Una nueva oportunidad para nuestras relaciones internacionales
La visita de Barack Obama a la Argentina, tras su histórico paso por Cuba ha generado la expectativa natural de lo que implica un acercamiento del país a una de las potencias en términos económicos, políticos y militares. Estados Unidos, solo, implica entre el 25 al 30 por ciento de todo el mercado global. Mauricio Macri logra, con este viaje, un triunfo político indiscutible (ideologías extremas al margen) porque en sus 100 días de gobierno logró relanzar a la Argentina en el mundo, con el presidente norteamericano y otras visitas también como el presidente de Francia y el premier italiano. Y cuando hablamos de mundo, no lo hacemos en forma literal; no es que antes habitáramos en otra galaxia.
Para una nación que en los últimos años aparecía alineado con Venezuela y sus aliados de Oriente Medio, haber logrado este viraje internacional que no es poca cosa.
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El involucramiento del embajador Braden en las elecciones de 1946, las actitudes ambiguas de EE.UU. con los gobiernos militares argentinos o la participación norteamericana en la Guerra de las Malvinas son solo ejemplos por el lado de Washington. Por el nuestro, han abundado episodios de pueril antiamericanismo de parte de nuestra dirigencia política e intelectual, a menudo expresados en gestos ampulosos, oportunistas y demagógicos, dirigidos al consumo interno, pero con nefastas consecuencias para la percepción internacional. En el pasado, algunos double standards norteamericanos en cuestiones vitales para la Argentina (derechos humanos, democracia, paz y seguridad, comercio internacional) fueron respondidos desde aquí con una pertinaz política de la inconsistencia, pendulando entre relaciones carnales y la política del alicate, incluso implementadas por el mismo partido político. Aunque entre ellos digan que no son lo mismo, para el resto del mundo Menem y Kirchner son del Partido Justicialista por igual. Es decir que ni siquiera Argentina oscila su péndulo entre radicalismo/ peronismo o derecha/izquierda sino que dentro de un mismo partido, los personalismos modifican la diplomacia política y comercial de todo un país al que representan.
Al fin y al cabo, esta nación a la que vemos tan distante y distinta, que algunos sectores de la sociedad estigmatizan como culpable de los males argentinos de los 90, tiene más cosas en común que las que podríamos suponer: nuestras constituciones son parientas cercanas y nuestros perfiles sociológicos, producto de sociedades abiertas a las grandes inmigraciones y a la convivencia con la diversidad, son simétricos. Este humus esencial no debe ser menospreciado, y constituye la plataforma desde donde proyectar nuestro futuro en común. Ambos países hemos aprendido de nuestros errores en el pasado y hoy nos hallamos más próximos unos de otros en grandes materias de la agenda global, como son la democracia, los derechos humanos, la libertad, el respeto a la ley internacional y la paz y la seguridad mundiales. Obama no es Gerald Ford ni Macri es Videla, así como no son Clinton y Menem. Los protagonistas son Barack Obama y Mauricio Macri y la escena tiene lugar en 2016.
Por el lado de los EE.UU., el gobierno demócrata de Obama está dando pruebas de su vocación por producir cambios profundos en su política hacia América Latina. El caso de Cuba es definitivo. El lineamiento está marcado como política de Estado y no cambiará, podrá ir más lento si Trump llega a la Casablanca pero nunca para atrás.
Esta es una oportunidad que la Argentina no debería desaprovechar. Es imprescindible salir de la trampa de la política pendular con que hemos signado esta relación.
Debemos aprender los argentinos a mantener relaciones internacionales racionales, serias, estables, permanentes, porque es el modo de lograr un crecimiento sustentable del país y alianzas estratégicas perdurables, no endebles ni sujetas al humor del gobernante de turno. Así lo ha hecho Chile, manteniendo relaciones muy beneficiosas con Estados Unidos, transitando gobiernos de izquierda y de derecha aleatoriamente, sin que esto significara un cambio. Al mismo tiempo, sostiene un excelente vínculo comercial con China, un archi enemigo de EE.UU. en el mercado. Lo mismo sucede con Brasil que, como socio del Mercosur, también tenía acuerdos bilaterales con Norteamérica y otras naciones.
Argentina tiene que seguir en el Mercosur, mantener sus relaciones con China y tener relaciones bilaterales con Estados Unidos y con la Unión Europea, porque precisamente la globalización permite mantener acuerdos con distintos países y mercados a la vez. Y la visita de Barack Obama se inscribe en esta posibilidad que la Argentina debe asumir para su beneficio.
En nuestro país, las relaciones internacionales lamentablemente no han funcionado siempre con la lógica del mayor beneficio posible, sino por el ánimo del gobernante de turno.
