¿Tiene solución este país?
Todo tiempo pasado fue mejor? Al menos es un pensamiento generalizado. De la misma manera que las personas que ya no están con nosotros se santifican, parecería que los momentos y circunstancias dolorosas que dejamos atrás pierden densidad y en su lugar potenciamos lo que, real o imaginariamente, pensamos que fueron aciertos y situaciones felices de épocas pretéritas. Seguramente, esta imagen idílica no es la correcta, por cuanto no cabe duda de que es mejor trasladarse en avión que en otros medios para hacer 10.000 kilómetros o que es maravilloso disponer de eficaces tratamientos de las enfermedades que antes eran mortales; nadie duda que es un logro de este tiempo poner en evidencia el horror del maltrato a las mujeres que antes se silenciaba, y así sucesivamente. Adicionalmente, la glorificación del pasado, suponiendo que verdaderamente hubiera sido mejor, puede matizarse por completo a través de la siguiente reflexión: si realmente todo tiempo pasado fue mejor, entonces sería correcto afirmar que todo tiempo futuro será peor, con lo que el presente no estaría entonces del todo mal, siguiendo esta lógica.
Desafortunadamente, la Argentina -como siempre- contradice esta idea que podría considerarse reconfortante para valorar mejor el presente. En efecto, largas décadas de decadencia nos plantean que en nuestra historia, desde los 40 del siglo pasado en que comenzó la inflación -aliada inescindible del retroceso argentino- efectivamente todo tiempo pasado fue mejor, ya que teníamos menos inflación, menos pobreza, desempleo e indigencia; había menos hacinamiento en torno a la Capital Federal, los productos de la industria nacional eran de mejor calidad porque los equipos eran menos obsoletos que ahora, los trenes todavía andaban, y mucho antes, el generoso comercio exterior nos protegía de los vaivenes del dólar, etcétera. De acuerdo con este escenario entonces, la recomendación obvia para todos debería ser nuevamente: Vivamos el presente antes que llegue el futuro porque éste necesariamente será peor.
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Sin duda, quienes tienen perfectamente en claro la decadencia progresiva de la Argentina y lo funcional que puede ser para algunos, son muchas de las administraciones que han ejercido el poder desde el comienzo de la inflación. La lógica, si se toma en cuenta la ostensible realidad declinante de la Argentina, sugiere que los gobiernos no tendrían que preocuparse de resolver nada ya que, aunque su mala performance les asegure ser desplazados por la otra alternativa, que ya sabemos cuáles son en la Argentina: el populismo y la ortodoxia. Porque más tarde o más temprano les tocará el turno, y así en un eterno corsi-e-ricorsi.
En otras palabras, por muy gruesos errores que cometan los gobiernos, el que les suceda producirá nuevos y más graves desaciertos, con lo que se recordará al gobierno anterior -el tiempo pasado- como mejor. Justamente, el propio Perón lo dijo explícitamente: No es que nosotros hayamos sido buenos gobernantes; el punto es que los que vinieron después fueron peores. Sin duda, esto no es del todo cierto, porque entre el segundo y tercer gobierno de Perón hubo algunas administraciones ejemplares, pero aun así la frase expresa palmariamente la reflexión que proponemos.
Es muy difícil que la decadencia argentina se revierta alguna vez porque no todos los actores participantes de nuestra tragedia endémica son víctimas. Ciertamente que hay agentes que se benefician con la pérdida progresiva de calidad de vida de los argentinos. En el caso de la inflación, indudablemente quienes son principales protagonistas de ella, o sea, las grandes empresas formadoras de precios que cazan en el zoológico, no están tan interesadas en que la inflación se abata en forma definitiva, porque entonces sus altos márgenes de ganancia deberán compatibilizarse con los estándares internacionales. Otro tanto ocurre con los jefes sindicales que dictan los salarios para todo el país de acuerdo al nivel de vida de Buenos Aires (¿por qué no el de Tokio o Londres?) sin prestar atención a las realidades de los rincones difíciles de la Argentina, aunque sin descuidar sus privilegios, por supuesto.
Los políticos, o buena parte de ellos, cuanto menos no la pasan tan mal al multiplicarse los pobres, desocupados, indigentes y trabajadores en negro gracias a la inflación, porque, a falta de libreto para explicar los problemas y sus posibles soluciones, los relatos sobre la culpa del neoliberalismo, el FMI, la sinarquía internacional, los vampiros, hombres-lobo, zombis y otros especímenes, provee buenos huesos para las fieras, esto es, deja a muchos contentos, e la nave va, o sea, la nave argentina avanza, aunque sea por las banquinas, como lo pintaba el gran Fellini.
Es poco probable que la Argentina tenga un futuro mejor, pero no imposible. Para que este milagro ocurra sería imperativo que la política buena, esa que no necesita ser joven o vieja sino genuina, se despierte de su modorra de décadas, y denuncie lo que ocurre, justamente desde su posición por encima de los intereses sectoriales e imbuida de una noción de conjunto, con una difusión de sanas ideas en oposición a los relatos o parloteos insustanciales, a esa venta de ilusiones hartamente refritada, brindando propuestas que seduzcan a los argentinos de buena fe para ponerle una bisagra a la historia, como decía Raúl Alfonsn, esta vez en lo cultural, de modo que abracemos definitivamente los principios de la República todos, opositores o gobernantes, y valoremos el interés general.
Más que impensado suena a imposible pero es indispensable.











