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Somos lo que hacemos

13 de febrero de 2017 a las 12:00 a. m.
Somos lo que hacemos
'' Claudia Aiello. LA OPINION

Por Claudia Aiello.


Algo que aprendí en mis treinta años de periodismo es que no hay mayor verdad que la de Aristóteles: “Somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”.

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Ingresé a la redacción de LA OPINION cuando Héctor Del Giudice estaba a poco de jubilarse y me enseñó las primeras armas de un oficio donde todo puede ser una verdad engañosa. Donde mirar no siempre es sinónimo de ver y trasmitir un hecho a un sinnúmero de personas a la vez conlleva una responsabilidad no menor.

En aquella primera etapa, de la que pasaron más de treinta años, estaba Lorenzo Caldentey con quién tuve las discusiones más deliciosas y difíciles de mi juventud.

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Ya para esa época el diario era, sin dudas, mi segunda casa, entendido el concepto en toda la extensión de la palabra: techo, hogar, refugio, ámbito. 

Después vinieron las nuevas generaciones, los que formaron parte de una redacción distinta pero no exenta de los juegos de las palabras y las ideas. 

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Creo que soy la sobreviviente que queda en el ruedo desde la época de don Julio Veninni, que atravesé por los años de labor con Hugo Apesteguía y ahora con Romina al frente. 

Cada etapa, al fin, tuvo su encanto, porque la profesión nos lleva por caminos siempre diversos. El periodismo es una de esos oficios donde todos los días hay que empezar de nuevo, porque la información cambia. Y lo que ayer era importante hoy es sólo papel para envolver las compras.

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Pensar que LA OPINION cumple cien años es sentir que la memoria de la ciudad celebra un centenario. Las millones de historias que han pasado por sus páginas dejando huellas, impresiones, opiniones, ideas. 

Al fin de eso se trata un medio gráfico, de poner en palabras la historia cotidiana, a veces hechos resonantes, a veces pequeños, pero que tienen el valor de ser comunicables. Esa línea entre lo que es noticia y aquello que no lo es nunca dejará de ser un dilema para un periodista honesto intelectualemente. 

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Siempre me pregunté qué sucedería si no existiese la comunicación masiva, los diarios que es el modo más antiguo de su tipo. Ya que todos los otros medios llegaron después, la radio, la televisión, ahora la Internet. Y nunca encontré la respuesta, quizá porque el ser humano necesita, desesperadamente, comunicarse a como dé lugar. 

Y la realidad es que en el marco de la información masiva, aquella que es necesario socializar, entendí desde el comienzo que los derechos a la libertad de prensa no son de un valor absoluto. Porque hay una responsabilidad primera y última que limitan, en parte, lo comunicable. Hay deberes que no se pueden soslayar cuando se desarrolla este oficio, un concepto que, en estos tiempos, hasta parece una ingenuidad plantear. Sin embargo es uno de los pilares éticos de la profesión. 

En el diario aprendí que lo escrito no tiene vuelta atrás, no se borra por un acto voluntario, aunque se quiera. Y esto que parece tan sencillo es, en realidad, muy complejo. Porque apela a los valores mínimos de la objetividad, que nunca es absoluta, del chequeo de la información y, como digo, de la responsabilidad de contar aquello que, básicamente, es cierto.

Que quede claro que la libertad de expresión es un derecho fundamental, un derecho humano, consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Las constituciones de los sistemas democráticos también lo señalan, como es el caso de nuestra Carta Magna. De la libertad de expresión deriva la libertad de prensa. Sin embargo si no se asume la responsabilidad de lo que se informa, en lugar de oxigenar a la sociedad se la asfixia.

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En épocas en las que se nota una desvalorización de la profesión, en algunos medios, donde se hacen operaciones políticas y judiciales, cuando vemos que se mezclan intereses subalternos a los de la labor informativa, por parte de quienes buscan desvirtuar una tarea que debe ser responsable, recordar estos valores que hacen al contrato inicial entre medios y lectores, se hace imprescindible.

Al fin, mientras escribo esta columna desfilan en mi mente imágenes, recuerdos queridos, la pesada máquina de escribir en la que comencé, cuando la tecnología parecía tan lejana. Conservo, como un tesoro, la mesita de madera en la que comencé a escribir en LA OPINION. La hice restaurar y es la que utilizo ahora, quizá como un homenaje a los primeros tiempos. 

La tecnología parece haberlo cambiado todo…menos el espíritu con que uno ama esta profesión.

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