Saber darse cuenta: sin legitimidad no hay gobierno que beneficie a los ciudadanos
A raíz de la tesis que vamos a desarrollar en nuestro comentario editorial, reflexionamos sobre un tema particularmente difícil: el poder, sus alrededores y el tipo de liderazgo que conviene a las sociedades modernas. El polémico filósofo alemán Max Weber, considerado uno de los fundadores del estudio moderno de la sociología y la administración pública, analiza este tema en profundidad, en una época en la cual el mundo era básicamente distinto, pero el ser humano ya tenía las mismas pasiones de siempre. No pretendemos emularlo en este caso, pero sí extender la mirada en los ejemplos que algunos liderazgos ofrecen y las consecuencias que traen a las sociedades donde gobiernan.
Y buscando quizá los ejemplos más extremos en su diversidad que son los que suelen ofrecer más aristas para la comprensión del tema, tomamos dos países que por distintos motivos vienen atravesando una crisis de liderazgo en este momento: el Reino Unido y Venezuela. Se trata de naciones con historias distintas, culturas muy diferenciadas, pero ambas están sobrellevando por estos días una situación compleja a causa de sus mandamases. Y buscamos dos países tan distintos porque en el modo en que afrontan sus problemáticas se explican liderazgos muy diversos, por no decir antagónicos.
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Venezuela atraviesa por un momento durísimo de su economía y su estructura política. Nicolás Maduro no solo no pudo sostener las reformas iniciadas por Hugo Chávez, cuyo fallecimiento nos exime de imaginar cómo hubiesen evolucionado, sino que la crisis se ha vuelto alimentaria y sanitaria, que es el peor estadio al que puede llegar un pueblo. Hay que haber cometido una sucesión de errores garrafales para dejar sumido a un pueblo en la falta de alimentos, de medicamentos, clima social violento, sin un fenómeno natural o bélico de por medio. Y ante esta realidad y con la mayoría de la sociedad pidiendo un revocatorio, Maduro insiste en sostenerse en el poder a cualquier precio y recurre al ejército para administrar la crisis. Lo que traerá mayor violencia, mayores carencias y más perjuicios para el pobre pueblo venezolano. Le han cerrado al país las cuentas en los bancos norteamericanos, con lo cual no pueden pagar sus compromisos internacionales. Esto agrava la situación de Venezuela y aunque no se ignora que esta medida posiblemente sea una forma de presión indebida de parte de Estados Unidos para acelerar la crisis, es bien cierto que el Gobierno de Caracas ha hecho lo posible para arruinar una economía que, basada en el petróleo, podría ser floreciente. Y decimos que hay una presión indebida porque el cierre de las cuentas ha sido por futuros riesgos y no por una situación concreta.
En términos políticos, la legitimidad es la capacidad que permite ejercer el poder sin necesidad de recurrir a la violencia. La realidad es que el régimen venezolano, presos políticos mediante, ya no puede sostenerse salvo que sea por la fuerza. Y sabemos lo que eso significa. No cuenta hoy el presidente con la legitimación necesaria por parte de los ciudadanos como para que su gobierno sea naturalmente viable, sino todo lo contrario.
La legitimidad es un elemento esencial para el buen funcionamiento de las instituciones políticas y jurídicas. Filosóficamente, es lo que fundamenta o justifica el ejercicio del poder de uno sobre otros. ¿Cuál es la razón para el mando en los que detentan el poder y para la obediencia en los que lo soportan? La fuerza es, sin duda, una razón, mas no puede ser la única, y esto es lo que está ocurriendo en Venezuela.
Max Weber parte del concepto de dominación entendida como la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos. En toda dominación la obediencia está ligada a motivos materiales y afectivos, pero a ellos hay que añadir otro factor: la legitimidad. Para él existen tres tipos de dominación legítima (entendida como delegación del poder en una persona para acatar sus decisiones): de carácter racional, de carácter tradicional y de carácter carismático. En el caso de la autoridad racional se obedecen las órdenes impersonales y objetivas legalmente establecidas y a las personas por ellas designadas. En el caso de la autoridad tradicional se obedece a la persona del señor llamado por la tradición y vinculado por ella, propio de las monarquías y sistemas teocráticos. En el caso de la autoridad carismática se obedece al caudillo calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o ejemplaridad.
Aunque es evidente que los tres tipos weberianos no suelen darse como modelos puros, podemos decir que hoy en día en la mayoría de las sociedades actuales ya no se obedece la autoridad simplemente sobre la base del hábito o la tradición, o el carisma y el atractivo personal de los dirigentes individuales. La legitimidad del Estado se funda predominantemente en la autoridad legal, en el compromiso con un código de regulaciones legales. Hoy el poder de Maduro es vacío.
Si hablamos en términos weberianos, de legitimidad tradicional, carismática o racional-legal, lo estamos haciendo de lo que se ha dado en llamar legitimidad de origen. Sin embargo, a partir de un momento determinado se entiende que no basta con la legitimidad de origen, sino que es necesaria una legitimidad de ejercicio. Aquí es donde el poder de Maduro hace agua: sigue siendo la autoridad legalmente constituida pero su modo de ejercer el poder está ya deslegitimado por gran parte de la sociedad.
