Se pudo contra mucho, ahora es el turno del alcoholismo juvenil
Si retrotraemos nuestra memoria a la década del 80, a sus costumbres, a su cultura, a nuestros consumos, coincidiremos en que mucho de lo que era normal, hoy sería un escándalo. El humor, los programas de TV, las conductas sociales aceptadas hoy no tendrían cabida. Es más, serían motivo de censura. Pensemos en las mesas de café y restaurantes envueltas en nubes de humo, recordemos el tratamiento a la mujer en los pasos de humor de Olmedo y Porcel, todo lo que era parte de la vida cotidiana, de la rutina, hoy es reprochado cuando no ha sido ya desterrado. Cómo hemos cambiado hábitos y conductas en nuestra sociedad en las últimas tres décadas, por poner un punto en la recta del tiempo. Algunos cambios, no todos, han sido altamente positivos.
La mirada respecto de las mujeres que evoluciona rápidamente en estos últimos años. El modo de relacionarse entre hombres y mujeres que ha cambiado tanto, la forma de ir trocando ese machismo de sociedad patriarcal, que tanto daño silencioso hacía al colectivo femenino que no tenía derechos civiles ni políticos. Si como decíamos hasta el humor ha cambiado respecto de las mujeres: hoy resulta intolerable que el capocómico de un espectáculo haga chistes misóginos a costa del cuerpo de esa mujer, porque hay un rechazo a la cosificación. Y la evolución sigue, porque nunca se logra el todo, hay que acorralar lo más peligroso de las relaciones entre dos: el femicidio, el punto más alto de la violencia de género, que debemos desterrar.
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También hemos cambiado la mentalidad respecto del cigarrillo, logrando que frente a adultos claramente fumadores, haya una nueva generación que mayoritariamente no pita. No fue un cambio de hábitos espontáneo, fue una larga lucha que involucró a buena parte del mundo, tanto con leyes que enfrentaban a la poderosa industria del tabaco, por ejemplo prohibiendo la publicidad de las marcas de cigarrillo, hasta eliminando el pucho de las películas y de la televisión. Porque uno de los efectos que se causaba era el de asociar al fumador con el ganador o con la mujer deseada. Y eso se terminó. Hoy que no se puede fumar en lugares cerrados; los que quieran hacerlo deben salir y soportar las inclemencias del tiempo y la incomodidad contrastable con aquellas sobremesas de los 80. En aquel tiempo hubiera resultado inadmisible exigirle a un cliente que dejara el lugar para fumar. Sin embargo, merced a fuertes campañas de concientización en las que incluso se obligó a la industria tabacalera a publicitarse en contra de sí misma y se puso por encima de todo la cuestión sanitaria, hoy lo que es inadmisible es fumar bajo techo en lugares públicos. Lo han tenido que hacer los grandes y los más jóvenes ni siquiera entraron masivamente al vicio.
¿Podremos lograr algo similar con los jóvenes respecto del alcohol que está causando estragos entre nuestros adolescentes?
Por estos días para los chicos menores de edad (y para sus padres) es inadmisible una salida con amigos sin alcohol de por medio. Lo mismo que sucedía antes con la imposible disociación de pucho y café. Pero con el cigarro se trabajó seriamente y sin concesiones y se pudo, por eso nos atrevemos a pensar que con el alcohol en el plan de diversión de jóvenes también se puede, siempre que se trace el objetivo con la misma vehemencia.
La ley establece una edad para poder comprar y consumir bebidas alcohólicas en casi todos los países. Esto se debe a que el consumo de bebidas alcohólicas en menores de edad tiene repercusiones en la salud y el desarrollo de la persona.
Sin embargo en la Argentina, la cerveza, el vino, el Fernet y otras bebidas con más graduación alcohólica incluso, son de uso corriente de chicos y chicas. Tanto que, en realidad, salen para tomar, para emborracharse, más que para otro tipo de diversión.
