Tolerancia y contención para que no muera la democracia
El sistema constitucional de mecanismo de control y equilibrio se concibió para evitar que los dirigentes políticos concentraran e hicieran un control abusivo del poder y las instituciones políticas sirven como baluartes cruciales frente a las tendencias autoritarias. En las organizaciones políticas existe una contradicción entre la necesidad de otorgar...

El sistema constitucional de mecanismo de control y equilibrio se concibió para evitar que los dirigentes políticos concentraran e hicieran un control abusivo del poder y las instituciones políticas sirven como baluartes cruciales frente a las tendencias autoritarias.
En las organizaciones políticas existe una contradicción entre la necesidad de otorgar poder a los decisores políticos, para que puedan llevar a cabo sus funciones con cierto nivel de efectividad, y el peligro que se genera al correr el riesgo de dar excesivo poder a quienes han de tomar decisiones que nos afectan a todos. Así, el dilema consiste en que nuestros representantes deben tener suficiente margen de acción para llevar a cabo la difícil tarea de gobernar, pero es necesario evitar que éstos alcancen tal poder, que el mismo se haga imposible de contener. Frente a esta disyuntiva, las democracias contemporáneas han intentado establecer un balance mediante lo que se conoce como mecanismos de accountability. Si bien este término es relativamente nuevo, expresa una vieja preocupación de los pensadores de la política: ¿de qué manera podemos ponerle frenos al poder político? El accountability es la demanda continua de revisión y supervisión, de vigilancia y constreñimientos institucionales al ejercicio del poder. Es como "rendición de cuentas" y se da en vertical, particularmente en las urnas en la relación dirigente-votante, y en horizontal, ejercida por otros poderes del Estado u organismos internacionales.
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Es innegable que las mejores políticas públicas surgen del rico debate intra e intergobierno. Y es en ese sentido que será crucial la relación que el actual gobierno mantenga con la oposición de ahora en más, sobre todo dentro del Congreso. La figura del "enemigo", propia de la grieta, ha ocasionado un quiebre altamente negativo para el funcionamiento democrático, siendo su característica la baja propensión al diálogo y el debate.
Los reconocidos politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, destacan en su última obra "Cómo mueren las democracias" que, debido a grandes lagunas legales y ambigüedades inherentes a todos los sistemas legales, no es posible confiar en que las constituciones sirvan, por sí solas, para proteger la democracia frente a posibles autoritarismos. En ese sentido, la Constitución apenas trata, por ejemplo, la cuestión acerca de la manera unilateral de actuar del presidente, sea mediante decretos u órdenes ejecutivas y no establece los límites del Poder Ejecutivo durante las situaciones de excepcionalidad. El accountability horizontal es muy débil en ciertas democracias, ya que son considerados impedimentos y estorbos.
Pero no son solo las instituciones y quienes las conduce, sino ciertas prácticas políticas las que sostienen a la democracia. La tolerancia mutua y la contención institucional son las claves para el buen funcionamiento del régimen.
La tolerancia mutua a hace alusión a cómo se entiende la existencia de la oposición. Concebirlos como una amenaza existencial, tratarlos como traidores, subversivos o al margen de la sociedad, es un problema. En otras palabras, perder una elección no debería ser un acontecimiento apocalíptico sino una regla más del juego. "Traidores, chetos, niños ricos, choriplaneros o peronchos"; no hay distinción entre un partido y otro a la hora de descalificarse. Y esto no sucede (solo) en los distintos estamentos de gobierno sino que se replica en todos los ámbitos civiles, desde partidos políticos hasta bares. Cuando ambos bandos se ven unos a otros como enemigos y cuando estas normas fracasan, es difícil sostener la democracia. Entender a los adversarios políticos como amenazas existenciales puede desmoronar la democracia y allanar el terreno para lo que sería el comienzo de cuestiones más graves, como una creciente ola de violencia en las calles y conspiraciones golpistas.