Por caso, las relaciones con Estados Unidos han estado siempre teñidas de una carga ideológica, a favor o en contra de las economías de corte claramente liberal, que han terminado por resultar casi histéricas, antes que serias y de mutuo beneficio. De las relaciones carnales a los enfrentamientos estériles, una constante pendularidad incomprensible. En la década del 80 (Raúl Alfonsín) relaciones críticas, en la del 90 alineamiento absoluto (Carlos Menem), en 2000 (Néstor y Cristina Kirchner) y en adelante de nuevo la tensión, el distanciamiento y ahora en este 2016 lanzamiento de las relaciones en una nueva etapa.
Los cambios de política internacional en los países no deben necesariamente modificarse con cada gobierno sino cuando el mundo cambia. Si un presidente establece relaciones pensando en el interés nacional, no debieran alterarse esas relaciones con la llegada de un nuevo mandatario, ya que el interés nacional -en teoría- debe seguir primando.
Macri pretende normalizar las relaciones, sin caer en estos problemas pendulares y sin alineamientos automáticos, encarando acuerdos que resulten convenientes para ambas partes y además haciendo un claro gesto al mundo, respecto de que la Argentina ofrece condiciones de confiabilidad para que vengan inversiones. Esto no significa que debamos aspirar a carecer de disidencias, pues todos los países, aun los aliados, las tienen. Pero sí disponemos hoy mejor que nunca de la posibilidad y el deber de acotar las controversias y expandir al máximo el potencial de nuestras coincidencias.
Muchos se oponen a que se normalicen nuestras relaciones con el mundo en general y con Estados Unidos en particular, porque responsabilizan al país del norte de las problemáticas desarrolladas durante la dictadura en nuestro país. Intromisiones hubo, sin dudas, pero de ahí a culpar a Estados Unidos y a su actual presidente de nuestra época más oscura hay un trecho. Y en cuanto a los apoyos, dejando fuera la cuestión Chile y hablando de nuestro país, también es relativo porque a poco de andar la dictadura, Gerald Ford terminó su mandato y asumió Jimmy Carter, quien quitó el apoyo a las dictaduras de Centroamérica y no ahorró críticas en todo el mundo para Pinochet y Stroessner. Cierto es que en aquellos años los norteamericanos se fueron distanciando de nuestro país: en plena Guerra Fría, les vendíamos nuestros commodities a la Unión Soviética y para el tiempo de la Guerra de Malvinas las relaciones ya estaban rotas. Aquí se vivió una tragedia de la que los argentinos debemos hacernos cargo.
De todas maneras ni la Argentina es la misma de hace 40 años, ni Estados Unidos tampoco. Y los sectores que reprochan el nuevo acercamiento no parecen hacerlo por simple interés nacional ni esgrimen más que formas o errores del pasado como argumentos. Más bien dejan traslucir la cuestión ideológica porque a quienes les molesta que se normalicen las relaciones de Estados Unidos, no les molesta que mantengamos acuerdos con países como Venezuela que tiene presos políticos y una violencia ejercida desde el Estado en plena democracia.
La visita de Obama puede medirse como un éxito, fue breve y no hubo anuncios específicos de inversiones que de todas maneras, no eran esperadas. Pero sí los empresarios americanos que acompañaban al presidente se comprometieron a invertir, sobre todo, en empresas que ya están en el país.
Obviamente que no podemos caer en el infantilismo de pensar que si hoy viene el presidente de Estados Unidos al día siguiente llueven dólares. Pero que se abre una mejor etapa para recrear un clima de negocios que acerque inversiones a la Argentina en un plazo lógico, es seguro.
Estamos empezando a transitar un tiempo distinto en cuanto a las relaciones internacionales. Por ahora no es bueno ni malo, solo auspicioso teniendo en cuenta el punto de partida. Una vez que encontremos el rumbo y el equilibrio o el beneficio en nuestra balanza comercial, ¿será posible seguir ese camino y que no se vire el timón cuando llegue el próximo presidente? Chile pudo, Uruguay pudo, Brasil pudo. ¿Aprenderemos en esta oportunidad de nuestros vecinos? Por una vez, que nuestra viveza criolla nos sea útil, que nuestra mentada inteligencia se imponga a las aventuras personales de nuestros dirigentes. Tenemos potencial para alimentar a todo un continente pero si no podemos importar lo necesario para una óptima explotación, tampoco podremos exportar lo que aquí producimos. Al fin y al cabo, de eso se trata el comercio internacional: de tomar lo que nos falta y vender lo que nos sobra. No pareciera tan complejo.