Los estudios revelan que el consumo de bebidas alcohólicas en menores de edad, los episodios recurrentes de consumo en la adolescencia y beber todos los días hasta emborracharse pueden afectar negativamente el desarrollo mental, los hábitos de estudio y el desarrollo de las habilidades necesarias para la vida adulta. Ni hablar del daño sobre el sistema digestivo, especialmente el hígado. El tema es con cuánta insistencia se habla de ello en las casas, las escuelas, en la TV, en las redes como para paulatinamente lograr el cambio de conciencia que se logró con el cigarrillo. Y también cuán arduos son los controles como para que el consumo indebido de alcohol sea legal y moralmente sancionado como sucede hoy con el cigarrillo. A esto, respecto de Pergamino, es sencillo responder: los controles son de escasos a nulos. Sí está la mirada sobre ciertos puntos de ventas, como supermercados de trayectoria nacional y local, o los boliches habilitados. Es tal su exposición que están compelidos a cumplir para no pagar multas o perder sus habilitaciones. También justamente por ser tan visibles y concurridos, son fáciles de controlar. Pero en simultáneo son cientos los kioscos, almacenes de barrios y ventas on line -que por cierto todos los pergaminenses conocen- que comercian lo que quieren, cuando quieren y a quien quieren.
Tampoco los padres de familia, en general, parecen muy comprometidos en combatir este pésimo hábito de sus hijos, que pone en riesgo su presente e hipoteca su salud futura. Los jóvenes se encuentran en constante peligro porque fisiológicamente se encuentran todavía experimentando cambios en su desarrollo. El cerebro del adolescente se encuentra en un alto nivel de desarrollo y precisamente por estos importantes cambios que atraviesa el cerebro del adolescente es más vulnerable a los efectos nocivos del alcohol en comparación con un cerebro adulto.
El alcohol perjudica las áreas del cerebro responsables del aprendizaje y la memoria, las habilidades verbales y la percepción visual-espacial. Debido a que la adolescencia es una etapa muy importante para el desarrollo cerebral, el consumo de alcohol puede tener efectos negativos a largo plazo en su vida adulta.
Los jóvenes además corren el riesgo de desarrollar conductas perjudiciales debido al alcohol que incluyen problemas en sus relaciones, accidentes viales y relaciones sexuales de alto riesgo, porque pierden la conciencia en la borrachera. Estas conductas tienen sus propias consecuencias para la salud y seguridad de los jóvenes, que incluyen daños al desarrollo cerebral, riesgo de lesiones y muerte y un mayor riesgo de participar en actos de violencia.
Se pudo con el cigarrillo, se pudo con la misoginia; ahora ha llegado el momento de encarar seriamente esta problemática, porque la situación no va a cambiar sin la intervención de la familia en particular y la sociedad en general, con un plan de acción serio y multidireccional del Estado, a través de efectores educativos, sanitarios y comunicacionales. En este caso no hacen falta nuevas leyes porque ya están; hace falta que se esmeren en hacerlas cumplir. Los test de alcoholemia llegan tarde, acá se trata de imponer el rigor de la ley antes que se produzca el consumo, empezando por sancionar a los expendedores que evaden la ley y que todos conocemos, siguiendo por los adultos responsables del menor que compra y/o consume, continuando con el mayor que hace un consumo abusivo.
Como sucedió con el cigarrillo, hay que hacer campañas para que se conozcan los riesgos que implican tomar tanto alcohol siendo tan joven, y deben estar incluso en las etiquetas de las bebidas. Son riesgos que deben conocer los jóvenes pero también los padres que muchas veces creen que emborracharse todos los fines de semana es una etapa que tienen que pasar. No es cierto y la realidad es que es más cómodo creer eso para no enfrentar, muchas veces, al hijo o hija adolescente.
Se pudo con otras malas costumbres. Podemos luchar contra el alcoholismo juvenil y tenemos la obligación de encararlo.













