno y no hacen sino expresar lo que sucede entre los jóvenes no solo frente a este tipo de eventos. El uso de sustancias acompaña la diversión juvenil desde hace tiempo y hay una naturalización del consumo de ciertas sustancias que se consideran buenas o menos nocivas. Con el alcohol pasa eso. También con ciertas drogas prohibidas que están rodeadas de cierta "prensa" que difunde sus bondades.
Lejos de juzgar la conducta juvenil, el espíritu de este comentario es habilitar una reflexión que interpele a la comunidad de los adultos y vuelva a poner sobre el último primer día una mirada que lejos de los excesos inaugure un tiempo valioso en el que los jóvenes toman decisiones sobre su futuro, se divierten y estrechan relaciones que perdurarán por siempre. Acompañarlos en la posibilidad de divertirse sin que esto signifique caer en el exceso o en conductas que resultan nocivas para su salud y para su integridad es tarea de la comunidad de los adultos. Hablarles, estar en un contacto real, no descansar en el hecho de que, porque los demás lo hacen, nuestros hijos también deben hacerlo, es una obligación irrenunciable fundamentalmente de los padres.
En el mismo sentido, la cuestión debe promover una profunda consideración puertas adentro de los colegios porque los educadores suelen sentirse impotentes frente a fenómenos que se les van imponiendo y que cada vez desdibujan más su autoridad. Es incomprensible que un adolescente llegue borracho al aula, que lo haga amparado en un hacer social que se impuso como una moda y que muestre un profundo desinterés por ese tiempo que debería convocar toda su atención. Algo debe hacer la escuela con estas cuestiones. No se trata de prohibir ni de negar, más bien de emplear estas costumbres sociales y estos hábitos como oportunidades para establecer otros diálogos, para interrogar sobre los roles que cada uno juega en el proceso educativo que no se agota solo en lo pedagógico o en lo académico.
Nadie pretende que los chicos y chicas no disfruten plenamente del tiempo que les toca vivir y lo hagan valiéndose de lo que les propone su presente, distintos seguramente al de otras generaciones. Lo que no puede suceder es que se naturalizan cuestiones que lesionan y muchas veces los pone en peligro. Que el UPD encuentre otro cauce, halle otras alternativas de diversión es algo que debe convocar a los adultos que frente a los jóvenes parecen estar asustados, impotentes, y ausentes, con el peligro que eso conlleva en una generación de chicos y chicas que no encuentran en otro carril que el del alcohol una senda por la cual divertirse y encontrarse con los otros.
El UPD da la posibilidad de ir más allá y pensar seriamente cómo los adultos se vinculan con sus jóvenes, que modelos les muestran y que permisos les otorgan bajo el argumento de que todo está permitido en una sociedad que, frente a los límites, se ha vuelto laxa.













