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Somos enfermos morales

Mientras se habla acerca de la crisis económica y política que destroza el país, se deja siempre intocada la tremenda crisis moral que nos viene destrozando desde mucho antes. Aplicar a las crisis morales la terminología de las crisis económicas, es arriesgarse a extraer consecuencias más o menos descabelladas. La...

18 de diciembre de 2021 a las 12:00 a. m.
Somos enfermos morales

Mientras se habla acerca de la crisis económica y política que destroza el país, se deja siempre intocada la tremenda crisis moral que nos viene destrozando desde mucho antes. 

Aplicar a las crisis morales la terminología de las crisis económicas, es arriesgarse a extraer consecuencias más o menos descabelladas. 

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La dignidad, la decencia, la honradez siguen figurando en el léxico de los grandilocuentes, pero cada vez significan menos, cada vez están más comprometidas las reservas principistas que les sirven de sostén. 

Hay una excesiva emisión de dignidad-papel, de decencia nada más que verbal y, en consecuencia, la exagerada circulación ha roto el equilibrio, ha provocado una baja general de valores, ha forzado un retraimiento de las intenciones verdaderamente honestas. 

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Y, como es lógico, también en este orden ha asomado el fantasma del desempleo, de la desocupación, de la pobreza, de la inflación, del hambre. El desocupado aquí es el hombre moral, que prácticamente ya no tiene sitio en la política y cada vez tiene menos espacio disponible en el ejercicio de las profesiones llamadas libres. 

Las dificultades económicas estimulan la inescrupulosidad moral, pero el aflojamiento de las barreras éticas también puede llevar a la corrupción administrativa, al caos en lo económico, a la mutua desconfianza en el trueque de valores. 

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Víctimas perennes de promesas incumplidas de un país un poco mejor, hemos los argentinos aprendido que cuanto más se afirma desde los estrados que se está pensando en el bien del país, más se está pensando en el bolsillo propio, o, cuando menos, en el encumbramiento personal. Ni siquiera el interés del partido político, ya desdibujado y en decadencia, cuenta demasiado. O sea, ya no es ni por "la causa" sino por el más hedonista deseo de mejor estar.

La indiferencia política no es un mal exclusivo del ciudadano corriente; también ha alcanzado a los hombres públicos, a las pocas personalidades de saneado prestigio que, con mucho para aportar, prefieren no ser parte de la solución. La política como institución se halla tan desprestigiada que quienes disponen de la precisa cuota de decencia, patriotismo y generosidad como para servir inmejorablemente a su país, se alejan de las candidaturas y de los puestos de responsabilidad. 

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En conclusión la peor de las crisis, por su profundidad y raigambre, por sus consecuencias y alcances, por el adormilamiento que produce, es la crisis moral. Entre otros motivos, porque afecta a todos por igual: a quienes nadan en la abundancia y a quienes rascan la olla. Y es que la pudrición es total. 

Es importante reflexionar sobre el comportamiento de la generalidad de los argentinos, detener la marcha un momento y tratar de entender, aunque solamente sea para cada uno, el significado de nuestra enfermedad: crisis moral y ética.

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No sería extraño que tal diagnóstico nos haga sentir muy mal. Tal vez sea necesario que nos sacuda, que nos llame la atención, que nos cuestione profundamente.

¿Qué significado tiene estar enfermos moral y éticamente? Que los valores que debieran sostener nuestra conducta: la verdad, el bien común, la exaltación del mérito y del esfuerzo, la solidaridad social están en bancarrota y que la ética, que se refiere a los comportamientos cívicos, revela esas ausencias. Estamos como vaciados.

Estos males, tan extendidos como el temido Covid, han ido socavando nuestra tolerancia y capacidad de rechazo hasta hacernos tolerantes a las noticias diarias de estafas, robos, asaltos, engaños, desfalcos de todo tipo, inconductas ciudadanas en las calles, con el auto, con la moto. Todas situaciones que nuestra capacidad de adaptación termina por incorporar naturalmente a la vida diaria. 

Justamente a la crisis moral la llamamos enfermedad porque como una de ellas, socava nuestras fuerzas, nuestra autoestima, nuestros deseos de luchar y mejorar. La crisis moral nos ha debilitado individual y socialmente hasta el punto de la no reacción ante aquello que nos duele y nos hace daño.

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Viene de lejos, décadas por los menos. No vamos a entrar en el análisis del proceso histórico, pero sí podemos marcar como una nefasta señal cuando se dejó de poner interés en la educación del pueblo -hay hitos que van jalonando esa decadencia-, cuando se dejó de estimular el desarrollo de la inteligencia, cuando se empezó a aplastar a los destacados por algún don sobresaliente con esa buena pero mal interpretada intención de no discriminar e igualar, cuando se cubrieron -y se siguen cubriendo cargos- priorizando la capacidad de obedecer, subordinarse, alinearse mansamente, sin atender a la idoneidad, preparación para realizar o dirigir una tarea. Así, medido con tan interesada y baja vara, todo valor empezó a derrumbarse.

A veces disimulado, luego descarado y ahora estrepitoso y desvergonzado, ese quehacer pensado solamente en ganar adeptos, es decir votos, ha ido debilitando la moral y la dignidad de los argentinos. Y ese sentido de ser un hombre digno se da en cualquier segmento social. Lo siente el pobre que hace valer su palabra, que se siente don, que trabaja para vivir, que no se deja parasitar por los poderosos, que no vende su alma por un puesto (aunque sea el más alto), por dádivas, por un colchón, por un cheque.

Cada habitante debiera tener en claro que la Argentina no será sino por la suma o resta del valor moral de cada uno de sus habitantes. Que cada uno vale: suma o resta. Cada habitante debiera reflexionar sobre lo que hizo a nuestros abuelos seres dignos, de palabra.

La hora invita a reflexionar sobre un gran valor anulado y perdido que enorgullecía a nuestros ancestros y, aunque cada uno tenga argumentos para auto justificarse, sabrá su inconsciente que pertenece a una generación que ha agotado esenciales recursos, que ha desbaratado aquello que hizo de Argentina un gran país, que brillaba en el mundo no solo por sus maravillosos y variados dones naturales sino por la nobleza y dignidad de su pueblo. Un pueblo que luchaba orientado hacia nobles fines.

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Si no nos detenemos y meditamos sobre este tema de fundamental importancia podemos ir llorando por nuestras mermas de todo tipo y, sobre todo, por la herencia que dejamos a las generaciones venideras.

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