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Sobre el discurso de Fernández: sigue faltando la sustancia

03 de marzo de 2020 a las 12:00 a. m.

Los discursos que se pronuncian en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso tienen una doble mirada: una hacia el pasado y otra hacia el futuro.  En el caso de Alberto Fernández, más aun debido a que era su primer discurso como presidente, a 81 días de haber asumido la presidencia.

Fernández comenzó su alocución el domingo ante la Asamblea Legislativa  construyéndose como el portador de la verdad y, por lo tanto, excluyéndose del grupo de aquellos, especialmente en la política, que mienten causando daño al sistema democrático al imponer una realidad inexistente. Lo que siempre decimos en esta página: nadie dice la verdad de lo que hay que hacer porque, de hacerlo, automáticamente perdería la simpatía del ciudadano, visto más como votante que como ciudadano.

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Esta postura como enunciador político de la verdad es demasiado ambiciosa para Fernández si se tienen en cuenta las innumerables y severas críticas que el actual presidente hizo de la gestión de Cristina Kirchner y que luego dejó sin efecto al momento de ser ungido por la exmandataria para el cargo que hoy ejerce.

En el discurso se esperaba la definición de norte estratégico para la gestión, especialmente en el área económica. Fernández, haciendo uso de la estrategia global de la comunicación política, que consiste -por una parte- en la presentación negativa del otro y -por otra parte- en la autopublicidad, sintetizó la situación recibida con la expresión dramática de “destrucción” e inmediatamente enumeró los logros de estos casi tres meses de gestión. Además, enunció de manera general una serie de iniciativas que, en la mayoría de los casos, no se especifica cómo podrán concretarse.

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Abordó diversos aspectos del campo económico, con algunas propuestas interesantes. Sin embargo, es un error presentar a la actual situación económica como el resultado de los últimos cuatro años, exclusivamente. Si realmente hay convicción en ese diagnóstico, se corre un riesgo alto de errar en la búsqueda de soluciones.

Es indudable que la coyuntura macroeconómica se deterioró en los últimos años; el discurso incluyó algunos datos al respecto, como la disminución del empleo privado registrado y la caída de la producción industrial. El matiz necesario en este caso es que, más allá de las oscilaciones coyunturales, la tendencia de crecimiento de la actividad económica se encuentra estancada desde 2011, lo cual incluye los últimos dos períodos presidenciales completos. La tasa de inflación es elevada (mayor al 20 por ciento anual) desde 2007 y en adelante su tendencia en el tiempo es de crecimiento sostenido. Es decir que, a diferencia del primer discurso ante la Asamblea de Macri, Fernández debió incluir algún mea culpa por la parte de la “herencia” que le corresponde a su partido de procedencia. 

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Pero sobre todas las cosas, con tanto por hacer y con tan poco tiempo (cuatro años pasan volando) ya no aplica que cada presidente que asuma machaque sobre el pasado. Si se postulan, es porque consideran que pueden aportar la solución. Y es por ello, porque se los cree capaces de solucionar, que se los votó. Entonces, más que un reporte del pasado, necesitamos saber lo que viene. Aún no conocemos los detalles de la orientación de la política monetaria y fiscal del actual gobierno. El presidente dejó claro que primero se renegocia la deuda, y después se pensará el resto de la política económica. Lo que sí se mencionó es la baja de la tasa de interés de referencia por debajo de cualquier medición del aumento anual del nivel general de precios.  Esto puede ser positivo para el impulso de la actividad económica en el corto plazo, pero sostener tasas de interés reales negativas (esto es, una tasa de interés menor a la inflación anual) tiene un riesgo importante y es que anula el ahorro porque conservar pesos es un costo. La falta de ahorro de los agentes económicos en pesos es uno de los motivos por los cuales sostenidamente buscamos financiamiento externo y caemos en crisis de deuda.

En ningún momento hizo alguna referencia a la relación del proceso inflacionario con nuestra moneda nacional, su tasa de emisión o la demanda que hacen de la misma los consumidores y empresas para sus transacciones.

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Ya es hora que, respecto de la inflación y de cómo combatirla, no se caiga más en dogmas preconcebidos: si la inflación es un fenómeno estrictamente monetario, si se debe a la inercia generada por la indexación automática de contratos, si se debe a remarcaciones de secciones de la cadena de valor de productos de consumo masivo con demasiado poder de mercado, o acaso a los aumentos salariales por negociación colectiva.

Nuestra historia económica reciente indica que todas las mencionadas juegan un rol. Vamos a tener que buscar un equilibrio monetario razonable, a la vez que fomentamos la competencia de mercado como sistema natural de control de precios,  y buscamos reducir las indexaciones automáticas y negociar cuidadosamente los convenios colectivos de trabajo.

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Desde este punto de vista parece buena noticia la creación de un consejo económico y social, de composición plural, y cuyas funciones excedan un mandato presidencial. El énfasis en el desarrollo económico sostenible, en su triple dimensión de eficiencia económica, sostenibilidad social, y equilibrio ambiental, es una promisoria declaración de intenciones. También se habló de equidad territorial  y de una nueva ley de hidrocarburos que, en sintonía con el estímulo económico y el cuidado ambiental, pueda atraer la inversión extranjera necesaria. Ojalá todas estas intenciones se traduzcan en acciones que nos lleven a buen puerto.

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