La contención constitucional hace referencia a evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu. Tiene que ver con las tradiciones o con los códigos de la política. Implica renunciar a los trucos sucios y a las tácticas brutales en rescate del civismo y el juego limpio, que cuando no los hay los reclamamos, todos por igual.
Las normas de contención suelen cumplir un rol fundamental en las democracias presidencialistas, dada la rigidez del mandato del presidente y la alta probabilidad de un Congreso dividido. Dichas prácticas han desaparecido o están en vías de hacerlo: es normal ver que lo único que importa es derrotar al adversario sin preocuparse por la continuidad del juego democrático. Argentina lleva una larga tradición de esas prácticas. Perón en la década del 40 utilizó su mayoría en el Congreso para destituir a tres de cinco letrados de la Corte Suprema, sacando el máximo provecho a una cláusula constitucional vagamente definida que recogía la malversación como base para la destitución. En la década de 1990 el presidente Carlos Menem demostró una tendencia similar al forzar los límites. La Constitución de 1853 era ambigua con respecto de la autoridad del presidente para emitir decretos. Históricamente, los presidentes electos habían utilizado dicha autoridad con moderación, de tal modo que entre 1853 y 1989 solo se habían emitido 25 decretos. Menem ignoró tal restricción y promulgó 336 decretos en menos de un solo mandato presidencial". Y desde entonces a esta parte, el decreto ha dejado de ser la excepción para ser lo corriente.
Las normas de contención también son necesarias en las asambleas legislativas; aunque no haya concentración de poder como en el Ejecutivo, el Parlamento puede excederse en sus prerrogativas constitucionales. La destitución de Fernando Lugo en 2016, en Paraguay, es un ejemplo: "Por pobre cumplimientos de sus deberes", con una subjetividad supina. Fue un proceso legal, sí, pero una farsa en términos reales. Casos similares en Ecuador y Venezuela grafican esta práctica desleal.
La tolerancia mutua y la contención institucional están íntimamente relacionadas. En ocasiones, se apuntalan mutuamente. Los políticos tienen más probabilidades de contenerse cuando se aceptan como rivales legítimos. Aquellos que no contemplan a sus adversarios como elementos subversivos se sentirán menos tentados a recurrir a saltarse las normas para mantenerlos alejados del poder.
Un gran número de estudiosos de las democracias a nivel internacional coincide en que en la actualidad estamos afrontando un ciclo de extremismo constitucional creciente. La alta polarización es uno de los motivos. Cuando las diferencias socioeconómicas, raciales o religiosas, dan lugar a un partidismo extremo en el que las sociedades se clasifican por bandos políticos cuyas concepciones del mundo no solo son diferentes, sino, además, mutuamente excluyentes, la tolerancia resulta más difícil de sostener. Cuando la división es tan honda que los partidos se asimilan a concepciones del mundo incompatibles, y sobre todo cuando sus componentes están tan segregados socialmente que rara vez interactúan, las rivalidades partidistas estables acaban por ceder el paso a percepciones de amenaza mutua. Cuando la tolerancia mutua desaparece, suele surgir la idea de ganar a toda costa. La academia cuenta con ciertos indicadores clave, desarrollados por Levitsky y Ziblatt para identificar ciertos comportamientos autoritarios: 1- Rechazo (o débil aceptación) de las reglas democráticas de juego. 2- Negación de legitimidad de los adversarios políticos. 3- Tolerancia o fomento de la violencia. 4- Predisposición de restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación.
No hace falta dar ejemplos para reconocer varios de los comportamientos autoritarios, arriba mencionados, en la última década, sin distinguir gobierno o bandera política. No está bien decir que es algo normal de la política, ni tampoco justificarlo, sino que es importante ser consciente de estas cuestiones, disparar las alarmas y convocar a toda la comunidad política a tomar cartas en el asunto.
Evitar la lenta muerte de la democracia depende de nuestra clase dirigente. En este tema, el cambio se genera de arriba hacia abajo.
