¿Tiene derecho un líder a mantenerse a cualquier precio en el poder, aun a costa de infringir semejante padecimiento al pueblo, por el solo hecho de ostentar legalmente la autoridad? El derecho lo tiene pero el costo de tener un líder carismático (carisma que no le es propio sino que lo heredó de Chávez) es demasiado alto para la nación que dice amar y defender. Es claro que la negativa de Maduro a ver la realidad, a no querer ir a un revocatorio, que es la salida democrática y constitucional para este tipo de situaciones, responde a su necesidad ya patológica de retener el poder, así sea a sangre y fuego, o a hambre y miseria, particularmente en este caso. Hoy el presidente gobierna de la manera más primitiva que es merced al imperio de la fuerza, tanto por violencia como por coacción, y solo es respaldado por la facción de la sociedad que ve en él algo del liderazgo carismático de Hugo Chávez. Es la conciencia de que solo cuenta con estos dos elementos que hacen al ejercicio de la autoridad lo que lleva a Maduro a no someterse al revocatorio solicitado. Sabe, fehacientemente, que su gestión no será legitimada y perderá el poder. El saber que ya no cuenta con el favor del pueblo y que no está pudiendo solucionar sus males deberían ser suficientes motivos para que un mandatario busque la mejor salida posible, asumiendo una actitud de estadista al ver que no está en sus manos la solución. Pero no lo hace y en cambio, se aferra con uñas y dientes al poder, de una manera ya enfermiza, sorda y ciega, pergeñando políticas amañadas que no hacen más que profundizar este desastre que poco falta para que sea humanitario.
Como se ve, el carisma no lo es todo para ejercer el liderazgo y termina siendo nada cuando, encima, es heredado.
Por otro lado, en el Reino Unido, el primer ministro británico David Cameron renunció sin estridencia alguna. Simplemente planteó que no podía comandar más las decisiones de una nación que había optado por un cambio de posición radical al separarse de la Unión Europea.
El premier había apoyado abiertamente seguir integrados a Europa, de modo que afirmó no estar preparado para llevar adelante el proceso de desagregación de su país, por no estar de acuerdo y se fue. Así, sin ruidos y sin aferrarse a los sillones con desesperación, el primer ministro británico, acompañado de su mujer y de sus tres hijos, llegó al Palacio de Buckingham para presentarle su renuncia a la reina Isabel II y recomendar a Theresa May como su sucesora. La que fue elegida nueva líder del Partido Conservador. Y ya es hoy la segunda mujer al frente del gobierno en la historia británica, después de Margaret Thatcher. Y esperemos que sea menos dura que la mujer de hierro agregamos nosotros, desde un mirador lejano como la Argentina.
Sencillamente, una figura asociada a una idea que fue desechada por la sociedad no podría seguir liderando el poder en nombre de las mayorías de la mejor manera. Este ha de haber sido el pensamiento de Cameron, que pasó el mando a otra figura de su mismo partido, el Conservador. Rescindió su poder personal, al ver que su imagen ya estaba deteriorada, en favor de la preservación del poder su partido e ideología, pasando el mando a una nueva líder, sin objeciones ni fracasos a cuestas. Esta es una concepción del poder inteligente y sana, lo que redunda en bien para la población y para el propio partido político, que no se hunde junto con una figura en decadencia.
La nueva primera ministra británica dio su primer discurso en las puertas del 10 de Downing Street, señalando que su gobierno combatirá la acuciante injusticia y que construirá una Gran Bretaña mejor, en una alocución de siete minutos.
Obviamente que no faltarán los opinólogos que consideren que comparar a Venezuela con el Reino Unido es poco menos que una herejía, siendo la Argentina un país latinoamericano que, además, ha guerreado con Inglaterra. Sin embargo aquí de lo que se trata es de abstraer aspectos puntuales para asumir el tipo de liderazgos que se pueden establecer en función del poder y de cómo se ejerce en una sociedad, con qué parámetros se establece la relación con el pueblo que se gobierna, con qué objetivos y, sobre todo, cómo el tipo de liderazgo repercute en la calidad de vida de la gente. Porque si el objeto es mejorar al país que se le encomienda administrar, y el resultado es desastroso, el propio líder fallido debiera facilitar la posibilidad de un recambio. No hay mayor tragedia en una nación que los liderazgos que resultan negativos se pretenden eternizar en el poder, más allá de que en la cuestión formal resulten democráticos, en la elección inicial, aunque luego llegue el deterioro de esa relación entre gobernantes y gobernados, ignorando el daño que se realiza y permaneciendo en el poder todo lo que la ley (o las armas) se lo permitan.
Las democracias, para que sean saludables, deben ser pasibles de mecanismos revocatorios, como el que contempla la constitución venezolana pero que se hace de imposible aplicación porque la respuesta es la violencia.
Los liderazgos no solo se logran a través del carisma u otros atributos que atraen a las sociedades, sino que se deben mantener en forma positiva, para beneficio de las naciones. Ejemplos de uno y otro caso hay muchos, además de Venezuela y el Reino Unido.













