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Siempre es con más recursos para la educación y no con menos

27 de enero de 2024 a las 12:00 a. m.

A la educación se le piden muchas cosas, sin embargo, a menudo las cuestiones inherentes al sistema educativo son analizadas bajo el mismo prisma que otras cuestiones y sujetas a las mismas variables de ajuste. Aunque el ámbito educativo no puede ser una isla de lo que sucede en la sociedad, tampoco puede ser el blanco de todos los embates. 

La educación en Argentina constituye una política pública que fue capaz de superar las antípodas ideológicas de gobiernos de izquierda y derecha. Quizás porque el país tiene una larga tradición que transformó a lo educativo en el pilar fundamental para propiciar el ascenso social y brindarles a las personas las herramientas necesarias para edificar su futuro.

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 Desde el nivel inicial hasta la universidad todos los escalones del sistema educativo funcionan como poleas de transmisión de los valores de una cultura y encarnan un bien que nadie estuvo dispuesto nunca a perder. Esto no invalida la necesidad de implementar transformaciones profundas que vayan dotando a las instituciones educativas de lo que necesitan para resultar pertinentes a la realidad actual. 

Cuando se piensa en el mundo del trabajo, en el desarrollo y en el crecimiento del país en un escenario que cada vez con mayor frecuencia pone al conocimiento como motor del cambio, la mirada se detiene casi exclusivamente en la educación secundaria y más aún en la educación superior. Aunque el sistema educativo es uno solo y ningún eslabón puede ser escindido del otro, este comentario se centrará en la educación superior universitaria, en tanto ha sido la estructura del sistema educativo formal que durante el último tiempo se ha puesto en tela de juicio en el debate electoral y en el presente estará sujeta a ajustes que amenazan con condicionar su funcionamiento autónomo.

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Desde fines del Siglo XIX el país se encaminó a construir una educación superior universitaria de excelencia, la mejor de la región, con universidades de la jerarquía de la UBA, de la Nacional de Córdoba o de la Nacional de La Plata. Llegando a alcanzar su esplendor entre los años 1955 y 1966, donde la Argentina se ubicó entre los diez países del mundo por su producción científica.

En el presente el país cuenta con más de 130 universidades de gestión pública y privada, y cerca de dos mil institutos terciarios. Y si bien hubo progresos en algunos aspectos durante las últimas décadas, como el aumento de la cantidad de instituciones que permitieron en parte mayor cobertura territorial y una oferta académica cada vez más amplia y variada, hay indicadores preocupantes, que desde luego están en línea con la crisis educativa por la que atraviesa la Argentina en todos sus niveles, retroalimentada bidireccionalmente con el contexto socio-económico. Solo basta mencionar por ejemplo que según el Observatorio de Argentinos por la Educación sólo 13 de cada 100 alumnos que inician la primaria terminan la secundaria a tiempo y con el nivel esperado en lengua y matemáticas, punto de partida en caso de continuar hacia la educación superior.

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Un informe, del Centro de Estudios de Educación Argentina de la Universidad de Belgrano, indica que la Argentina tiene más estudiantes universitarios que sus países vecinos de Brasil y Chile, pero menos graduados. Por otra parte, según la Secretaría de Políticas Universitarias el promedio de tiempo en que los estudiantes universitarios argentinos logran graduarse es de nueve años, y apenas el 29,6 por ciento de los estudiantes que se gradúan lo hace en el tiempo previsto para sus respectivas carreras.

¿Es con políticas de ajuste que se modificarán estos indicadores? ¿Es cuestionando la génesis de la educación universitaria pública y tiñéndola de ideología partidaria que se asume el embate o la defensa de la universidad como institución?

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Más allá de cualquier vertiente ideológica, el país necesita más y mejor educación pública de calidad y la formación de nivel superior no es ajena a este imperativo.

La Argentina debe defender y cuidar su educación universitaria libre y gratuita y seguir promoviendo que sea cada vez más accesible para aquellos que aún no están en las aulas de las universidades e instituciones de educación superior. Esto se consigue con más recursos y no con menos. Es con más articulación entre los niveles educativos- fundamentalmente con el nivel secundario- y no con menos que se lograrán las transformaciones que el país necesita para superar de una vez y para siempre sus crisis repetidas.

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Es con más alianzas con un sistema científico robusto y con más políticas de extensión que se fortalecerá el vínculo de las instituciones educativas con la comunidad de la que son parte. Y para ello hay que volver sobre los orígenes, entender que hay espacios que no pueden quedar sujetos a las coyunturas mezquinas de la política, sino establecerse como políticas de Estado que respeten a rajatabla uno de los principios fundantes de la educación superior en el país: la autonomía.

Todo lo demás irá a contracorriente de lo mismo que se pretende. Y en el afán de ordenar cuentas públicas que se han desordenado por otras razones, se lesionará el funcionamiento de un sistema que ha hecho de la inclusión una bandera.

La educación en general y la educación superior en particular están convocadas a repensarse para hacer frente no solo a los rápidos avances tecnológicos, sino a la realidad socioeconómica y cultural de marcado deterioro. La educación es un aspecto transformador y modelador como pocos de las sociedades y desde esta convicción es siempre con más y mejor educación y no con menos recursos como se cimientan las bases de ese porvenir.

Decir que Argentina cuenta con uno de los sistemas educativos más importantes de América Latina y mirar hacia atrás con nostalgia los procesos de movilidad social ascendente que propiciaba la educación pública en el país, sirven como sustrato para construir hacia adelante un mejor destino. Argentina en materia de educación, como en la mayoría de los temas de interés público, necesita dar un salto a la modernidad. Pero resulta sumamente difícil pensar en esa herramienta condicionando sus recursos, limitando su accionar poniéndolo bajo la misma lupa con la que se analizan otras variables de mercado. La educación es otra cosa. En lo educativo, como en lo sanitario y en lo social, no se puede nivelar para bajo, tampoco en materia de recursos. Es con más y no con menos que será posible devolverle a lo educativo las herramientas fundamentales para que pueda contribuir a la reconstrucción que le devuelva genuinamente al país su competencia perdida.

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