Que las formas no tapen el irresuelto fondo
Esta Navidad podría ser la última vez que veamos a Papá Noel en los productos comestibles que suelen venderse, preferentemente, en estas fechas. Es que la Ley Nº 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable, conocida como ley de etiquetado frontal, promulgada el pasado 26 de octubre, prohíbe incluir en los envases de alimentos personajes infantiles, animaciones, dibujos animados, celebridades, deportistas o mascotas. Y vaya si Papá Noel es una celebridad.
Los simpáticos envases de las sidras infantiles con forma del santo del Polo Norte, así como una serie de productos navideños que lo incluyen con su llamativo traje rojo podrán no volver a verse de esa manera la próxima Navidad si los tiempos destinados a la aplicación y reglamentación de la ley se cumplen según lo previsto. Del mismo modo se quedarán sin trabajo el tigre que posa con los cereales y el conejo con su taza rebosante de chocolatada.
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Bajo la fundamentación de que el uso de esas figuras alienta el consumo irresponsable de los niños que los eligen y de los padres y adultos que los compran, las figuras infantiles, premios o promesas de premio quedarán excluidos de los envases que contengan alimentos.
Asimismo, la ley prevé una serie de etiquetas octogonales que informen al consumidor los excesos de azúcares, sodio, grasas saturadas y grasas totales de acuerdo a los límites del perfil de nutrientes de la Organización Panamericana de la Salud, que se toma en consideración para evaluar la calidad de los alimentos.
Además, los productos que contengan cafeína, deberán llevar una leyenda alertando sobre la no conveniencia de su consumo en adolescentes. Solo no tendrán etiqueta octogonal o leyenda de precaución los alimentos naturales, los mínimamente procesados, los ingredientes de cocina, la yerba mate y leche de fórmula.
El objetivo de la ley se enuncia a favor del consumidor, garantizando sus derechos básicos de acceso a la salud, a la alimentación y a la información para aumentar su autonomía frente a la góndola.
En la discusión sobre la implementación, alcances y fundamentación, los promotores de la ley se apoyaron en datos estadísticos que evidencian que las familias más vulnerables tienen más casos de obesidad que las de ingresos alto, por lo tanto la ley permitiría favorecer a todos, pero especialmente a esta capa de la sociedad que se ve más afectada por la problemática: "En los adolescentes cuyos padres tienen bajo nivel educativo, el sobrepeso y la obesidad fue de 29,6 y 6,7 por ciento respectivamente, mientras que en los adolescentes con padres de alto nivel educativo el sobrepeso y obesidad fueron de 25,3 y 4,3 por ciento respectivamente.
Los adolescentes cuyos padres tienen el nivel educativo más bajo presentan un 31 por ciento más de probabilidad de sobrepeso respecto del nivel más alto. Los adolescentes varones tienen un 97 por ciento más de probabilidad de tener sobrepeso respecto de las adolescentes mujeres. Por otro lado, los adolescentes de 13 años o menos presentan un 51por ciento más probabilidad de tener sobrepeso que los que tienen 14 años o más".
Es clara y loable la intención de la ley, ¿pero cumple su cometido final relacionado con promover una alimentación más sana y, en consecuencia, favorecer la salud de la población?
Las buenas o malas elecciones que se hacen a la hora de la compra de los alimentos familiares (dejemos de lados los gustos que de tanto en tanto nos damos), ¿tienen que ver con desconocimiento del comprador o con la incidencia en el bolsillo?
Pensemos en el valor relativo del dinero frente a la compra. Comparar el precio de un paquete de snacks con frutos secos; el de las gaseosas, aguas saborizadas o polvos para preparar con la cantidad necesaria de naranjas para hacer jugo natural. Cuánto cuesta un paquete de fideos del que comen cuatro personas y cuánto un atado de acelga del que con suerte y con muchos complementos comen dos. Ciertamente, comer sano y variado es muchísimo más caro. Eso es lo que ven los adultos cuando hacen la compra de alimento para los hijos. Y lo seguirán viendo aunque las etiquetas negras le adviertan que no está comprando un producto nutricionalmente saludable.
Comer bien es una elección. Una elección que puede hacerse cuando hay posibilidad de elegir. Cuando hay dinero. Cuando hay opciones en el mercado de proximidad. Cuando hay gas en la garrafa. Tiempo para cocinar. Comidas en casa. Educación. Posibilidades.
Quien escribe estas líneas pasea por las góndolas guardando imágenes de colores y personajes e imaginando un futuro señalado con octógonos negros, mientras piensa en la oportunidad de elección, en la comida sana, en el costo que ambas cosas tienen: podes elegir y comer sano.
A la salida del súper, un gustito en el kiosco: cinco caramelos masticables por 10 pesos, 50 por 100. Enfrente, el verdulero de la esquina anuncia que llegaron cerezas frescas: 100 pesos los 100 gramos, unas 15 unidades.
Suena a que la ley está más enfocada en el envase que en el contenido. Más interesada en resolver lo que está en la superficie y no lo que hay de fondo.















