Una mirada sobre nuestros políticos (tranquilos, siempre hay excepciones)
No vamos a escribir en estas líneas más que lo que el común de los ciudadanos piensa, pero que se atreve a decir, a lo sumo, en una charla de café entre pocos: la política en Argentina ha estado en manos de demasiados inescrupulosos, personajes de escasa formación y dudosa moral. Los de hace poco, los de antes, los de ahora. Lejos han quedado los tiempos en que a la dignidad de representante de los ciudadanos llegaba lo mejor preparado de la sociedad. Sencillamente porque el pueblo los elegía por sentir que nadie mejor que ellos podía ejercer su voz. Los concejos deliberantes eran honorables, de allí su nombre. Los parlamentos estaban integrados por intelectuales que conquistaban con su oratoria correcta y sugerente. Y era sugerente justamente porque se ajustaba en todo a las inquietudes de la sociedad, a lo que a la gente le pasaba o le incomodaba. Los cargos ejecutivos siempre pendieron (hasta hoy) sobre quienes -digamos la verdad- más allá de estas características o incluso sin ellas, contaban con carisma, picardía, cintura política o como se lo quiera llamar pero el sentido de obligación ante la sociedad y de pudor ante los pares y los que vendrían después siempre era un límite presente.
De un tiempo a esta parte, en cambio, nuestros políticos son individuos con más aptitudes para la ingeniería electoral que para gobernar eficazmente. Claro que existen excepciones a la regla, lo que solo confirma la norma general.
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En algunos países, aquello que añoramos sigue estando vigente: los políticos son personas que han triunfado previamente en sus profesiones, que han logrado ser exitosos en lo suyo, que han construido un capital intelectual y económico significativo digno de ser elogiado y aplaudido. Ellos llegan a la política solo para completar el círculo, por prestigio o bien para aportar algo a su comunidad, pero ya no para enriquecerse o conseguirse una remuneración que les permita sobrevivir.
Eso no los hace intrínsecamente mejores que el resto ni garantiza que harán lo óptimo, pero se constituye en una diferencia vital para poder comprender el mecanismo que regirá las decisiones que impactarán en todos.
Es un poco la premisa con que construyó sus bases el PRO, pero lo cierto es que muchos de quienes han recalado en el sello no nacieron con esta concepción sino que vienen pululando en la cosa pública desde hace rato y han adquirido sus mañas.
Cuando la política está plagada de personas que buscan en esa actividad una compensación económica, se tomarán determinaciones que no priorizarán sus consecuencias en los ciudadanos, sino en cómo afectará sobre su propia continuidad laboral.
El que llega a la política con ese propósito, el que consigue un cargo para acceder a una retribución, sabe que cuando culmine su ciclo deberá buscar en otro lugar esos ingresos. Si ese sujeto depende de ese sueldo para mantener su estándar de vida, si obtiene más renta en la función pública que fuera de ella, sus decisiones estarán siempre condicionadas por su situación personal y muchas veces disociadas del bien común. El no pretenderá favorecer a la gente, sino conservar su puesto, sostenerse en el poder para asegurar su espacio y por lo tanto sus beneficios.
Vaya por caso lo que estamos viviendo en Pergamino con nuestro servicio eléctrico, plagado de cargos por leyes sobre las que nadie ha cuestionado. Ningún legislador provincial o nacional analizó lo que él mismo paga, seguramente porque la afectación a su bolsillo no es tanta. Y posiblemente si osara alterar ese status quo, le costaría el desagrado de algún colega de cámara, gobernador o funcionario que podría condicionar su consideración para posibles candidaturas. ¿Todo ese costo para qué? ¿Le aportaría más votos? Seguramente una inauguración o el simple anuncio de una obra le será más lucrativo. Porque al fin, figurar en las próximas listas y conseguir votos es el real objetivo. Y el mejor modo de lograrlo, la interminable demagogia populista. No llegan nuestros políticos a la función pública como lo hacían nuestros ancestros, para pasar a la historia ni para generar los cambios que la sociedad necesita. Están ahí solo para subsistir por todo el tiempo que le sea posible.
Muchos sostienen que la política es para cualquiera y que todos deben tener esa posibilidad. En realidad, lo saludable sería que los mejores en los negocios, en sus actividades, en cualquier profesión, pudieran estar dispuestos a contribuir en la búsqueda de las soluciones necesarias.
Si el que ingresa a la política lo hace solo para ganar más, para construirse un salario, para progresar individualmente, pues entonces la que está en problemas es la sociedad toda. Cuando los que gobiernan son los que solo saben vivir del Estado, y sus posibilidades fuera de ese ámbito son escasas, pues se corre un enorme peligro y el resultado es predecible.
El lamentable asunto es que la política está tan bastardeada que las personas más preparadas ya no quieren inmiscuirse. Y por este mismo motivo, si se les paga como salario lo que realmente valen, nosotros, la sociedad de representados, consideramos que es un abuso.
Así, los que son un ejemplo en lo suyo, los que aprendieron a generar ingresos genuinamente, demostrando ser útiles a sus comunidades, no desean ser parte de la política. Al menos no en una cantidad suficiente como para evitar que la política haya sido cooptada por quienes ingresan a ella para hacerse de aquello que no consiguen por propio mérito.
Los votantes tenemos una gran responsabilidad en esto que no sucede por casualidad. Si los exitosos se sintieran respaldados, si se estimulara a los más capaces a comprometerse con las soluciones, otra sería la historia. Si votáramos a las personas y no a ganador o por defecto al opuesto al ganador; si eligiéramos ideas y no cosas que atraen pero son espejitos de colores. Si entendiéramos que del mismo modo que una familia que apenas llega a fin de mes no puede (o no debiera) comprarse un Mercedes Benz, como electores no podemos comprar un país con tren bala si hay argentinos que viven sin luz ni agua, otra sería la historia.













