Un discurso expiatorio
Con Mauricio Macri como presidente queda claro que se terminaron los discursos de más de tres horas y las hinchadas futboleras en la Casa Rosada o el Congreso. En su debut abriendo la Asamblea Legislativa no hizo ataques personalizados y siempre planteó la convocatoria a resolver los problemas de la Argentina entre todos. En la misma línea, María Eugenia Vidal jugó fuerte en La Plata al afirmar que no vino a la política a construir una candidatura o a hacerme rica.
El presidente se encontró con la máxima muestra de hostilidad en la bancada legislativa del peronismo cuando intentó asignarle al gobierno de Cristina Kirchner la responsabilidad por la inflación reinante, dijo que el acumulado de los 12 años de gestión K fue de 700 por ciento. Allí sí comenzaron los gritos, los abucheos, los cartelitos agresivos y la necesidad de una respuesta presidencial. Hay que respetar el voto, interrumpió Macri para ponerle fin a una ceremonia que pareció ingresar en un camino sin retorno. Es que nadie quiere ser el padre ni la madre de la inflación. La suba de los precios, la inexistencia de cifras oficiales y el consecuente crecimiento de la pobreza en la Argentina es la herencia que el kirchnerismo niega, y la carga que el macrismo no acierta en sacarse lo suficientemente rápido de encima. Por eso la disputa brava en el recinto. Por eso el escándalo.
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Macri se siente cómodo en la diferenciación con el kirchnerismo. Siente que saca ventajas cuando su contracara son Diana Conti o Axel Kiciloff. Y hasta se permite el giro new age de convocar a hacer realidad los sueños personales. Pero la batalla por la inflación y por el empleo es la que va a definir el éxito o el fracaso de su gobierno. Y esa es una guerra cruel en la que sus adversarios no le van a dar un centímetro. Allí se necesita mucho más que la baja en el IVA de los alimentos o la negociación del impuesto a las Ganancias. Allí se necesita el liderazgo suficiente para alinear detrás del objetivo del crecimiento a los grupos resbalosos de empresarios, sindicalistas y opositores que ayudaron a construir la decadencia actual, que tan minuciosamente detalló, pero no quieren pagar el costo.
El presidente sorprendió al descartar las recomendaciones sobre minimizar la herencia recibida. Su crudo diagnóstico fue en contra de su necesidad de buscar apoyo peronista. Sin embargo, tras la dureza, se esconde una estrategia: transformar en fortaleza la debilidad de su minoría parlamentaria. Dejó en claro que no rogará por un voto en el recinto. En cambio, le asignó previamente la culpabilidad de la suerte futura de la Argentina a quienes no acepten a su propuesta de luchar entre todos para salir adelante. Fue como un que Dios y la Patria se lo demanden para quienes vayan a las sesiones con el sólo fin de poner palos en la rueda.
Macri prometió difundir los detalles de cómo recibió el país pero anticipó: Encontramos un Estado mal gestionado.
Quedó claro quién había ganado la discusión interna respecto de si se debía poner en énfasis en la pesada herencia o si, en aras de la convivencia política con la oposición, había que dar un mensaje optimista y con más peso en el futuro que en el pasado. Contrariando el consejo de su gurú, el ecuatoriano Jaime Durán Barba -que reniega de los mensajes confrontativos-, Macri priorizó hacer una explicación detallada sobre el origen de los problemas actuales.
Su diagnóstico estuvo en línea con lo que le exigían dirigentes del PRO y sus socios de la Unión Cívica Radical, en el sentido de que no debía permitir que el nuevo Gobierno terminara pagando los costos políticos por la inflación, el tarifazo y el estancamiento económico, sin señalar adecuadamente que en los problemas de la gestión anterior estuvo la génesis de estas medidas impopulares.
A fin de cuentas, al mismo tiempo que el presidente hacía su ingreso al Congreso, el tipo de cambio traspasaba la barrera de los 16 pesos, mientras que al ministro Alfonso Prat Gay le costaba borrar la mala imagen de sus pronósticos fallidos sobre el ingreso de una lluvia de dólares tras el levantamiento del cepo.
Además, las encuestas más recientes marcan que, en medio de una inflación persistente, subas de tarifas y negociaciones paritarias, la imagen presidencial ha descendido abruptamente unos 20 puntos.
De manera que Macri siguió el consejo de los duros: habló de descalabro en las cuentas públicas, denunció a la inflación como una política deliberadamente elegida por el kirchnerismo, se refirió a la falta de planeamiento, al clientelismo y al despilfarro. Y, sobre todo, pronunció muchas veces la palabra corrupción, un concepto al que ligó con varias desgracias, desde los choques de trenes hasta el colapso energético y los problemas de inseguridad. Fue entonces cuando se pudieron ver las caras de póker de exministros como Julio de Vido cada vez que Macri aludía a los problemas de infraestructura. O de Axel Kicillof, cuando se mencionaba el pago excesivo al Club de París o el costo financiero de no haber arreglado a tiempo con los fondos buitre.
Inevitablemente, hubo gritos de protesta, silbidos, interrupciones y, en la bancada kirchnerista, carteles con consignas y reclamos, a raíz de la ola de despidos en el Estado, además de acusaciones por adjudicaciones a empresas amigas en la obra pública.
No obstante, a pesar de algunas situaciones que ya forman parte del folklore político argentino, la jornada transcurrió con relativa normalidad y Macri pudo dar su discurso sin mayores sobresaltos.
La estrategia que parece haber adoptado el presidente es transformar su debilidad en fortaleza. Criticar con dureza -y hasta acusar de corruptos- a los mismos legisladores peronistas a los cuales se les está pidiendo el apoyo para aprobar la agenda legislativa urgente es una actitud política arriesgada. Sin embargo, Macri decidió jugar esa carta.
A pesar del tono duro, hubo pasajes del discurso en los que Macri dejó algunos guiños al arco opositor y recurrió a picardías políticas: dio a entender cuáles son los puntos importantes para la oposición en los que estaría dispuesto a negociar. No fue casual ni ingenua la mención a los gobernadores provinciales, que están en emergencia financiera y que pasarán a beneficiarse con la salida del default a nivel nacional. En otras palabras, puso de relieve que cualquier inconveniente para superar la crisis con los fondos buitre repercutirá directamente sobre las gestiones de esos gobernadores, mayoritariamente peronistas.
Como corolario de lo que escuchamos el martes, podemos rescatar que además de confirmar que la oratoria no es el fuerte de Macri-, lamentablemente, no hemos aprendido nada: los problemas de siempre, aún sin resolver; este permanente estar saliendo de crisis; las oposiciones que hacen política y no Patria. En la calle, la réplica del discurso fue tal como se esperaba: dejó contentos a los ya convencidos y enojó a los que ya tenían objeciones.














