¡Qué pesada herencia para Vidal y Ritondo: la policial y la penitenciaria!
El año comenzó con la misma zozobra que culminó el anterior, esperando que atrapen a los tres asesinos del triple crimen de General Rodríguez, fugados de una cárcel de máxima seguridad. Al cierre de esta edición, su paradero seguía siendo incierto.
Son muchas las versiones, a las que podemos hacer luego referencia, pero la mayoría son suposiciones. Entonces, comenzamos con las certezas: a los hermanos Martín y Christian Lanatta y Víctor Schillaci, un corrupto servicio penitenciario que viene de larga data, como muchas veces hemos apuntado en esta misma página, les abrió literalmente la puerta. Por eso es inapropiado referirse a fuga cuando en realidad aquí no medió un trabajo sagaz ni ingeniería de los escapados, sino que estos tres asesinos, a cual más despiadado, se valieron de las fallas del sistema para ganar la calle.
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Las explicaciones de los penitenciarios de la Unidad 30 de General Alvear, si no fueran trágicas serían cómicas. En medio del cambio de gobierno (que a los presos les hace sentir que todos están en otras cuestiones y pueden fugarse más fácilmente), los tres estaban juntos en el sector de enfermería, bajo la vigilancia de un solo centinela que, como es Testigo de Jehová, por precepto no puede portar armas, razón por la cual hacía tareas administrativas. A esta negligencia se suman otras laxitudes que, parece, imperaban en el penal, como que al menos estos convictos tenían teléfonos celulares en sus celdas.
La realidad dice que esta invitación a la fuga habría costado unos tres millones de pesos. De allí que se mencionen posibles financistas en función de cada teoría conspirativa que pulula: que los dejaron huir para matarlos, que hay fuertes conexiones políticas que los ayudan, que la mafia para la que trabajan los sacó, entre otras. Esto trae a la memoria que el sindicado como autor intelectual del triple crimen continúa prófugo. Y de ello, hasta ahora, nadie hablaba. Ibar Esteban Pérez Corradi, alias Peluca o Colita, según consta en los registros de Gendarmería Nacional, salió del país el 26 de julio de 2008, 15 días antes de la desaparición de los tres socios, Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina. Lo hizo vía Aeropuerto Internacional de Ezeiza, tomó un vuelo de Lan Chile y regresó el 10 de agosto por Lan Perú. Pero no ingresó en Chile ni en Perú. Fueron escalas para llegar a México. Está hace 40 meses prófugo y las fuerzas de seguridad federales, provinciales y la Side dicen que no lo pueden encontrar. Además, tiene pedido de captura internacional. Pérez Corradi era socio de Martín Lanatta y acreedor de Sebastián Forza, una de las víctimas. También estaba asociado con Néstor Lorenzo, quien junto a Forza es uno de los primeros contribuyentes de la campaña electoral de Cristina Kirchner en 2007. Según el fallo el juicio por el triple crimen, Pérez Corradi designó a Martín Lanatta para convocar a los cómplices y ejecutar el plan, debido a su manejo de las armas de fuego. Es una persona, además de inescrupulosa, con mucho poder, mucho dinero y con muchos contactos que va comprando todo a su paso. En este contexto, es irrisorio que la recompensa que se ofrece por la captura de este personaje sea de tan solo 100 mil pesos, prácticamente un vuelto para gente de la calaña de Pérez Corradi, a quien las familias de las víctimas apuntan como gran facilitador de este escape.
El ministro de Seguridad bonaerense, Cristian Ritondo, había dicho que ya habían localizado a los hermanos Martín y Christian Lanatta y Víctor Schillaci en un lugar poblado del sur del Gran Buenos Aires. También dijo que los prófugos iban a tener todas las garantías, cuando se entregaran, pero que no pensaba negociar con ellos. Sin embargo, después de herir a dos policías con un FAL y una escopeta 12/70, en Ranchos, unos policías jóvenes que les hicieron señas para que bajen la velocidad y les tiraron a quemarropa, los condenados por el triple crimen de General Rodríguez volvieron al Conurbano y pudieron moverse por los mismos barrios que ya habían visitado no bien se fugaron, el domingo pasado; allí cambiaron nuevamente de vehículo.
Los estamos buscando puerta a puerta, sin descanso, dijeron desde la cartera de Seguridad. Y aseguraron que cada día la investigación avanza más. Pero la sensación es que sucede todo lo contrario, lo que lleva a pensar que estos tres no están solos en su osadía sino que un soporte más fuerte que 20.000 uniformados de todas las fuerzas de seguridad del país los sostiene en su fuga. Y si la mafia del narcotráfico está detrás, el pronóstico no es bueno. Si no, volvamos sobre Pérez Corradi, que permanece en la clandestinidad, en algún lugar del mundo, desde hace siete años.
Las últimas novedades, antes de que se implantara el secreto de sumario, dan cuenta de que después de incendiar la Ranger, que era robada y tenía una patente de otro vehículo perteneciente a una mujer que vive en La Plata, desde donde tirotearon a los polícías que estaban realizando control vehicular, se pasaron a una Renault Kangoo de la exsuegra de Christian Lanatta. Según la mujer, el asesino fue dos veces a su casa, una a pedirle dinero y otra a llevarse la chata.
El hecho de que uno de los prófugos haya ido dos veces a apretar a su exsuegra en la casa, para sacarle plata y una camioneta, habla de la impericia policial: ¿ese domicilio no debería haber estado vigilado? ¿No era obvio que podía ir hacia allí? Su exmujer había ido a pedir custodia a una comisaría cuando supo que se había fugado.
Aun cuando se las pueda ver como escenas de una burda película policial, las alternativas de la triple evasión parecen, en definitiva, desnudar las complejidades de un país desafiado por la corrupción y la ineficacia.
Quedan a la vista los agujeros del Servicio Penitenciario provincial; la fragilidad de la Bonaerense para lidiar con una fuga escandalosa; la debilidad del Estado para desentrañar tramas con ingredientes mafiosos; los peligros de una corrupción que se ha hecho estructural y las dificultades para enfrentar todos esos desafíos.
¿Hasta dónde llegan las vinculaciones entre narcotráfico, política y Estado? Frente a esta pregunta, el caso de la efedrina parece mostrar apenas algún engranaje, pero estaría lejos de desnudar toda la trama.
Aun con la mafia detrás, se nota la falta de estructura después del escape: el celular que usaba Martín Lanatta se activó en una quinta de Florencio Varela; el dueño de esa propiedad, Marcelo Melnick, alias el Faraón, estaba inscripto en la lista de personas autorizadas para visitar a estos hombres vinculados con el tráfico internacional de efedrina. En esa quinta -sospechan los investigadores- los asesinos se proveyeron de armas, dinero y un vehículo. En aspectos ridículos por lo descuidados de la triple fuga de General Alvear quizá demuestren, además, que los hermanos Lanatta y su cómplice Schillaci fueron sólo un eslabón -y quizá el más débil- de la mafia que maneja el negocio de la efedrina y que cometió el triple crimen de Rodríguez como un ajuste de cuentas. ¿Es eso lo que explica sus dificultades para mantenerse prófugos? ¿Es ese bajo lugar en la pirámide mafiosa lo que hizo que les facilitaran la fuga pero no les garantizaran mucho más?
¡Qué herencia pesada para Vidal y Ritondo, la policial y la penitenciaria!











