¿Somos capaces de amar?
El odio. Tema que nos nutre cada día, que se ha instalado en nuestras conversaciones cotidianas, que los medios relevan en hechos diversos: desde un intercambio verbal entre dos que se creen enemigos (en lo que sea: política, mirada del mundo, raza, credo, alimentación, gustos) hasta la feroz matanza luego de un robo.
El odio, que se derrama en nuestros intercambios sociales virtuales con cientos y cientos de comentarios plagados de insultos que jamás nos diríamos en la cara (¿o sí?).
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El odio, que amenaza a Alemania, sumida en estupor por los ataques recientes de neonazis en la ciudad de Halle y los desfiles de sus partidarios uniformados y a la luz del día; que inunda las noticias de los informativos europeos con datos sobre refugiados expulsados y muertos en el mar, con los terroristas y sus bombas. Pero también en los noticiarios de este lado del mundo con asuntos de índole parecida, si lo pensamos un poco.
El odio parece ser el cáncer que va corroyendo de a poco y sin pausa a las sociedades que hoy habitamos.
Esa imposibilidad de aceptar el disenso, la mirada distinta, la opinión disímil, la forma de vida diversa o el pensamiento que no es el nuestro se ha instalado entre los hombres y mujeres de este planeta con una fuerza que -aunque antes existía-, no se expresaba como en el presente.
Sus causas son complejas y múltiples (y asunto de sociólogos y entendidos) pero, desde la perspectiva de la comunicación y la cultura mediática, la forma en que nos conectamos tiene mucha tela para cortar. Es que este asunto de particionar la realidad en grupos homogéneos, que se transita en las redes sociales pero también en todos los consumos culturales que hoy practicamos, no dejan el margen para que la diferencia se instale como un valor positivo, necesario y deseable.
Lo que en el mundo de la virtualidad comenzó como un negocio (la forma de armar audiencias que compren/deseen los mismos bienes) se ha ido transformando en una práctica cotidiana que se cuela en todos los intercambios, hasta en los más íntimos y personales. No es ya una novedad que nuestros niños son objeto de bullying en sus escuelas porque no se amoldan a lo que sus compañeros esperan que se amolden. No es una novedad que nos digamos barbaridades por las redes porque pensamos la política de una u otra manera, porque deseamos y esperamos cosas diferentes. Todo es hoy un sos como yo o sos anti-yo. ¡Si hasta las series del streaming nos reúnen en gustos idénticos!
También es hoy frase de cabecera la expresión yo te digo lo que quiero porque estamos en un país libre para justificar el insulto más bajo y doloroso, sin considerar sentimiento alguno: ni el propio ni el del que recibe.
En ese contexto de absoluta intolerancia, de inhóspita recepción mediática del uno hacia el otro, las personas vamos convirtiendo al otro en un enemigo al que derribar con memes, rótulos, insultos y descalificaciones. La maravillosa práctica del debate: contrastar mis ideas y creencias con las de otro para enriquecer perspectivas mutuas, ya no es posible (y aun así, hablamos de democracia: un contrasentido). Es que aunque creemos practicar el debate en nuestro muro de Facebook, lo que hay del otro lado de mi comentario no es una persona sino otro comentario, en detrimento del mío y no un alma que construye una subjetividad distinta, que nunca tendré y que por ello es valioso que se sume a mi construcción de ideas. Esta dinámica de conversación a distancia es el germen de la despersonalización comunicativa. porque además, a esas palabras que leo no les puedo percibir la intención. El otro con el que intercambio es alguien que no veo, que no huelo, que no puedo tocar, que no sé dónde ni cómo vive, la cara que pone cuando escribe su respuesta: ¿llora?, ¿tiembla?, ¿duda?
Ante este panorama, que es apenas un puñado ínfimo de hipótesis (que pueden ser extendidas, completadas y refutadas): ¿qué nos queda hacer para atemperar el odio? ¿Quizás buscar en nosotros donde habita la ternura, la piedad, la comprensión? ¿Quizás ponerlas en juego en cada uno de nuestros intercambios? Algo sí urge: construir un mundo en el que todos nos sintamos plenos, a gusto, contenidos. ¿Será que el modo de construirlo no es la guerra -en cualquiera de sus formas- sino la calidez y la escucha atenta de lo que el otro tiene para decirnos? No es verdad que todo pasado fue mejor, pero sí que las herramientas culturales que nos constituyen en este presente requieren de la humanización. ¿Seremos capaces?














