Una campaña electoral pobre en ideas para persuadir a una sociedad apática
Hace bastante tiempo que la política ha tomado otras reglas y se ha transformado en espectáculo, valiéndose de los dispositivos que ofrece la comunicación las ideas suelen quedar reducidas a un slogan y la tarea de los candidatos, confinada a lo que en otros momentos quedaba reservado a referentes de otros campos. A pocos días de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso) y en el contexto de una sociedad que aún no ha podido sobreponerse a los duros embates de la pandemia que a pesar del alivio actual todavía no ha terminado, los principales líderes políticos del país y los dirigentes que aspiran a ocupar cargos de representación legislativa parecen haber tomado el camino de la exposición pública sin ideas. Sumidos en el fango de un decir que poco explica sobre proyectos y necesidades, el diálogo político ha quedado preso de la agresión, el destrato, y, en el mejor de los casos, de la grandilocuencia de frases más propias del marketing que de la política como instrumento transformador de la realidad.
A uno y otro lado del arco ideológico o partidario, la campaña está vacía de propuestas. Hasta aquí, salvo honrosas excepciones, nutridos de las herramientas que brinda la propaganda electoral todo lo que se les escuchó decir a precandidatos oficialistas y opositores tuvo más que ver con críticas a sus circunstanciales adversarios, cuando no agravios, en vez de aprovechar los espacios para la formulación concreta de propuestas. Tal fue el nivel de agresividad verbal que hubo quienes hacia adentro de su propia fuerza política tuvieron que establecer manuales de buena convivencia en un intento por contener la escalada que prometía dañar a propios y extraños, perdiendo de vista que las Paso son una contienda que no deja de ser una interna entre dirigentes que dentro de sus propios espacios juegan por la consolidación de sus liderazgos.
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Alcanza con observar las pancartas de campaña y los spots radiales y televisivos para confirmar que una vez más el slogan le ganó al contenido. Antes las frases hechas quedaban reservadas a la publicidad y en el diálogo político se desagregaban las plataformas electorales que hoy resultan un concepto obsoleto a la vista de cualquier observador. Ni hablar de los mensajes construidos para las redes sociales donde lo que se instalan son consignas, lemas que intentan persuadir y generar una mística que lejos está de lo que en otras campañas electorales conseguía la palabra de los líderes que gozaba del mayor capital que puede tener un político: la autoridad que da la credibilidad.
De un tiempo a esta parte las campañas políticas en Argentina están huérfanas de ese atributo tan sano a la democracia.
Activa participación virtual y real en distintos espacios y actos de campaña más o menos sujetos a los protocolos sanitarios vigentes se valieron de la propaganda para intentar seducir; algunos incluso cayendo en sus propias contradicciones. Los partidos tradicionales y las fuerzas emergentes tuvieron hasta aquí como denominador común la ausencia de un debate real. Viejos y nuevos referentes cayeron en mayor o menor medida en las mismas prácticas y apelaron a la descalificación como instrumento. En muchos tramos de la carrera preelectoral primó el lenguaje soez, unas pocas referencias a temas estructurales, un recurrente anclaje en las cuestiones coyunturales y una casi nula exposición de propuestas orientadas a saber cómo se intentará sacar a la Argentina de la profunda crisis en la que está inmersa.
En este escenario, lo que resulta alarmante es que la ciudadanía más allá de la conversación de café y el diálogo en los canales que proponen las redes, no reclama propuestas. Acata o ataca según su convicción, pero no exige. Entra en una guerra entre pares del propio electorado para canaliza un enojo o una euforia. Pero no reclama por lo que le corresponde por derecho, que es a estar informado de lo que cada uno propone cuando se postula para ocupar bancas en uno de los poderes más importantes de la república.
Las Paso son el pasaporte a la competencia real, los resultados determinarán los candidatos que competirán en las elecciones generales previstas para el mes de noviembre y por tanto quienes alcanzarán cargos de enorme responsabilidad institucional. Frente a ello lo que cualquier sociedad madura puede exigir son propuestas. Y debe buscarlas. No hacerlo habla de los dirigentes, pero también del sustrato más profundo de una sociedad de la que esos dirigentes surgen, y muestra una fuerte apatía en torno a un proceso sumamente importante para la evolución de la vida en democracia. La elección legislativa es la que delinea el escenario de conformación del poder y dirime quienes serán las fuerzas que tendrán representación en las cámaras. Llama la atención que el desinterés o el agobio ganen frente a una instancia en la que se debe decidir el voto con madurez porque se estará eligiendo a quienes tendrán en sus manos la compleja tarea de armar la estructura legal y normativa que ayude al país a salir de una de las crisis más profundas de su historia.
Las Paso son la antesala de esa elección general y por tanto el botón de muestra del comportamiento de los líderes y también de la conducta social frente a un hecho trascendente y vital para la vida en democracia. Que el poco apego a la calidad de las ideas como instrumento para transformar la realidad no termine siendo el espejo que muestre esa cara de la sociedad que cuando cae en el desinterés solo consigue fomentar el descrédito en la clase política y retroalimentar la queja, a diario.










