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Un poco de espíritu solidario en nuestra realidad urbana

24 de diciembre de 2017 a las 12:00 a. m.

Llegamos a la Navidad, una fecha destacada del calendario de celebraciones de los argentinos, una población de clara mayoría cristiana. Más allá de la euforia comercial y social que conlleva este festejo, es sobre todas las cosas, una fecha que invita a reflexionar y rever comportamientos, los que tuvimos en el año que estamos dejando y aquellos que acarreamos ancestralmente.  Sin embargo, más que todo ello, las Fiestas se han convertido en una época donde todos estamos nerviosos, apurados, exhibiendo conductas bastante alejadas del espíritu.

La solidaridad es un valor muy proclamado por estos días y también ejercido desde lo material a instancias de campañas que invitan a compartir, los que más tienen con los que menos tienen.  Pero a la hora de interactuar con el otro, con el vecino, con el prójimo, por el contrario, estas fechas nos encuentran menos solidarios que nunca. 

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En el ámbito de la vida urbana es fácilmente contrastable esta aseveración. Vaya por caso una problemática que nos afecta a todos por igual pero para la que poco hacemos por mejorar, e incluso exigimos soluciones “a medida”, sin considerar el bien de todos: el tránsito. Posiblemente, porque no hacemos el ejercicio de ponernos en el lugar del otro. 

Durante las Fiestas y hasta el 6 de enero se puede estacionar en doble mano en el Centro de la ciudad. Es una medida que nació “de hecho” y que fue tomando un carácter más o menos oficial con el correr de los años. Muchos, por no decir todos, la aplauden, la esperan y hasta expresan su deseo de que la cosa siga así todo el año. Porque implica una comodidad para todos los que hacen compras y un claro beneficio para los comerciantes, sobre eso no hay dudas. Antes de congraciarse con la medida, antes de criticar que no se extienda a todo el año, ¿alguien consideró, solidariamente, el perjuicio que supone para otros, diríamos potencialmente todos? 

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A la realidad de que en nuestra ciudad todos quieren tener la posibilidad de estacionar, si es posible en el mismo frente del negocio al que iremos a comprar, hay que contrastar que este deseo, tan egoísta por cierto, importa un grave problema: la imposibilidad de que por esas calles -de por sí angostas y encima afinadas por dos filas de autos- pase una autobomba de nuestros Bomberos, o circule con la fluidez necesaria una ambulancia. 

Es un gran problema de los argentinos en general y de los pergaminenses en particular el necesitar que suceda una tragedia para que advirtamos y tomemos cartas en el asunto para hacer lo que es debido. Necesitamos un Cromañón para que a los boliches primero y locales en general luego les fueran requeridas las condiciones edilicias para evitar y enfrentar siniestros (aunque hasta hoy en día hay dependencias oficiales que no las cumplen). ¿Necesitaremos un incendio en San Nicolás Norte y que no puedan llegar los Bomberos para que comprendamos que no es una arteria apta para estacionar a dos manos? 

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En este espíritu egoísta, del que no nos despojamos ni para la Navidad, nos cuesta entender que las normas no están para complicarnos particularmente la vida, que no es “el Estado contra mí”, sino que las leyes y ordenanzas -aunque puedan modificarse para adaptarse a los tiempos- son creadas para nuestra protección. 

En esto, los interesados en la cuestión, los que más reclaman el estacionamiento en mano izquierda, primero deben ser solidarios para con el resto, favoreciendo la fluidez del tránsito, pero sobre todo tener en cuenta las dificultades serias que acarrea aquello que solicitan, pudieron ser ellos mismos grandes perjudicados si se les concediera el deseo. Al fin de eso se trata la vida urbana, de pensar en los derechos y necesidades de todos tratando de compatibilizar estos aspectos.

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Tampoco hay que ser un experto para darse cuenta de que la situación de los perros callejeros está fuera de control. Aun sintiendo empatía con los animales o teniendo mascotas, no es aceptable convivir y correr riesgos con pandillas de canes que caminan por la ciudad, algunas de las cuales no son amigables. Las razones y responsabilidades de por qué están ahí y se comportan de esa manera son atendibles, pero una vez consumado el hecho, es decir, puestos a vivir en la calle, hay que encontrarle una salida que, además de ser solidaria con los animalitos, lo sea con los vecinos. En este caso no debemos esperar a que suceda un hecho lamentable para darnos cuenta; en este caso ya sucedió, y varias veces. Porque prácticamente a diario se reportan casos de vecinos mordidos por perros o tumbados de sus motos o bicicleta por sus garroneos. 

Así como es condenable la irresponsabilidad de quien desamparó a esos animales, es irresponsable dejarlos en la calle. Sabemos que también los hay por cientos en los barrios y no se trata de distinción social alguna decir que no es lo mismo que pululen por ahí a que lo hagan por el Centro. La diferencia viene dada por la cantidad de vehículos y personas que circulan, que no es la misma en uno y otro lugar, razón por la cual las medidas a tomar han de ser distintas. En tanto están afectando la integridad física de los vecinos, los canes no pueden estar allí. También porque su integridad está en peligro.

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Hay buenas voluntades trabajando en el asunto, oficiales y particulares, pero se advierte –por dichos y resultados a la vista- que no hay coordinación entre ellas. Si el acuerdo es que no deben estar ahí, hay que arbitrar los medios para que así sea. Si no se logra la adopción, como promueven los proteccionistas, tendrán que ser trasladados por las autoridades, con todos los elementos necesarios (alimento, asistencia veterinaria, espacio e higiene). Así se planteó oportunamente el trabajo, pero a poco de andar surgieron las quejas por la falta de asistencia oficial para cumplir el cometido, en el que los propios proteccionistas intervienen, trabajando ad honorem en los caniles. 

La cuestión de fondo, que es la falta de responsabilidad de los tenedores de mascotas, es más dificultosa de solucionar en lo inmediato, aunque no imposible a largo plazo si se aplica la ley. La educación para la tenencia responsable, las esterilizaciones, el registro de propietarios y mascotas, y el sistema de adopciones son las medidas fundamentales para abordar la problemática.  Es dable reconocer que, para cortar la cadena de desamparados, el camión de castración circula permanentemente por los barrios y el Centro cumpliendo su labor. Lo que a la vista surge es que falta acuerdo, presupuesto y sobre todo solidaridad para encontrar la mejor solución posible a los perros que hoy están en la calle, afectando seriamente a la ciudadanía y sufriendo ellos mismos. 

El Estado tiene un problema a resolver y las instituciones proteccionistas son las mejores aliadas para lograrlo. Ahí tiene que retomarse el camino oportunamente iniciado y que a poco de andar registró los primeros traspiés. Para esto es necesario contar con un presupuesto acorde y dar a los proteccionistas fondos y espacio suficiente para poder trabajar. De este modo los perros estarán contenidos y los vecinos no correrán riesgos. 

Muchos, por no decir todos, de nuestros problemas urbanos (hoy citamos solo dos) se solucionarían si tuviéramos una mirada solidaria, despojada de nuestros propios intereses y pensando en el bien de la mayoría. 

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Hoy es Nochebuena y recordamos el nacimiento de quien vino a la Tierra a enseñar al hombre sobre la solidaridad y el amor desinteresado hacia el prójimo. Aprovechemos para reflexionar: si amamos esta ciudad y queremos lo mejor para ella, empecemos por amar un poco más al vecino, y desear su bien antes que el mío. Si todos nos moviéramos así, el bien de todos sería una realidad.

 

 

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