Quienes vienen del infierno nos ven como un paraíso
A la inmigración regional que tenemos, se viene sumando en los últimos tiempos una gran cantidad de venezolanos, de los más distintos sectores sociales porque la crisis que atraviesan es cada vez más compleja, y llega a límites dramáticos. Y analizando lo que está sucediendo nos hemos encontrado con algunas sorpresas como veremos en el desarrollo de esta cuestión.
Según datos del informe Caracterización de inmigrantes venezolanos en Argentina, de la Untref (Universidad de Tres de Febrero), la Argentina concentra la mayor migración venezolana entre los países que no tienen frontera o están muy próximos a Venezuela, y le siguen lejos Colombia y Brasil, y Panamá. Es importante mirar a este grupo de población que está llegando al país porque no se trata de los más pobres expulsados por el hambre en su propio país, como podríamos haber imaginado, sino que son personas muy capacitadas, profesionales jóvenes que vienen a trabajar y estudiar, saliendo de una Venezuela que ya no tiene empleo ni empresas que no se haya devorado el Estado bolivariano. Y llegando al número fino el 67,2 por ciento de estos inmigrantes es profesional y el 64,7 consigue en el país empleos formales, en Buenos Aires, La Plata, Mendoza, Córdoba, Rosario y Neuquén. La mitad lleva residiendo en el país menos de un año.
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No escapa al análisis que la Argentina es, de los países de la región, en el que con más facilidad se obtienen permisos de estadía, de trabajo y documentos nacionales. Para bien o para mal, según la visión de cada uno, somos un país laxo en muchos sentidos. Por ello y por las oportunidades laborales y de estudios, según datos de la Dirección Nacional de Migraciones, la llegada de venezolanos se triplicó en los últimos 18 meses, y de acuerdo a un informe del Instituto de Políticas Migratorias y Asilo de la Universidad Tres de Febrero. La mayoría emigró por el agravamiento de la situación en su país y eligió Argentina por las facilidades que ofrece para tramitar una residencia legal, según expresaron. Concretamente, de tres meses a un año todos pueden tener su DNI en nuestro país. Según el estudio de Untref, el 50,2 por ciento ya tiene DNI argentino y residencia temporaria, mientras que el 27,4 tiene DNI y residencia permanente. Solo el 18,6 por ciento tiene el documento en trámite y el 3,1 se hizo ciudadano argentino.
Lo interesante es que la mayoría de los venezolanos que llegan al país son jóvenes profesionales, de 30 años, de clase media y que arriban con algunos ahorros y recursos como para empezar una nueva vida. Según el estudio, dos de cada tres venezolanos que llegan al país tienen estudios universitarios o de posgrado. Y una vez que logran su documentación y pueden revalidar sus títulos, sin gran dificultad consiguen insertarse en el área en que se especializaron. El 70 por ciento trabaja y el 64 lo hace en blanco.
Muchos apenas llegan a la Argentina y trabajan en los servicios, de mozos, en comercios, hasta que logran ubicarse en la profesión que traían, muchos incluso comienzan haciendo una especialización de su carrera de grado y logran más posibilidades.
Vienen del infierno y nuestro país les resulta un paraíso.
No lo perciben del mismo modo muchos argentinos que no parecen capaces de aprovechar las oportunidades que están a la mano y la terminan tomando venezolanos, sin ir más lejos. Donde ellos ven nichos de empleos ¿nuestros jóvenes qué ven? Por otro lado, esta ocupación que tienen profesionales extranjeros en nuestro país desnuda otra realidad de la que mucho hemos hablado desde esta página: nuestras universidades no graduando a los especialistas que hacen falta en la realidad laboral del Siglo XXI; siguen repletas las aulas de abogacía, contadores, administración, psicología, medicina, arquitectos en detrimento de las nuevas carreras que responden a las necesidades del mercado laboral. Y en cambio nuevas ingenierías y tecnicaturas apenas ocupan una comisión. En la enorme cantidad de universidades de que se han abierto en los últimos años, privadas y públicas, solo tener en la grilla de ofertas a las carreras tradicionales garantiza y justifica su existencia, mientras que las otras escasamente llenan un aula. Nuestra Unnoba es un caso, con su Licenciatura en Genética, por citar un caso emblemático por ser una carrera del futuro y ofrecerse en muy pocos lugares, y sin embargo su matrícula es mínima.
Alguna vez lo dijo el doctor René Favaloro respecto de la formación universitaria y su vínculo con la calidad y la posibilidad real de trabajar: En el país no pasaría absolutamente nada si se cerraran, por varios años, facultades como las de Medicina y Derecho porque tenemos médicos y abogados a rolete que no encuentran dónde trabajar. Al mismo tiempo, para cubrir puestos calificados, hay que importar gente o directamente vienen solos porque saben que los argentinos no estamos en condiciones de cubrirlos. Si lo analizamos de este modo deja de ser un interrogante el porqué estos profesionales que vienen de un país en grave crisis (y quizá por eso también) encuentran una nación de buena acogida, con empleo y posibilidades de estudio y especialización. También es evidente que hay sectores de la población que no se estarían sumando (o estarían despreciando) a muchos empleos que no necesitan de especialización, por ejemplo, y que suelen funcionar como un primer empleo, en un restaurante, un bar, un comercio como hacen quienes llegar al país.
Hay una suerte de desaliento por el trabajo y el esfuerzo en la Argentina. Un dato que lo demuestra es que ya no es común como antes que la gente se traslade hacia allí donde hay trabajo, en busca de la dignidad de llevar el pan con el sudor de su frente. En cambio, se considera una especie de derecho adquirido el trabajar a escasas cuadras de donde se vive y si no hay, pasar a vivir de la asistencia social. Tanto es así que precisamente en el programa Animales Sueltos el economista (pergaminense de origen) José Luis Espert afirmó que ha bajado la tasa de desempleo porque muchos han dejado de buscar trabajo (recordemos que esta tasa se mide mundialmente según la gente sin trabajo que lo está buscando). Son luces naranjas que se encienden, ya no amarillas, de que hay un desánimo entre muchos de los más jóvenes que parecieran esperar que alguien les resuelva la situación, sin buscar ni hacer el propio camino. Y en este sentido el Estado tiene que buscar la forma de incentivarlos, sobre todo a que abracen oficios y carreras que tengan futuro. Para que tengan esperanzas, para que desarrollen expectativas.
Es claro que quienes vienen del infierno en Venezuela, como estamos viendo, vienen con ganas, casi con desesperación de encontrar aquí un destino y por lo que indican los estudios que vemos lo están logrando. Cómo no esperar lo mismo de nuestros jóvenes, que están en la edad del esfuerzo y de las ganas de progresar.
Algo debemos estar haciendo muy mal en la Argentina en la educación escolar y sobre todo en la social para que nos sucedan estas cosas. Porque en términos de juventud nada es tan espontáneo como parece, ellos son producto de lo que han recibido en su niñez y adolescencia y evidentemente hemos fallado y mucho para encontrarnos con esta situación de desánimo y falta de interés.
Cierto es que después no podemos quejarnos de que los extranjeros vienen a ocupar nuestros trabajos, si no mostramos que en realidad los queremos y estamos dispuestos a ocuparlos.













