Se cerró la causa Maldonado, que mostró lo peor de nuestra sociedad
Esta semana que dejamos, el juez de Rawson Gustavo Lleral cerró la causa por la muerte del artesano Santiago Maldonado y sobreseyó al único imputado, el gendarme Emanuel Echazú. De esta manera no se determinaron responsables penales por su fallecimiento, pero según dijo la familia del militante social, el magistrado les habría revelado que realizó este cierre debido a que había sido extorsionado para ello, lo cual fue desmentido por el propio juez. Controversial y teñida de intereses políticos como lo fue desde el principio, se cierra un capítulo negro de la historia argentina. Y no lo decimos por la muerte de Santiago en sí misma, la que provoca sincero luto, sino por el macabro uso que algunos inescrupulosos hicieron de ella, al que otros asintieron, tal vez desde su más íntima convicción.
Aunque no se realizaran marchas por ello, la mayoría de los argentinos no creyó las mil y una versiones fabuladas desde los distintos sectores políticos y de derechos humanos.
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Desde el 1º de agosto de 2017 a la fecha vimos acciones espantosas, delirantes, y macabras. El período de búsqueda de Santiago coincidió con la campaña electoral, así que todas las elucubraciones que por entonces se barajaban tenían este telón de fondo.
Recordemos, por ejemplo, a los abogados de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos enviados por la exprocuradora Alejandra Gils Carbó, que aceptaron interrogar a mapuches anónimos y encapuchados, que relataron cómo los gendarmes se habían llevado a Maldonado a Esquel. Uno de ellos luego cambió su versión, se transformó en el testigo E, y declaró la verdad ante el juez Lleral. Y en esa rectificación de sus dichos que hizo ante el magistrado relató cómo fue invitado a cambiar lo que él había visto (de hecho fue el último en ver a Santiago).
La familia Maldonado no quería -ni quiere- aceptar ninguna otra versión que no fuera la desaparición de Santiago a manos de Gendarmería. Sergio Maldonado fue en este sentido, el ariete útil para las causas de otros.
Luego apareció el mapuche con binoculares, Matías Santana, que mintió hasta cansarse. Hizo ante los medios el show de cómo se habían llevado a Maldonado desde la orilla del río. Fue un pormenorizado relato trucho de los acontecimientos.
Mientras eso sucedía en el sur, en el resto del país médicos kirchneristas salían a las salas de atención de los hospitales públicos, y llamaban a Santiago Maldonado unos instantes. Luego, afirmaban No está... se lo llevó Gendarmería. En aquellas semanas, cientos de chicos de escuelas primarias llegaban a sus casas, y decían que a Maldonado se lo habían llevado los gendarmes.
La campaña de mentiras por razones políticas consiguió que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la ONU se preocupen por el caso, hasta que levantaron medidas sobre la Argentina, una vez conocida la autopsia del joven. Aquí no, aun cuando 55 peritos confirmaban un muerte no traumática, una parte del país siguió sosteniendo que a Maldonado lo mató la Gendarmería.
Cabe recordar al juez Guido Otranto, que lo mandaron a su casa cuando la familia lo recusó porque decía que lo más probable era que Santiago estuviese en el río. Recibió felicitaciones silenciosas cuando el cuerpo apareció.
Hubo exageraciones del otro lado también. La palma de oro se la lleva Elisa Carrió, cuando dijo que había un 20 por ciento de chances de que Maldonado se hubiese ido a Chile.
Además de resultar increíble que alguien pueda realmente lucrar políticamente de la muerte de otro, tales maniobras no hicieron más que dilatar la causa, porque cada pista debió ser investigada. Todo ello quedó recogido en las 263 páginas del fallo con el que esclareció la muerte de Santiago Maldonado. El juez federal de Rawson, Gustavo Lleral, no dejó prueba sin ponderar, testimonio sin sopesar ni elucubraciones sin refutar.
Su exhaustivo dictamen sintetiza los 16 meses de frenética pesquisa, desde que se perdió rastro de Santiago el 1º de agosto hasta anteayer, cuando se concluyó con el último análisis pericial sobre su DNI, hallado en perfecto estado, lo que atizaba, entre otros planteos de la familia Maldonado, la teoría de que el cuerpo de Santiago había sido plantado.
El magistrado denomina su fallo como la verdad real, a la que sostiene haber arribado por un copioso cúmulo de pruebas científicas contrapuestas con testimoniales que juzgó clave. Todo ello ratificado por trabajos de campo posteriores a la necropsia y a las conclusiones de la junta de peritos que terminaron de despejar hendijas de duda. Entre estos están la recolección de muestras adicionales dentro del Pu Lof y las poco difundidas inmersiones de buzos de la Prefectura Naval en diciembre del año pasado, que relevaron la profundidad, complejidad y extensión del pozón del río Chubut. Es decir, la escena primaria del hecho: el lugar donde emergió, producto de su descomposición, el cuerpo de Santiago Maldonado.
Entre aquellos testimonios considerados clave, en su fallo Lleral expuso los dichos del mapuche Lucas Pilquiman, el testigo E, y el de su hermana Ailinco. Esta última, según reveló, le señaló el lugar donde podría hallarse el cuerpo de Santiago, mientras que el primero le arrimó la convicción de que Maldonado se ahogó en soledad sin que nadie pudiera observar aquella trágica escena.
