¿Quién capitaliza el descontento?
Es visible que las medidas de ajuste económico, el tarifazo y el incremento de la inflación junto a la baja del nivel de empleo, han generado un malestar social que impacta en las encuestas del oficialismo. La imagen positiva de Mauricio Macri que asumió la presidencia con importante apoyo, a ocho meses de gestión, atraviesa su punto más bajo. Y faltando menos de un año para las elecciones de medio tiempo, todos los analistas van poniendo la lupa en qué sector está capitalizando el descontento que ha generado el Gobierno.
La realidad en este sentido es bastante compleja, porque no hay una sola vereda de enfrente sino que hay una suerte de dispersión de la oposición que, al fin, termina por favorecer al oficialismo.
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Para capitalizar el descontento de manera efectiva, en términos electorales, debiera existir una opción fuerte que se recorte del mosaico de sectores que hoy presenta la oposición. Y la verdad es que por el momento esa situación no se ha materializado.
El peronismo, al que le está costando reunificarse bajo un mismo sector, padece el retorno de Cristina Kirchner con su estrategia para posicionarse como la líder de la oposición y dejar fuera de ese rol a otros dirigentes con aspiraciones. La expresidenta mantiene un núcleo duro y aún conserva un porcentual de apoyo que, individualmente, es mayor a cualquiera de los peronistas despojados de la estructura.
De este modo el peronismo aparece roto entre los K y los no K, cuyo derrotero parece irreconciliable. En el peronismo tradicional, aunque no tengan una figura que nuclee a todos, se inscriben los gobernadores, los intendentes y los sindicatos ahora reunificados. Algunos opinólogos consideran que serán los gremios los que encabecen la unidad del peronismo. Históricamente ha sido así pero tampoco es una sentencia porque es dable advertir que quienes hoy gobiernan no pertenecen estrictamente a una casta política, por lo que sus formas de proceder, sus métodos, son muy distintos a lo que la sociedad está acostumbrada. La forma de comunicar es uno de los aspectos en que se nota esta diferencia, de la cual todavía es prematuro hacer un diagnóstico; a primera vista, su estilo aun no cuaja, pero puede tener que ver con que la gente, acostumbrada por décadas a que el sector político se comunique de cierto modo (y también a hacer las correspondientes lecturas entrelíneas), aun no se acomodó a las formas de estos nuevos interlocutores. Del mismo modo, la forma en que se maneja el macrismo con los gremios se presenta distinta, a tal punto que aun en momentos durísimos para la clase trabajadora, se ha logrado un ambiente dialoguista. Cuando otras veces se ha estado en similar instancia y el gobierno no era peronista, la postura sindical era mucho más belicosa. Así que el rol que la CGT unificada pueda asumir en este descontento generalizado no está tan claro.
Volviendo a la capitalización política del mal humor social y sosteniendo que quien lo hará será el que se presente como el más claro oponente, nos encontramos con que tampoco allí se aglutinarían los votos en 2017. Porque sucede algo muy particular: el objetivo de Cristina es ocupar el lugar de lo que es distante a Macri, pero ese mismo objetivo es el del presidente, aunque a la inversa. Macri se sustenta entre los que no quieren kirchnerismo. Y no se equivocaría el PRO si estructura una estrategia política a partir de esa percepción. Porque al tiempo que la gente entiende que Macri no le ha traído soluciones sino más problemas, ve a la contracara, que es el kirchnerismo, como parte del problema y no de la solución.
La estrategia de Cristina, de volver a escena cuando comenzaban a hacer agua las promesas de campaña de Cambiemos, llegó justo para cuando la imagen del presidente Macri estaba en descenso debido a las medidas de ajuste. Pero termina ayudándolo ya que en su retorno, muchos independientes que votaron al PRO sin ser macristas recuerdan por qué se sumaron al oficialismo y fue justamente por su contraste con los K.
En síntesis, el rival por antonomasia de Macri, que debiera capitalizar el descontento, claramente no lo está haciendo, sino todo lo contrario. Pero hay otra acechanza para el PRO: el crecimiento que viene experimentando Sergio Massa, el tercero en discordia, el que apela a la ancha avenida del medio. En la estrategia del Frente Renovador, la postura de dadores de gobernabilidad los ha llevado a desconfiar a los descontentos del macrismo y a los peronistas más K. La postura de quedarse en medio le ha valido cierto apoyo en sectores medios que no apelan a los extremos, pero hasta ahora esta actitud no alcanza para imponerse sobre la grieta que existe entre el kirchnerismo y el macrismo.
El trayecto de Massa es el más difícil, hace equilibrio entre dos veredas muy enfrentadas, pero no logra capitalizar el descontento en los niveles que el Frente Renovador espera. Ha subido unos puntos en las encuestas, es cierto, pero en la opción de tres o cuatro expresiones rumbo a las elecciones legislativas, el PRO tiene más que ganar.
Lo que puede modificar el escenario son las reuniones que sectores del peronismo vienen manteniendo con el Frente Renovador, circunstancia que podría ampliar la base de sustentación de Massa, ubicándolo en una situación electoral de gran expectativa. Pero las rupturas del PJ no le aseguran llegar a buen puerto con estas conversaciones.
El macrismo, obviamente, sigue de cerca todas estas movidas, porque con la baja que resulta de las encuestas del oficialismo, lo que le puede garantizar el triunfo es, precisamente, que la oposición no se reúna atrás de una misma figura para capitalizar el descontento. Hay que tener en cuenta que vamos a enfrentar una elección legislativa, que despierta mucho menos interés en el ciudadano, que a estas horas tiene problemas más serios que pensar en los comicios del año que viene. Pero que, además, es cuando más se relaja con el voto. Como no se elige presidente sino solo legisladores, es cuando opta por aquellos candidatos que le interesan, más allá de que sean ganadores o no.
Las legislativas son elecciones donde el electorado se despolariza más en términos de dispersión del voto, por eso el macrismo en principio, con los números que tiene aún conserva cierta tranquilidad.
De todos modos, Macri ha enviado a todos sus dirigentes a timbrear en cada localidad, sobre todo en el Conurbano que es donde su imagen está más deteriorada. Intenta recuperar el trato mano a mano con la gente para mejorar sus números.
Como contracara, el kirchnerismo le vuelve a dar una mano al macrismo con la marcha de la resistencia, pidiendo empleo. Fue el viernes en la Plaza de Mayo y al cabo de 24 horas de protesta se realizó el acto de cierre. Los primeros en hablar sobre el escenario fueron el intendente de Ensenada, Mario Secco, el diputado Edgardo Depetri y el exministro Agustín Rossi. Los tres lanzaron duros cuestionamientos a la gestión macrista y elogiaron a Cristina. Luego fue el turno de Hebe de Bonafini, quien no tuvo empacho en insultar al presidente. El último en hablar fue Máximo Kirchner, quien brindó el discurso más extenso. A lo largo de su alocución, cargó contra el Gobierno, pero enfatizó una y otra vez que no había intención de desestabilizar.
Esta marcha generó rispideces en el peronismo y en el massismo, donde se opina que, al fin, estos actos benefician al oficialismo y cuyo interés en hacerlos es blindar a Cristina en sus causas judiciales, mostrando poder de movilización.
Mientras la política teje y desteje como Penélope, el descontento social aún no tiene destino claro. Solo podemos asegurar que no es el kirchnerismo.

















