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Un silencio que hace ruido

03 de agosto de 2017 a las 12:00 a. m.

Las últimas expresiones públicas del Papa Francisco respecto de la situación en Venezuela se conocieron en la previa de la consulta popular del 16 de julio, organizada por la Asamblea Nacional con mayoría opositora para que el pueblo se expresara respecto de si rechazaba la realización de la Asamblea Constituyente propuesta por Maduro para el 30 de julio. Ese mismo día, 16 de julio, desde el balcón del Palacio Apostólico y luego de rezar el Angelus, fue la última vez que el Sumo Pontífice  recordó a Venezuela: “Dirijo un saludo especial a la comunidad católica venezolana, renovando la oración por vuestro amado país”.

Desde entonces, nunca más se expresó sobre el desastre humanitario que se vive en el país caribeño.

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Su voz en Venezuela, el cardenal Urosa, también habló aquel día y se refirió a la consulta popular convocada por líderes de la oposición como “absolutamente legítima”.

Vale esta aclaración, antes de adentrarnos en tema, para evidenciar que dentro de lo que es el conflicto político, la Iglesia reconoce que las manifestaciones de los disconformes con la régimen de Maduro no son actos de subversión o golpistas, como el presidente quiere hacer ver. 

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Pero el aspecto a plantear con estas líneas excede a la cuestión política y a los protagonistas con sus nombres y apellidos; no es la intención analizar a Nicolás Maduro y sus acciones ni a Jorge Bergoglio y su posible ideología. Se trata de un desastre humanitario y una guerra civil en ciernes y de un Papa del que todo el pueblo venezolano, mayormente católico, espera al menos una palabra que pacifique, que se solidarice.

Las artes negociadoras de Francisco no surtieron efecto en este conflicto, según salta a la vista. De todos modos, la última intervención concreta de la que se tenga conocimiento data de septiembre del año pasado. Una noche, por sorpresa ya que no figuraba en ninguna agenda, el Papa recibió en el Vaticano al presidente Nicolás Maduro. La Santa Sede explicó luego que la audiencia tan imprevista se dio por “la preocupante situación de crisis política, social y económica” que atravesaba Venezuela. Lo único que trascendió de aquel encuentro fue que Bergoglio pidió a Gobierno y oposición que retomen “con valentía el camino del diálogo sincero y constructivo”. Nunca sabremos si se dijeron algo más, pero lo que se conoció siempre supo a poco y ahora, con “el diario del lunes” podemos asegurar que fue poco, intrascendente. Quizás si representantes de ambas partes del conflicto hubieran recibido la palabra del Papa, algo se hubiese logrado. Recordemos que tanto el pueblo como el propio Maduro son fervorosos creyentes, lo que es un aditivo en la injerencia que pueda tener el Santo Padre en una mediación. 

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El mundo, ya no solo Venezuela, ansía escuchar la voz del Papa. Primero, porque como tal es emisario de paz y neutralidad por lo que se espera su intervención en todo conflicto. Segundo, porque se trata de un pueblo católico, que merece escuchar a su pastor en un momento de zozobra. Y tercero, y esto va más a su condición de jefe de Estado, porque hace exactamente un año el Vaticano aceptó ser intermediario en unas eventuales negociaciones entre el Gobierno de Maduro y la oposición. Nuevamente decimos que la Santa Sede ha fallado porque no logró siquiera una reunión con las partes ni tampoco un acercamiento que evitara la escalada conversando con cada sector en particular. 

Cada vez que Francisco se refirió públicamente a Venezuela, pidió oración y diálogo. Sin embargo, su conversación siempre ha ido en una sola dirección ya que ha evitado reunirse con destacados miembros de la oposición para no importunar al gobierno bolivariano.

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No han faltado algunas misivas papales de carácter oficial; por ejemplo la que el Vaticano remitió a la OEA, que dice que  “la Santa Sede siguiendo las disposiciones del Santo Padre y en comunión con la Iglesia venezolana, ha hecho todo lo posible, desde la posición a la que fue invitada tanto por el Gobierno de Venezuela como por la Mesa de Unidad Democrática, para que se alcanzase un acuerdo político entre las partes que concretase una salida democrática, pacífica y viable a la crisis venezolana”. Cartas firmadas por terceros, mensajes a través de cardenales, no mucho más. 

No podemos asegurar que el Papa no esté preocupado ni decir que nada se haya hecho para evitar el actual estado de cosas en Venezuela. Decimos que no ha sido suficiente. Faltó lo elemental para poder decir que todo lo posible se ha hecho: la voz de Francisco, de ese Papa que a nada le teme y que en este caso en particular conoce el paño por toda una vida en Latinoamérica, tan afín a este tipo de procesos políticos. 

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Lo de Venezuela a estas horas es una crisis humanitaria, una masacre civil, una tragedia. Supera todo lo esperado por lo que ya no caben las especulaciones ni los prejuicios de los que el Papa se ha querido alejar (como lo hace de Argentina por “la grieta”). Ya no importa quién se pueda ofender por sus dichos ni si su intervención es usada políticamente porque todas esas instancias ya se han pasado. Ahora es tiempo de ayudar a Venezuela a que no haya más muertes, que haya abastecimiento y que se mantenga la vigencia de las garantías constitucionales.

 

No podemos coincidir con que la Santa Sede cuando asegura que “ha hecho todo lo posible” porque el mejor ardid está faltando. La voz del Papa, hablando al pueblo venezolano, a su gobierno y a los líderes de la oposición, no se ha escuchado. Y eso es algo que, además de entristecer, molesta.

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