En su huida hacia el río, librado a su suerte, sin saber nadar, con su ropa y calzado mojados convertidos en un plomo y equivalentes a un tercio de su peso corporal, Santiago-sostiene el juez- libró una batalla desigual: la temperatura extrema del agua, el extenso pozón en aquel remanso del río de más de dos metros de profundidad y el caos de raíces tejiendo coladores convirtieron a ese lecho en una trampa mortal. Santiago Andrés Maldonado-dice Lleral-sucumbió en aquella hondonada de más de dos metros de profundidad, de la que nunca pudo salir. Y allí falleció ahogado, en aquel mismo lugar donde pretendió ocultarse, víctima de un cuadro de asfixia por sumersión coadyuvada por hipotermia.
Ningún gendarme tomó contacto físico con Santiago, ninguno lo vio sumergirse en el río Chubut y ninguno lo vio desaparecer en esa hondonada donde lo esperaba la muerte, expresa en otro tramo.
Tras esa arquitectura de reconstrucción minuciosa de marcado de tono argumentativo y empírico, la resolución de Lleral muta en el final al ensayo hacia un fuerte rechazo moral hacia las tergiversaciones, elucubraciones y manipulación de la información por parte de medios de comunicación y redes sociales. Sin disimulos, pone en evidencia la divergencia de intereses egoístas entre las propias agrupaciones de derechos humanos, incapaces-sostiene-de cohesionarse en una sola querella para no dilatar la causa y encontrar rápidamente a Santiago como en su momento se sugirió.
Parece una contradicción pero no lo es: puede tratarse de una entidad que brega por los derechos humanos y, al mismo tiempo, tener intereses egoístas. Es algo que los argentinos tenemos que saber y aprender a distinguir. Luchar por una buena causa no da chapa de buena persona.
Como corolario de un fallo que se reserva, además, un espacio como espejo social y también como una suerte de diario íntimo de lo observado desde su magistratura, escribe Lleral: Mientras el tiempo transcurría sin que hubiera una respuesta, se tejieron las más diversas conjeturas sobre la desaparición de Santiago. Recorrieron el imaginario colectivo las más variadas hipótesis de sucesos fantasiosos, desprovistos de toda realidad. Sin importar, por supuesto, las heridas de los familiares y de quienes sentían a Santiago de manera cercana a sus vidas. Sin embargo, la verdad se mostró sencilla, sin fascinaciones. Santiago estaba en el lugar donde lo vieron por última vez. Allí, él, solo, sin que nadie lo notara, se hundió, en ese pozo en el que minutos antes Lucas Ariel Naiman Pilquiman había evitado caer cuando se propuso cruzar el río luego de animar a Santiago a realizarlo. En ese lugar, murió ahogado, sin que nadie pudiera advertirlo, sin que nadie pudiera socorrerlo. Ni los gendarmes que los perseguían en medio del operativo, ni los miembros de la comunidad a la que Santiago fue a apoyar en sus reclamos.
En la mayoría de los países del mundo (democrático, se entiende) el informe pericial y el fallo judicial echarían luz, claramente, sobre la desaparición forzada que no la hubo, salvo que un gendarme le hubiese sostenido la cabeza bajo el agua, lo que también se reflejaría en la autopsia y no hay nada que así lo indique.
Pero en la Argentina somos los campeones mundiales del escepticismo cuando la verdad no nos cuadra con nuestra manera de pensar o no nos es funcional a un esquema mental preconcebido. En lo pequeño, cotidiano, como en lo grande, nos cuesta decir me equivoqué o tenés razón. Mucho más si se trata de ceder ante una posición ideológicamente contrapuesta. Lamentablemente lo vemos desde los bares hasta el Concejo Deliberante. Ni las buenas ideas de otros somos capaces de reconocer, sencillamente porque son del otro lado.
Pero hemos llegado a un punto sin retorno como sociedad, que es el de poner en duda un fallo judicial de este tenor. Sí, el lector podrá decir que hemos conocidos muchísimos fallos amañados por la política, y es verdad. Pero en este caso es la ciencia, a través de 55 peritos -entre ellos los del Equipo Argentino de Antropología Forense-, la que sustenta el fallo. Es más, fue la ciencia la que permitió arribar a la verdad real, porque de haber sido por los testimonios, todos embarrados según después se pudo establecer, hubiésemos llegado a la verdad que les servía a algunos.
Con nuestra pesada historia, las horrendas implicancias que tuvo en el pasado la figura de desaparición forzada de personas, se debiera tener más respeto por ciertas palabras que remiten a la etapa más oscura del proceso militar pasado hace ya más de cuarenta años.
Lamentablemente, todo asunto que ingresa en la maldita grieta aleja a propios y extraños de tener verdades que sean aceptadas por todos como debiera ser cuando está la prueba a la vista. Aquí el relativismo es lo que impera; de acuerdo a la vereda en la que nos paremos no importa la verdad sino lo que se quiera creer y eso en una nación termina por ser peligroso.
















