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Se huele un “fin de ciclo” en la región

15 de marzo de 2016 a las 12:00 a. m.

Los países, y en esta globalización más aún, son el resultado de sus movimientos externos y de las circunstancias de su región. No se trata de un efecto contagio en términos concretos, pero sí de vivir momentos similares y reaccionar con los mismos entusiasmos o cansancios de acuerdo a la marcha de las naciones. En América Latina una oleada de gobiernos socialistas y populistas fueron la marca de los últimos 10 años, Uruguay, Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, Bolivia, algunos con caracterizaciones más fuertes que otros.

Estos procesos se desarrollaron con más o menos suerte; en Uruguay y Chile con más tranquilidad porque son socialismos de raíces capitalistas; en Brasil con un final abierto en medio de una gran crisis; la Argentina ya con un pie afuera por el giro hacia la derecha que significó la llegada de Mauricio Macri a la presidencia; en Bolivia con singular éxito hasta el momento, aunque la salida de Evo está asegurada porque el pueblo se expidió en contra de reelecciones indefinidas; y en Venezuela en medio del peor desastre de la región. 

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Sin dudas, el gigante de todos estos es Brasil, donde se produjo este fin de semana la mayor protesta de la historia en contra de Dilma y Lula. El dato curioso que señalaron los medios locales fue la presencia de carteles en manos de los brasileros que rezaban frases del estilo “Menos Venezuela, más Argentina” o que hablaban de la envidia (impensada) que sentían hacia nosotros por haber salido del modelo populista.  

Tras los hechos, Dilma se reunió con sus ministros más próximos para evaluar el impacto de las manifestaciones donde, concretamente, le piden que renuncie, que se termine la corrupción y que alguien más tome el timón político para salir de la crisis económica en que están sumidos.

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El problema de Brasil es que la gente tampoco quiere a la oposición, que también aparece manchada por la corrupción, de modo que se vive una suerte del “que se vayan todos” que se vivió en la Argentina en el 2001. Ya que cuando gobernadores y senadores opositores quisieron sumarse a las marchas fueron echados sin piedad por los manifestantes.

Lo cierto es que con seguridad en Brasil se anticipa, como en Argentina, un importante cambio de signo político en el gobierno.

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El triunfo de Mauricio Macri sin dudas ha despertado una ola de expectación ante la posibilidad de que la balanza latinoamericana se incline hacia la derecha, tras muchos años de gobiernos populistas de izquierda. Pero no se trata solo de una inercia pendular sino que responde a un marcado deterioro de las economías de los países en cuestión.

Sin plata no hay populismo posible; he aquí el motivo de la debacle de algunos y la continuidad de otros. Según se fueron diezmando los recursos (por cambios de coyuntura internacional o por mala administración), se fueron desgastando las gestiones. Recordemos que esta saga de gobiernos populistas tomó el poder al inicio de un auge de los commodities que duró una década. El fin de esta bonanza y los escándalos de corrupción significan el principio del final de la “marea rosa”. 

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Mientras que algunos gobernantes populistas, como el boliviano Evo Morales, siguen siendo populares y permanecen firmemente arraigados al poder, otros fueron desvaneciendo, primero gracias al derrumbe de los precios de las materias primas que alimentó oportunamente las exportaciones de estos países, y luego por los escándalos de corrupción. Y lo ponemos en este orden porque es muy propio del ciudadano latinoamericano detonar por el bolsillo y a partir de ahí empezar a sopesar la honestidad de sus gobernantes y las malas gestiones macroeconómicas. Recién entonces aparece el deseo de cambio de los votantes.

En Brasil, Dilma Rousseff, exguerrillera que pertenece al Partido de los Trabajadores, lucha contra un índice de aprobación del 10 en medio de la mayor crisis económica del país en 25 años y un escándalo de corrupción que hace pus por todos lados.

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Decíamos que en Bolivia, Evo transita con singular éxito (medido en términos de aprobación popular y resultados económicos) su tercer y último mandato. Y será el último porque el pueblo así lo quiso, dejando en claro que más allá de los logros y el bienestar alcanzado, no avala esta eternización de los líderes en el poder, tan arraigada en la matriz populista. Si Evo marca la diferencia es porque sus principales fuentes de ingresos por exportación que son los hidrocarburos (gas) y los minerales, mantienen su nivel de precio y demanda. Y mientras ingresen divisas a un país, todo populismo es posible. 

Venezuela en cambio atraviesa su peor contracción económica, después de caer 4 por ciento en 2014, un 10 por ciento el año pasado y un estimado 6 por ciento para este 2016. Qué decir de Maduro que no sepamos, solo en su favor podemos afirmar que no contó con la misma coyuntura que Hugo Chávez, que se valió del alto precio del petróleo que para mostrar la cara más nefasta del populismo: la que no saca a nadie de la pobreza sino que da limosnas a manos llenas. 

La ecuación es sencilla: cuando no hay dinero, no hay populismo. 

Pero no todos los gobernantes de izquierda de la región fueron populistas. Los de Chile y Uruguay, por ejemplo, adoptaron políticas de libre mercado al tiempo que han expandido los programas de bienestar social. Argentina y Venezuela, en cambio, recurrieron a la nacionalización de empresa y la impresión de dinero para financiar la transferencia de efectivo a los sectores de menores recursos, lo que agravó la inflación pero les aseguró la lealtad de millones de votantes.

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Los populistas tomaron el poder al inicio de un auge de los commodities que duró una década. Venezuela, que posee las mayores reservas petroleras del mundo, obtuvo miles de millones de dólares en ganancias de la venta de crudo durante los años de Chávez. Brasil se convirtió en un líder mundial en productos como el pollo, el mineral de hierro y el jugo de naranja.

Pero la mayoría de los gobiernos no ahorró para la época de vacas flacas.  Conforme el dinero ingresó a raudales, aumentaron los escándalos de corrupción. Los de acá los conocermos y Brasil está envuelto en un escándalo de sobornos de Petrobras, en el que ha sido implicado el partido de gobierno, con Dilma y Lula a la cabeza.

La marcha opositora del sábado en distintas ciudades de Brasil marcó precisamente el inicio de la “presión de calle” para que Dilma renuncie, y a la vez para que se celebre un referendo revocatorio de su mandato.

En este marco la Argentina hizo ya un cambio importante y salió airosa, en términos políticos, porque la salida del kirchnerismo se dio por la vía democrática. ¿Fue nuestro país el primer clavo en el ataúd del populismo latinoamericano?

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